ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 41

Capítulo 41

Kai

Dentro de la camioneta, me giré de inmediato, tirando a Noah contra mí, rodeándolo con los brazos como si pudiera fundirlo en mi pecho y así jamás volver a separarnos. No había espacio entre nosotros, su respiración estaba cortada, entrecortada, pero tranquila.

—Noah… mi cielo… —mi voz en susurro— No te pasó nada, ¿verdad? Dime que estás bien…

Sus ojos color miel me buscaron entre las sombras de la camioneta, vidriosos. Noah levantó su mano, era firme y acarició mi rostro, como si fuera yo el que necesitaba escuchar esas palabras.

—Estoy aquí, Kai… estoy aquí contigo… —susurró. Y entonces lo noté, la herida en su cabeza, un surco de sangre seca que cruzaba su sien.

Mis dedos, despacio, como si le tuviera miedo al dolor, rozaron la herida con una caricia torpe, desesperada, intentando aliviar lo que era imposible de borrar. Su rostro se contrajo en una mueca de dolor, pero antes de poder decir algo, Noah se abalanzó sobre mí.

Sus labios cayeron sobre los míos con la furia de quien ha sobrevivido al infierno.

No fue un beso suave, fue un beso desesperado, que demostraban la tranquilidad de volver a estar juntos. Nuestras respiraciones chocaron. Y yo no quise detenerlo. Lo abracé más fuerte, casi asfixiante, besándolo de vuelta con la misma urgencia.

—Noah… —murmuré contra sus labios— Te juro por Dios que no voy a dejar que vuelvas a pasar por algo así. No volverán a tocarte. No volverán a tocar a nuestra familia.

Sentí sus dedos aferrarse a mi camisa, como si esas promesas fueran la única cuerda a la que podía sujetarse.

—Kai… Kai, yo tenía tanto miedo… no de morir… tenía miedo de que hagas una estupidez… —su voz se quebró y el nudo en mi garganta fue insoportable.

Timi gimoteó, saltando del asiento trasero a nuestras piernas, presionando su hocico contra nosotros, como si también necesitara sentirnos. Mochi y Daifuku estaban en la caja de viaje, pero sus pequeños maullidos se hacían escuchar, buscando contacto.

—Ven aquí, Timi… buen chico… —acaricié su cabeza con una mano mientras no soltaba a Noah con la otra.

—¿Kai…? —Noah me miró, y su voz sonó más suave, más pequeña— ¿Dime que no ibas a hacer una tontería?

Mi garganta se cerró. No quise mentirle, pero él ya sospechaba algo.

—Estamos juntos, Noah. Y eso es todo lo que importa ahora. —besé su frente, justo donde estaba la herida— Deja que me encargue de todo lo demás.

—Kai… —susurró, apoyando su frente contra la mía— Eso es una sí verdad, no seas imprudente.

Lo apreté contra mí, temiendo ser demasiado rudo, pero incapaz de soltarlo.

El coche avanzaba por las calles de Vladivostok, pero dentro del vehículo era como si estuviéramos solos, en nuestro propio refugio. Acaricié su mejilla, notando la sangre seca que aún quedaban.

—Noah, ¿me puedes prometer algo? —pregunté— Prométeme que, aunque estemos hechos pedazos, siempre vamos a hablarnos. No quiero que guardes nada, ni tus miedos, ni tus enojos, ni tus dudas. Me duele más que te los calles a que me los grites.

Noah me miró, y con su mano, tomó la mía, entrelazando nuestros dedos con tanta fuerza como si buscara dejar su huella en mi piel.

—Solo si tú me prometes lo mismo, Kai. No más secretos. No más intentos de cargar con el mundo tú solo. Eres fuerte, sí, pero yo… yo quiero ser la persona que te sostenga cuando te derrumbes, así como tú me sostienes a mí.

—Lo prometo, Noah. Lo juro por todo lo que soy.

Timi gimió, celoso de la atención, y Noah se rio de nuevo, esta vez más fuerte.

—Kai, nuestro pequeño te está reclamando mimos.

—Entonces vamos a tener que mimarlo… a él… y a ti… y a Mochi y Daifuku cuando lleguemos a casa. Pero tú… —le dije, sosteniéndolo de la nuca y acercando su rostro al mío— Tú eres mi prioridad.

Nuestros labios se buscaron de nuevo, esta vez más lentos, con el sabor dulce de la promesa de calma. Era un beso de alivio, de reencuentro.

La camioneta se convirtió en nuestro santuario.

Y aunque estábamos heridos, ensangrentados, sucios… Sabiendo que pronto iríamos a casa.

Noah estaba entre mis brazos. Sus temblores… el leve quejido de dolor al intentar hablar. Todo él era real, estaba aquí, y no pienso soltarlo jamás.

—Noah… mi cielo… —le susurré, con la voz quebrada, acariciando su cabello empapado de sudor y polvo—. ¿Te pasó algo? Dímelo, por favor…

Noah levantó su rostro, esos ojos de miel, hinchados de algún golpe.

—Me lastimaron un poco, pero las heridas sanarán pronto. No te asustes.

—Cuando lleguemos llamaré un doctor —besaba cada rincón de su rostro.

—Que nos revise a amos. Te dieron demasiados golpes en la cabeza.

—Y a los peludos.

—Mis valientes… —susurró, mirando a nuestros peluditos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.