ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 46

Capítulo 46

Noah

Kai intentaba concentrarse, pero cada vez que yo me acercaba para pasarle una camisa, nuestras manos se rozaban con una intención nada inocente.

—Esto es una trampa, Noah.

—¿El qué?

—Tú, aquí, doblando ropa conmigo, con esa carita de que me vas a besar cada dos segundos. No puedo concentrarme.

Poco a poco, entre caricias y robos de besos, la maleta fue cediendo. Cuando terminamos de cerrar la maleta, Kai me atrapó entre sus brazos y me hizo girar, riendo como un niño.

—Noah —él me abrazó más fuerte, su voz bajando a un susurro lleno de ternura—. Nos vamos de viaje, amor. Esta vez de verdad. Solo tú y yo.

Reí

—Vamos, Timi. Mochi, Daifuku… vamos a poner a prueba a los adultos —murmuré mientras bajábamos las escaleras con las maletas.

El abuelo estaba en la cocina, con sus ayudantes formando un semicírculo alrededor de la mesa, como si planearan como cumplir las instrucciones.

—A ver, atentos, porque no quiero tener que contestar sus llamadas desde otro país porque olvidaron una tontería —soltó Kai y más de uno tragó saliva.

La hora había llegado.

Nuestro primer destino nos esperaba en la noche, pero debíamos salir ya si queríamos llegar a tiempo. Y, sin embargo, ninguno de nosotros parecía listo.

Sobre el sofá, Timi reposaba con la barbilla apoyada en el cojín, mirándome con esos ojos enormes y profundos que parecían decir: “¿De verdad vas a dejarme aquí?”. Mochi estaba enrollado en sí mismo como una bolita, pero su oreja giraba cada vez que me movía, vigilando cada paso. Daifuku, más descarado, estaba en la puerta, bloqueando el camino, con su pancita expuesta y las patitas alzadas.

—No me lo están haciendo fácil, chicos… —murmuré, dejándome caer de rodillas frente a ellos.

Kai estaba en la entrada, dándonos espacio. Sabía que necesitaba este momento.

Timi se acercó primero.

—Timi, mi niño bonito… vas a cuidar la casa, ¿de acuerdo? Vas a cuidar al abuelo, a Mochi, a Daifuku… y vas a esperarnos. No tardaremos, te lo prometo. —Le susurré, sintiendo cómo su cola golpeaba lentamente el sofá.

Pasé a Mochi, levantándolo con ambas manos como a un peluche precioso. Lo abracé fuerte, sintiendo su ronroneo vibrar contra mi pecho. —No hagas travesuras con las cortinas, ¿me oyes? No quiero llegar y encontrarlas todas rotas. Te amo, Mochi, sé bueno.

Él, por supuesto, decidió que la mejor respuesta era morderme la barbilla suavemente.

Daifuku fue el más difícil.

—Mi pequeño escandaloso… sé que quieres venir, pero esta vez debes quedarte aquí ¿vale? —Le acaricié la pancita, rascándole suavemente hasta que empezó a patalear suavemente.

Kai se acercó en silencio, arrodillándose a mi lado. Sus manos grandes rodearon las mías cuando me aferré al cuerpo de Daifuku.

—Nosotros volveremos —susurró Kai, con esa voz. —Pero ahora es su turno de cuidar la casa y atormentar a mis hombres.

Timi lanzó un leve gemido, como si entendiera perfectamente lo que le pedía.

El abuelo apareció en el umbral.

—No te preocupes, Noah —dijo, extendiendo los brazos. —Estos bribones estarán en las mejores manos.

Me acerqué al abuelo, abrazándolo fuerte. —Gracias por cuidar de ellos.

—Está bien muchacho. Ahora vayan a vivir su vida, yo me encargo de este cuartel general —me susurró, dándome unas palmadas en la espalda.

Kai abrazó al abuelo con esa mezcla de respeto y cariño que sólo ellos dos sabían compartir. No dijeron palabras, pero el apretón de manos al separarse fue suficiente.

Volví la mirada hacia mis peluditos, que ahora se habían apostado en fila, me incliné para besar a cada uno por última vez.

Kai tomó las maletas. Yo tomé su mano. Y juntos, sin soltarnos, salimos por la puerta.

El sol de la tarde nos envolvía, dorado y cálido, y mientras caminábamos hacia el auto, nuestras manos se entrelazaban. Sabiendo que esto era solo el comienzo de otra de nuestras aventuras.

El motor del auto ronroneaba suavemente, mezclándose con la brisa cálida de la tarde. El cielo estaba teñido de tonos melocotón y lavanda.

Kai conducía con una sonrisa escondida en la comisura de los labios, de esas sonrisas suyas que me volvían loco porque sabían más de lo que yo sabía. Yo estaba acurrucado en el asiento del copiloto, con las piernas cruzadas sobre el asiento y el cuerpo completamente girado hacia él.

—Kai… —empecé, arrastrando el nombre, dándole toda la dulzura de la que fui capaz— ¿no piensas decirme a dónde vamos?

Él solo alzó una ceja, sin despegar la vista de la carretera.

—Es un secreto —respondió, como si eso fuera una sentencia inapelable.

—Kai… —volví a insistir, ahora dándole toques en el brazo con mi dedo—, vamos, solo una pista. ¡Una pequeñita! ¿Es al norte? ¿Al sur? ¿Voy a necesitar botas? ¿Traje de baño?




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