Capítulo 45
Noah
Levanté la vista, con el corazón en la garganta.
—Kai… —susurré, sintiendo cómo cada palabra suya me llenaba de vida—. ¿Estás diciendo que…?
—Un viaje. Solo nosotros dos. —Apretó mi mano con dulzura—. Esta vez, el abuelo se quedará con los peluditos. Pondremos a los guardias en la puerta. Pero nosotros… nosotros tendremos nuestra escapadita.
El pecho me latía tan fuerte.
—Kai… ¿de verdad?
—Te prometí que volveríamos a vivir como Kai y Noah. Quiero caminar contigo por calles donde nadie sepa nuestros nombres.
La risa se me escapó, rota por la emoción.
—Ellos nos esperarán aquí. —Kai se inclinó, apoyando su frente contra la mía—. Y cuando volvamos, les traeremos tantas cosas que les gustará.
No pude evitarlo. Le besé. Uno que sabes que vas a recordar en cada línea de tu piel. De esos que no piden permiso porque saben que ya pertenecen.
Desde temprano, supe que el día sería una maratón.
El sol apenas comenzaba a colarse por las cortinas cuando el sonido de Timi bajando las escaleras tronó como un pequeño trueno peludo, seguido por los pasos lentos del abuelo y el murmullo de los ayudantes tratando de alcanzarlo.
—¡Noah! —gritó el abuelo desde la cocina—. ¡Baja, por dios, necesito que me ayudes con Timi!
Suspiré, sonriendo mientras me terminaba de abotonar la camisa.
—¡Timi! —corrí escaleras abajo, justo a tiempo para ver cómo el grandulón trotaba triunfante, con el papel colgando de sus fauces, moviendo la cola como hélice.
Los ayudantes, dos jóvenes que parecían más nerviosos de cuidar a tres peludos que de desarmar una bomba, lo rodeaban con cara de auxilio.
—No se preocupen —les dije, atrapando a Timi —. Este señorito le encanta hacerse el importante.
Le quité el papel con suavidad y me volví hacia el abuelo, que esperaba junto a la mesa con una libreta en mano, como si estuviéramos a punto de dictar las leyes más importantes de la casa.
—Bien, escuchen todos. —Dibujé la mejor sonrisa de paciencia mientras desplegaba las hojas—. Esto es serio. No son mascotas. Son terremotos.
Suspiré—Timi tiene sus paseos fijos: mañana y tarde. La ruta es siempre la misma: hacia el parque y de vuelta, sin desviarse. Le gusta detenerse en la fuente, pero si intenta lanzarse al agua, distráiganlo con su pelota roja. Solo la roja, ¿entendido? —Hice una pausa, esperando las afirmaciones nerviosas.
—Mochi y Daifuku tienen sus horas de comida a las 8:00 am y 6:00 pm. No les den nada que tenga cebolla, ajo, chocolate o uvas. Y mucho menos, repito, ¡mucho menos cosas dulces!... se vuelven hiperactivos.
—La arena de los mininos la cambiamos cada dos días. Mochi tiene la costumbre de escarbar hasta hacer un cráter, así que vigilen que no la desperdicie. Daifuku… él prefiere el borde, así que cuidado con que no termine con patitas sucias.
Los ayudantes tomaban nota frenéticamente. El abuelo los observaba con una ceja levantada, claramente divirtiéndose.
—Y, por último, pero no menos importante… —dije, acercándome al abuelo y bajando la voz con cariño—. Cuídenlos mientras estamos fuera.
El abuelo me dio una palmada suave en el hombro, con una sonrisa que, aunque serena, cargaba el peso de todas sus promesas.
—Noah, si alguien se atreve a tocarlos, juro que los haré correr más rápido de lo que tú me conociste.
Una carcajada se me escapó, pero se cortó al escuchar un grito desde el segundo piso.
—¡NOAH! ¡Ayuda! ¡No me dejan empacar! —La voz de Kai, frustrada, resonó como si estuviera peleando con un ejército.
Suspiré. —Disculpen, parece que el Rey ha sido derrocado. —Solté con una sonrisa antes de apresurarme escaleras arriba.
La escena que me encontré en la recámara fue gloriosa.
La maleta, abierta en medio de la cama, estaba literalmente tomada por asalto. Mochi estaba dentro, enroscado sobre una camisa negra que claramente Kai había intentado doblar. Daifuku, muy serio, se había sentado sobre un montón de ropa perfectamente alineada, como si fuera su trono personal.
Kai estaba de pie, desarmado, con las manos en la cintura y una expresión de absoluta derrota.
—No me dejan terminar de empacar. —Su ceja temblaba en un puchero perfecto.
No pude contener la risa. Me acerqué y besé su mejilla, apoyando mi frente contra la suya.
—Tal vez no intentaste sobornarlos adecuadamente.
—¡Les ofrecí sus juguetes! ¡Sus golosinas! ¡Nada funcionó!
—Te falta la estrategia definitiva. —Le guiñé un ojo.
Me acerqué a la cama, tomé uno de los pañuelos de Kai, lo moví como si fuera un lazo, y capturé la atención de Mochi en el acto. Daifuku, como buen cómplice, se lanzó a perseguir la tela, liberando el montón de ropa que había capturado. Timi, al ver la diversión, se levantó y comenzó a dar vueltas, animando la operación rescate.