ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 47

Capítulo 47

Noah

Mi corazón se detuvo por un instante.

Giré hacia Kai, mis ojos buscando confirmación, y lo encontré con esa sonrisa suya, ladeada, traviesa, capaz de hacerme olvidar cómo respirar.

—Hawái… —murmuré, medio incrédulo.

Él me jaló suavemente de la nuca, acercándome a su frente, como si no necesitáramos más espacio que ese contacto.

—Yo sé cuánto querías correr por las playas, Noah.

Cuando las ruedas tocaron tierra, Kai me sonrió como si me hubiera regalado el mundo entero.

—Bienvenido a nuestras vacaciones.

No necesité responderle. Mis labios lo buscaron.

Bajamos del avión tomados de la mano, con una tranquilidad que contrastaba con el ajetreo de la gente a nuestro alrededor. Nuestras maletas ya nos esperaban cuando descendimos; Kai se aseguró de que todo estuviera listo, como siempre lo hacía.

Salimos del aeropuerto y la brisa cálida de Hawái nos acarició de inmediato. Era como si el aire mismo nos diera la bienvenida a este pequeño escape.

—Bien, amor —dijo Kai, girándose hacia mí con esa media sonrisa que ya sabía lo que venía—. Tenemos dos opciones. Ir a mi hotel privado o… ir a una pequeña villa con playa totalmente privada. ¿Qué decides, amor?

Su mirada, aunque firme, era suave. Me estaba dando el poder de elegir, pero la respuesta ya estaba tatuada en mi pecho.

—Quiero la villa —respondí rápido—. Quiero que seamos solo tú y yo.

No hizo falta decir más. Su sonrisa se ensanchó como si acabara de recibir la respuesta más perfecta del mundo. Apenas un minuto después, un auto se detuvo frente a nosotros. El conductor bajó sin decir palabra, entregándole las llaves a Kai con una reverencia sutil.

—Gracias por traer el auto —dijo Kai.

Colocó nuestras maletas en el maletero mientras yo me acomodaba en el asiento del copiloto, sintiendo cómo la emoción me subía por la garganta.

Cuando llegamos, no pude contenerme. Ni siquiera esperé a que Kai detuviera por completo el carro. Salí corriendo, como un niño pequeño que acaba de ver su sueño delante de él.

La villa era un lugar de ensueño. Pequeña, acogedora, cada rincón pensado para que te enamores. Las paredes blancas reflejaban el sol, las cortinas ondeaban como si saludaran.

Subí de inmediato al balcón del segundo piso. Desde ahí, la vista era una postal perfecta.

Sentí las manos de Kai rodeándome la cintura desde atrás, su pecho pegándose a mi espalda, su respiración acariciando mi cuello.

—¿Te gusta? —susurró.

—Me encanta… es hermoso.

—Sí, es hermoso —repitió, pero esta vez no hablaba de la villa. Lo supe porque sus ojos estaban fijos en los míos, como si me absorbieran.

Rio suavemente, y sus labios rozaron mi mejilla.

—Ven conmigo —dijo de repente, con ese tono que no aceptaba negativas.

No hubo advertencia. Un segundo después, ya estábamos dentro del agua, las olas chocando contra nosotros, mientras Kai me cargaba. El momento era perfeto. El agua a la altura de nuestras cinturas, ambos respirando con fuerza, mirándonos. Sus manos sujetando mis piernas, mis caderas, y su mirada… su mirada bajó lentamente hasta mis labios.

Su frente chocó suavemente contra la mía, y en ese instante, la brisa ya no era lo único que me erizaba la piel.

Mi respiración se volvió más densa, y sin romper la distancia, sus dedos comenzaron a subir lentamente, acariciando cada centímetro como si fueran descubiertos por primera vez.

El aire se hizo espeso.

Al final sus labios rozaron los míos, sin besarlos, solo jugando, como si supiera que el roce era peor castigo que un beso profundo.

—Noah… —susurró con voz ronca—. Te juro que no sabes lo mucho que te deseo.

Mis manos buscaron su nuca, aferrándose a él mientras sentía que el calor del agua no tenía nada que ver con el fuego que me quemaba por dentro.

—Lo sé, Kai… porque siento lo mismo.

Esa fue la gota que rompió el dique. Nos besamos, profundo, lento, como si quisiéramos grabar el momento en la piel. No sé cuánto tiempo estuvimos así, perdidos en nosotros, pero el sol comenzó a caer, tiñendo el cielo de colores que parecían imposibles.

Kai me llevó en brazos de regreso, ambos empapados, sin dejar de mirarnos como si fuéramos a devorarnos de un momento a otro. Y así entramos a la villa.

—Amor, ¿tienes hambre? —pregunté mientras secaba mi cabello con la toalla, entrando descalzo a la cocina.

Kai me miró desde el sofá, su camisa empapada pegada a su cuerpo, y esa maldita sonrisa suya que no prometía nada bueno.

—¿De ti? Siempre. Pero supongo que te refieres a comida. —Se levantó con pereza, como si cada movimiento fuera calculado para hacerme perder la paciencia.

Le lancé la toalla a la cara.




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