ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 35

Capítulo 35

Noah

El cuchillo brillaba bajo la luz mortecina. Era un cuchillo elegante, de esos que uno esperaría encontrar en un restaurante de lujo, no en la mesa donde mi vida pendía de un hilo.

Mi pierna, temblorosa, se sujetaba bajo la mesa a su pierna. Como si soltarlo fuera lanzarlo a un abismo sin retorno. Como si mi toque pudiera anclarlo al mundo real, nuestro mundo real.

Al otro lado de la mesa, el hombre que había destruido todo seguía cortando su filete con una calma inhumana.

—¿Ven? —dijo, sin alzar la vista—. Esto es lo que nunca entendió tu padre, Kai. El poder no se ostenta con gritos o con violencia. El poder verdadero está en el control. —Cortó un trozo de carne y lo llevó a su boca—. En hacer que tu enemigo se siente contigo a cenar, incluso cuando desearía arrancarte la garganta.

Kai no respondió. No apartó la vista de su plato. Yo sabía por qué.

Nuestros peluditos…

Allí, al otro extremo de la sala, dentro de una jaula pequeña, estaba Timi, en posición de alerta, con el cuerpo tenso, gruñendo en silencio. Mochi y Daifuku, acurrucados uno sobre otro, temblaban, con los ojos clavados en nosotros. Y alado mi pequeño Tempu.

—¿No vas a comer, Noah? —La voz de Lyra era dulzona, como el veneno envuelto en miel—. Es una cena especial. No todos los días se tiene a toda la familia reunida.

Esas palabras me revolvieron el estómago.

No respondí. Solo apreté más la pierna de Kai.

Lyra sonrió, se levantó de las piernas de Kai, se inclinó por la mesa, con su copa de vino en la mano.

—¿Sabes qué me irrita de ti, Noah? —dijo, su tono danzando entre la burla y el desprecio—. Que tú, un simple barista, un tipo que huele a café y galletas, te creas capaz de desafiar lo que nosotros construimos durante generaciones.

—Lyra —interrumpió Kai, con la voz áspera—. Cállate.

El silencio que siguió fue denso, como una niebla negra. El padre de Lyra soltó una leve carcajada.

—Kai, Kai... —dijo, dejando su cubierto sobre la mesa con delicadeza—. Sabes que me caes bien. A pesar de la estupidez de enfrentarte a tu propio padre, todavía veo en ti la madera de un líder. Pero insistes en cargar con… —me señaló con la cabeza— con este lastre.

Kai apretó la mandíbula.

—¿Saben qué es lo más irónico? —prosiguió el hombre, limpiándose los labios con una servilleta—. Que ustedes aún creen que tienen elección.

De pronto, un hombre se acercó. Su andar era rápido, con la cabeza gacha, pero en cuanto llegó junto al padre de Lyra, le susurró algo al oído. El cambio fue inmediato. Los ojos del hombre se entornaron. Una sonrisa casi divertida le curvó los labios.

—Interesante... —dijo, levantándose despacio—. Parece que la vieja leyenda de los Kim aún tiene colmillos. El abuelo ha llegado a Rusia. Y viene directo a nosotros.

Kai alzó la vista. Sus ojos, por un instante, se encendieron con un brillo de esperanza. Pero esa esperanza fue arrancada de raíz.

—¡Llévenlos al sótano! —ordenó el hombre, con un tono seco y letal—. No podemos darnos el lujo de visitas indeseadas.

El caos fue inmediato.

Dos hombres se abalanzaron sobre mí. Yo forcejeé, me retorcí, aferrándome a Kai, pero uno de ellos me golpeó en el abdomen con tanta fuerza que el aire me abandonó en un gemido ahogado.

—¡Noah! —gritó Kai, intentando levantarse.

Pero antes de que pudiera hacer algo, sentí el borde de la mesa estrellarse contra mi cabeza.

El dolor fue agudo, punzante, y por un momento, todo fue confusión. La sangre caliente me bajaba por la frente.

—¡Suéltenlo, malditos! —gritaba él, con una furia que me desgarraba.

—¡No les hagan daño a los peluditos! ¡Se los ruego! —logré gritar antes de que un trapo húmedo me cubriera la cara.

El olor. Un químico fuerte… Formol.

—Duérmete, pequeño barista. —La voz de Lyra fue lo último que escuché—. Al menos servirás de saco de boxeo para mis hombres.

Mis ojos, ya pesados, buscaron a Kai. Vi su silueta. Vi cómo lo derribaban, cómo lo sujetaban entre varios, su cuerpo retorciéndose, su voz gritándome algo que ya no alcancé a entender.

Los peluditos chillaron en la jaula. Timi ladró con desesperación. Mochi y Daifuku maullaban, erizados, aplastados contra las rejas.

Todo se volvió oscuridad.

El frío me despertó… No fue un frío común, sino uno que se colaba entre las costillas, que arañaba la piel como si estuviera hecha de papel mojado. No había luz. Solo una humedad pegajosa que se adhería a la garganta cada vez que intentaba respirar.

—Kai… —mi voz era apenas un susurro, áspera, quebrada.

Intenté moverme. El cuerpo respondió con un estallido de dolor que me hizo gemir entre dientes. Las costillas, el abdomen… cada parte de mí era un campo de batalla. Pero lo que más me dolía era la incertidumbre.

—Timi… Mochi… Daifuku… —repetí, cada nombre una súplica.




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