ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 33

Capítulo 33

Las puertas del despacho se abrieron de golpe.

—¡Señor, tiene que venir! —gritó uno de los guardaespaldas, sudando, la respiración entrecortada—. No hay nada… no hay nadie en la casa del presidente.

El abuelo de Kai levantó la mirada de los papeles, con el ceño fruncido y el cigarro temblando entre sus dedos.

—¿Qué has dicho? —su voz fue grave, baja, pero cargada de una amenaza que heló la sangre de todos en la sala.

—Hay... hay sangre en el piso, señor. Vidrios rotos, como de una copa... y rastros de pelea. Pero no hay ni rastro del presidente, ni de Noah. Ni de los animales.

El silencio que siguió fue una sentencia de muerte.

El cigarro cayó de sus labios y se levantó despacio, como si cada centímetro de su cuerpo se llenara de rabia líquida. Dio un paso. Luego otro. Hasta estar frente al hombre que acababa de darle la peor noticia posible.

Y sin previo aviso, su puño se estrelló contra el rostro del guardia, derribándolo al suelo.

—¡¿Me estás diciendo que desaparecieron de su propia casa y ustedes, inútiles de mierda, no vieron NADA?! —rugió, sus ojos rojos de furia—. ¡Eran DIEZ los que dejé ahí! ¡DIEZ! ¡Y ninguno sirvió para una mierda!

El hombre en el suelo apenas pudo responder, sujetándose la mandíbula rota. No importó. El abuelo no quería respuestas, quería resultados.

—¡Jun, Kang, Yunho! —gritó a sus hombres más leales—. ¡Consíganme todas las grabaciones de seguridad de los alrededores! ¡Cada puta cámara, cada callejón, cada sombra!

—Sí, señor. ¡Nos movemos ya! —respondieron, corriendo como si el infierno los persiguiera.

—¡El resto de ustedes, dispérsense! ¡Rastréenlo TODO! ¡No vuelvan a presentarse ante mí sin un rastro de Kai y Noah, o serán ustedes los que desaparezcan!

Su grito hizo temblar las paredes. La oficina se vació en cuestión de segundos.

Pero el abuelo no se quedó quieto. Caminaba en círculos, sus pensamientos eran cuchillas. La desesperación le nublaba el juicio, pero sabía que no podía perder el control… Porque ahora, su nieto, ese muchacho testarudo y orgulloso, estaba desaparecido. Con su pareja. Con esos cuatro pequeños peluditos.

Dos horas más tarde, los reportes comenzaron a llegar.

—Señor, revisamos las cámaras de la calle principal… no hay registro de entradas o salidas extrañas. Pero hay un punto ciego justo en la esquina norte de la propiedad.

—Es el único acceso sin cámaras… —murmuró Jun, con el rostro pálido.

El abuelo cerró los ojos, sujetándose el puente de la nariz. El peso de la impotencia lo aplastaba.

—¿Qué me dices de los vecinos? ¿Alguien vio algo?

—Negativo, señor. Es una zona aislada, nadie escuchó ni vio movimientos sospechosos. —Yunho bajó la mirada—. Todo fue planeado con precisión.

—Entonces no fueron simples sicarios. Esto es trabajo de alguien que conoce nuestros movimientos.

Un nombre cruzó su mente como un relámpago. Lyra.

—¡Tráiganme todas las conexiones de Lyra! ¡Bancos, propiedades, movimientos sospechosos! —rugió, golpeando el escritorio con tal fuerza que la madera crujió.

El reloj marcaba las tres de la madrugada, pero para el abuelo el tiempo no existía. No iba a dormir. No hasta encontrarlos.

Por la noche, la oficina se había convertido en un campo de guerra: mapas esparcidos, pantallas con cámaras de seguridad, rastreos en tiempo real. Pero nada. Kai y Noah parecían haber sido tragados por la tierra.

Y el abuelo comenzó a quebrarse.

—¡Maldita sea! —gritó—. ¡No es posible que NADIE sepa nada!

—Señor… —uno de sus hombres intentó hablar, pero el abuelo lo fulminó con la mirada.

—¡Los quiero a todos en la calle! ¡Despierten a sus contactos, sobornen, amenacen, compren, hagan lo que tengan que hacer! ¡Pero tráiganme a mis nietos de regreso!

Su respiración era entrecortada, como si le hubieran colocado un peso en el pecho. Pero, aun así, se negaba a caer.

El segundo día fue peor. Las horas pasaban y la ausencia de noticias era un cuchillo afilado.

Fue entonces cuando Jun, con el rostro desencajado, irrumpió en la oficina.

—Señor… encontramos algo.

El abuelo levantó la vista como un animal salvaje. —Habla.

—Una cámara privada, de un comercio a dos cuadras… grabó varias camionetas negras sin placas. No es del circuito oficial. Pero hay un logo… uno que conocemos.

El abuelo apretó los puños.

—¿El muro?

Jun asintió, sudando.

—Quiero a todo el maldito muro bajo tierra. Y a Lyra, colgando de las piernas si es necesario —gruñó el abuelo, levantándose de golpe—. ¡Muevan cielo y tierra! ¡Busquen en cada puerto, en cada depósito abandonado! ¡Si no los tienen en tierra, deben estar en el mar!

—Sí, señor.




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