Capítulo 28
Kai
El silencio de la noche era pesado, como si el aire mismo se negara a moverse.
Busan. El maldito puerto de Busan.
La camioneta se deslizaba entre las sombras de los contenedores oxidados. Al volante, uno de mis hombres más antiguos, con la mandíbula tensa. A mi lado, el abuelo. Su mirada fija en la oscuridad, sin decir nada, pero su ceño fruncido hablaba por él.
“Esta vez no podrás escapar idiota, lo único que te concederé será tu vida que también me pertenecerá tarde o temprano”, me repetía como un mantra, mientras mis dedos estaban en el cañón de la pistola.
—Kai —la voz del abuelo fue como un disparo en la calma densa—. Antes de que bajemos… quiero que recuerdes algo.
Giré la cabeza apenas, lo suficiente para notar cómo sus ojos grises me perforaban.
—Tu padre está desesperado, nieto. Eso lo hace peligroso… pero también predecible. Él no tiene a nadie. Tú sí. Y ahí está su debilidad.
—No pienso darle la oportunidad de tocar lo que me importa, abuelo. Si hoy es el final de esto, entonces que lo sea. —Mi voz sonaba áspera, cargada de rabia contenida.
El abuelo me sostuvo la mirada unos segundos. Luego asintió.
—Entonces terminemos esto. Sin matarlo aún.
Bajamos de la camioneta.
El puerto estaba vacío, salvo por los ecos lejanos de algún barco mercante. Pero yo sabía que no estábamos solos. Lo sentía en la piel, como pequeñas agujas bajo la carne.
—Aseguren el perímetro —ordené por el comunicador—. Si algo se mueve y no somos nosotros, neutralicen y eliminen instantáneamente.
Mis hombres, mercenarios profesionales. Se desplegaron como sombras entre los contenedores.
Avancé con el abuelo hacia el depósito 42, donde la información apuntaba a que estaría. Cada paso que daba era como pisar cristales, pero con la mente y el cuerpo frío como el acero.
Cuando llegamos a la entrada, los vi.
Los marginados. Hombres y mujeres que en algún momento habían trabajado conmigo, ahora con los ojos hundidos, reflejando su profesionalismo para estos trabajos. Sabía su potencial, sus capacidades y lo que eran capaces de hacer.
Pero ellos también sabían de qué estaba hecho yo.
—Bajen las armas —les dije, con la voz baja pero firme.
Hubo un murmullo tenso. Apuntando sus rifles a nuestra dirección, pero antes de que ellos se den cuenta un disparo de mi arma les perforó la cabeza a tres de ellos.
—Buen disparo, Kai. Espero que los que oyeron el disparo sepan que pasará si no bajan sus armas —dijo el abuelo.
El resto, como un efecto dominó, bajaron las armas.
—Discúlpenos señor Kim Seo-Kai, el señor Kim nos pagó para protegerlo, le juramos que no estamos involucrados en nada más.
Asentí mirándolos directamente a los ojos.
—Ahora pónganse en sus puestos con mis hombres.
Corrieron a hacer lo que les ordené.
El abuelo me miró de reojo, satisfecho.
Entramos al depósito. Y dentro estaba mi padre.
Sentado frente a una vieja computadora, como si nada pasara, como si el mundo no ardiera a su alrededor. Levantó la mirada, esa maldita mirada que había intentado borrar de mis pesadillas. Pero esta vez brillaban con algo diferente, con ojeras negras que mostraban su desesperación y odio.
—Vaya, vaya… si no es el hijo pródigo. ¿Vienes a darme un abrazo, Kai?
Mis dedos se apretaron tanto contra el arma que sentí los nudillos crujir.
—Vine a terminar con tu juego, viejo.
Se recostó en la silla, fingiendo aburrimiento.
—¿Juego? Esto no es un juego, hijo. Esto es poder. Lo que tú deberías estar reclamando en vez de jugar a la casita con ese mocoso y sus animalitos.
—Cuidado con lo que dices. —Mi voz tembló, no de miedo, sino de furia.
El abuelo avanzó dos pasos, firme.
—Tú ya no tienes familia ni un hogar aquí, malnacido.
Mi padre se rio. Una risa seca, podrida.
—Ohh suegro. Un hogar… ¿Crees que los hombres como nosotros tenemos derecho a algo así? Solo somos piezas, peones. Tú me enseñaste eso, viejo. Desde que me case con su hija esto fue todo lo que me enseñó ¿O ya te olvidaste de cuántos arrastraste contigo al infierno?
—No me compares contigo. No me corrompí tanto como tú. Y ese será tu castigo. Castigo por avaricioso.
Mi padre se puso de pie. Estaba más delgado, más viejo… pero seguía siendo un monstruo.
—¿Y qué harás, Kai? ¿Me dispararás aquí, como un perro? ¿Enseñarás a tu querido Noah que sigues siendo la basura que yo crie?
Ahí mis ojos se deleitaron con su miedo, con su desesperación.
El terror de perder el poco poder que le quedaba. De saber que ya no era él quien movía las piezas.