ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 26

Capítulo 26

Noah

La vida después de nuestras vacaciones la vida volvió a nuestra rutina.

En el Rincón del Expresso, Timi echado cerca de la puerta, con su pañuelo azul atado al cuello, cumpliendo con su papel de “portero oficial”, mientras Mochi y Daifuku dormitaban en la esquina del mostrador, enroscados uno contra el otro como si fueran piezas de un rompecabezas perfecto. Tempu expectante de las caricias de los clientes

Yo estaba detrás del mostrador, terminando de alinear las galletas recién horneadas, cuando la campanita de la puerta sonó con su típico tintineo alegre. Levanté la mirada con una sonrisa automática, pero la sonrisa se volvió aún más cálida cuando vi al anciano que cruzaba el umbral con paso seguro y una sonrisa que parecía tener siglos de historias.

—¡Nieto! —dijo con esa voz grave pero llena de vida—. ¿Cómo estás? Ha pasado un largo tiempo desde que nos vimos.

No me tomó ni un segundo asimilar que era el abuelo de Kai. Había algo en su porte, en la forma en que caminaba con la cabeza en alto, que me hizo entender de inmediato de dónde venía la terquedad encantadora de Kai.

—Abuelo, qué sorpresa —dije, saliendo de detrás del mostrador para acercarme a él—. Hemos estado... ocupados ya sabe lidiando con estos cuatro pequeños terremotos —señalé a Timi y los gatitos.

El anciano soltó una carcajada, de esas que llenan todo el espacio.

—Me alegra que les esté yendo bien, Noah. Se les nota en la cara.

En ese momento, Kai apareció desde la parte trasera, con las mangas de la camisa arremangadas y un trapo colgado del hombro. Cuando vio a su abuelo, su expresión pasó de sorpresa a esa sonrisa suya que guardaba sólo para su familia.

—Abuelo, ¿cómo estás? —dijo, acercándose para abrazarlo.

—Yo bien, pero vengo a averiguar por qué mi nieto no ha ido a trabajar en una semana —respondió el abuelo, con un tono que parecía amable, pero escondía un filo.

Kai sonrió, pero había un brillo nervioso en sus ojos. Lo miré de reojo, ya sabiendo lo que iba a salir de su boca.

—Kim… dijiste que habías pedido permiso —le dije, alzando una ceja.

—Lo pedí, amor. Pedí permiso.

—¿A quién, si se puede saber? —pregunté, cruzándome de brazos.

—A mí mismo —rio nervioso, pasando una mano por su nuca—. Soy el presidente después de todo.

No pude evitar taparme la cara y negar con la cabeza, aunque la risa se me escapó.

—Lo siento, abuelo —dije, intentando salvar la situación—. Fuimos de viaje, necesitábamos un descanso. Pero le trajimos regalos, así que cuando nos reunamos de nuevo, se los llevaremos.

El abuelo nos miró por unos segundos que se sintieron como una eternidad. Luego, sonrió, pero el ambiente se tensó apenas, como si el aire se espesara alrededor.

—Me alegra oír que me recordaron estando de viaje, Noah. Pero, Kai, tenemos que hablar de trabajo, de tu padre. Así que vayamos a la oficina.

La manera en que lo dijo no admitía réplica. Kai sólo asintió, aunque me lanzó una mirada que decía “no quiero ir”.

—Ahora voy, abuelo —respondió, dándole una palmadita en el hombro.

Se acercó a mí, me tomó de la mano, y me llevó detrás del mostrador, donde estábamos un poco más apartados de las miradas curiosas.

—Amor. Iré a revisar esos asuntos en la oficina —dijo, aunque su expresión decía que no tenía ni una gota de ganas de hacerlo.

Le tomé el rostro entre las manos, acariciando sus mejillas.

—Okey, primero haz todo tu trabajo. Nosotros cinco nos encargaremos del lugar. Pero no dejaré que te vayas con esa cara, Kai.

Sus ojos brillaron, enternecidos. Se inclinó y me abrazó, enterrando su rostro en mi cuello.

—Gracias. ¿Sabes cuánto te amo?

—Probablemente no más de lo que yo a ti. Así que estamos empatados —le respondí, robándole un beso en la comisura de los labios.

—Ve con cuidado a casa cuando termines, ¿sí? —me dijo con ese tono de sobreprotección que solía tener.

—Kai, en taxi son diez minutos —me reí.

—No me importa. Te compraré un auto para que no tengas que volver en taxi tan tarde. No quiero excusas —dijo con un beso tan tierno, que me hizo olvidar el pequeño regaño.

—No quiero manejar. Ahora ve, mafioso terco. Nosotros nos ocuparemos del café —le dije, empujándolo suavemente.

Kai sonrió, besó mi frente, y me susurró al oído:

—Volveré pronto, mamá de mis cuatro pequeños.

Me reí, incapaz de no sentir el corazón rebosante.

Cuando lo vi salir con su abuelo, me giré hacia Timi y los gatitos.

—Muy bien, equipo, es hora de demostrarle a ese mafioso que podemos manejar esto solos —dije, mientras Timi ladraba bajito Tempu, Mochi y Daifuku me seguían con sus pequeños pasos.

El día apenas empezaba, pero yo ya estaba seguro de algo o mejor dicho tenía un mal sabor de boca, como si algo fuera a pasar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.