ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 34

Capítulo 34

Abuelo

—¡¿Nada?! —Grité, abofeteando al primero de ellos con tanta fuerza que cayó de rodillas—. ¡Dos días! ¡Dos malditos días y no me traen más que aire! ¿¡Cómo es posible que una mujer y un puñado de ratas les jueguen así!?

Los otros hombres bajaron la cabeza. Sabían lo que se avecinaba.

—Levántate, inútil —dije, con voz ronca. Lo levanté de la chaqueta—. ¡¿Crees que me importa si te duele?! ¡Mi nieto está desaparecido! ¡Su novio está desaparecido! ¡Mis bisnietos están desaparecidos! —escupí esas palabras—. ¡Y tú tienes el descaro de presentarte ante mí sin nada!

—Señor... hemos barrido Rusia, rastreamos todos los movimientos bancarios, cámaras de seguridad, satélites. No dejaron rastro.

—¿¡Y entonces qué demonios hacen!? —rugí, girando hacia ellos—. ¡Hagan llamadas! Quiero cada maldito kilómetro entre Corea y Rusia vigilado. ¡Si esa perra de Lyra pisó tierra firme, la quiero arrastrada ante mí!

Me dejé caer en la silla de cuero del jet, jadeando. Por primera vez en años... sentía miedo. No por mí, sino por Kai.

—¿Dónde estás, mocoso...? ¿Dónde demonios te tienen?

Mis pensamientos se nublaron con la imagen de Noah. Ese chico... él era todo lo que Kai necesitaba. Vi la forma en que se miraban. ¿Y ahora? Ahora estaban ahí afuera, en manos de hienas, sin saber si verían la luz de un nuevo día.

El teléfono sonó. Era un sonido seco, cortante. Contesté de inmediato.

—Habla.

—Señor... tenemos algo. Un movimiento extraño en Vladivostok.

—Habla rápido —mi voz era hielo.

—Un yate privado llegó al puerto bajo nombre falso. El manifiesto de carga tiene inconsistencias. Creemos que podrían estar allí.

—Preparen todo. Vamos para allá. No me importa si tenemos que comprar la ciudad. Esta cacería termina en Vladivostok.

El vuelo fue eterno. No miré por la ventana. La furia me hervía en las venas. Cada segundo era una daga en la garganta. La idea de Kai y Noah enjaulados como animales me retorcía las entrañas.

—Señor, hemos desplegado equipos en el puerto —me informó uno de los hombres mientras descendíamos—. Los puntos de entrada y salida están bloqueados. También hay equipos en las zonas industriales.

—No es suficiente —gruñí—. Quiero que empiecen a sobornar hasta al maldito alcalde si es necesario. Vamos a vaciar este puerto piedra por piedra.

Al llegar al puerto, el aire olía a sal, metal y traición. Los contenedores se alzaban como tumbas grises. Caminé entre ellos con la mandíbula apretada.

—Encuéntrenlos. Si alguien respira cerca de ese yate, me lo traen de rodillas.

Uno de mis hombres se acercó corriendo.

—Señor, encontramos restos de sangre cerca de los contenedores de carga. No hemos identificado de quién es, pero parece reciente.

Mi corazón se detuvo un segundo.

—No se queden ahí parados. Revisen cada contenedor, cada almacén. No quiero excusas. ¡Muévanse!

Las radios estallaban con órdenes. Hombres armados comenzaron a dispersarse en todas direcciones.

—Nieto. Resiste un poco más.

La noche cayó sobre Vladivostok como una lápida.

—Señor, tenemos algo —dijo uno de los soldados, acercándose con un mapa—. Aquí, en este sector industrial, un grupo de hombres armados se reunió hace una hora. No son de la zona. Y hay una bodega cerrada desde hace meses.

Mi corazón bombeó como nunca.

—Vamos —ordené cortante.

El camino a la bodega fue un silencio de cuchillos. En la distancia, las luces parpadeaban como si el mismísimo infierno respirara bajo las calles.

Frente a la entrada, detuve a mis hombres. —Quiero a Kai y a Noah vivos. Al resto... —miré a todos con una expresión letal—... me da igual.

El crujido de la puerta al abrirse fue el presagio de lo que venía.

—Despejado, señor. —La voz sonó como un disparo seco.

No me moví.

Entré a la bodega despacio, con las manos a los costados, apretadas. Vacío.

Las paredes frías, desnudas. El eco de mis pasos resonaba en un espacio que apestaba a mentira. No había jaulas. No había sangre. No había nada.

—No... —susurré, más para mí que para ellos—. No puede ser.

—Señor... —intentó decir uno de mis hombres.

—¡Silencio! —rugí. El eco de mi voz rebotó como un cañonazo en aquel vacío inmundo—. ¡Silencio, maldita sea!

Me llevé las manos al rostro. ¿Cómo? ¿Cómo habían burlado todo? Esa mujer no era humana. Era una sombra.

Me giré despacio, con los ojos enrojecidos de furia.

—¿Esto es lo que me traen? —dije con la voz áspera, cargada de veneno—. ¿Una bodega vacía? ¿¡Dos días buscando, rastreando, y me traen a una puta bodega vacía!?




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