Capítulo 48
Kai
Y así sin darnos cuenta había pasado casi una semana desde que llegamos a Hawái.
Estábamos empacando nuestras maletas para nuestro próximo destino. Noah doblaba con esmero las camisas, aunque sabía que de todas maneras las desordenaría buscando qué ponerse. Lo observaba en silencio desde la puerta, con los brazos cruzados, memorizando cada movimiento suyo. Había una serenidad en sus gestos, como si se despidiera del mar, pero con la certeza de que podía regresar cuando quisiera.
Esa era la libertad que quería darle.
—¿Listo, amor? —pregunté, extendiéndole la mano.
Me sonrió, asintiendo mientras tomaba mi mano con fuerza.
Fuimos al aeropuerto, riendo y recordando los momentos más bellos de esos días. Me encantaba verlo hablar de esos recuerdos, sus ojos brillaban, su voz se llenaba de una emoción tan genuina que me hacía querer capturar cada instante para siempre.
Subimos al avión.
Esta vez, el viaje no era tan largo, pero el ritual seguía siendo el mismo. Primera clase, asientos juntos, ventana para Noah. Él se acurrucó en mi pecho. Jugaba con el botón de mi camisa, concentrado en la película. Yo acariciaba su cabello mientras pedíamos servicio; Noah señalaba los más ridículos solo porque el empaque le parecía adorable. Y claro, no podía decirle que no.
Debimos quedarnos dormidos. Ya que cuando abrí los ojos el piloto estaba por hablar y anunció la llegada, supe que Noah despertaría en cuanto escuchara el nombre.
—Bienvenidos a Japón.
Como si fuera un resorte, Noah abrió los ojos, emocionado.
—Kai, Kai, quiero ir a las aguas termales —dijo, casi rogando.
Lo que él no sabía es que ya lo había preparado todo.
Bajamos del avión y nuestras maletas ya nos esperaban. Afuera, un auto negro nos aguardaba, impecable, y de él bajó uno de mis hombres asignados en Japón. Hizo una reverencia respetuosa, entregándome las llaves.
Subimos al carro. Noah me miraba, esperando que soltara alguna pista, apoye mi codo en el respaldo de su asiento, acercándome lo suficiente para que escuchara mi voz como un susurro.
—Amor, dime, ¿quieres ir a un onsen público… o prefieres nuestro onsen privado?
—¡Privado! —casi gritó la respuesta.
No pude evitar soltar una risita, atrapando su mentón con suavidad, acercándolo a mí para robarle un beso fugaz en la comisura de sus labios.
Conducía despacio, disfrutando de cada mirada emocionada que Noah lanzaba por la ventana. Era de noche y pronto llegamos a nuestro destino.
Un onsen privado, rodeado de naturaleza, alejado del ruido.
Noah apenas bajó del auto, comenzó a saltar de alegría, corriendo hacia la entrada como un niño pequeño.
—¡Kai, Kai, mira esto! ¡Es nuestro!
Yo solo sonreía mientras descargaba las maletas, sacando el teléfono de mi bolsillo.
—Sí, necesito que envíen tempura, la mejor que tengan. Sí, es urgente. Es para Noah.
Mientras él correteaba dentro del lugar, riendo y explorando cada rincón, yo organizaba todo para que la cena estuviera lista. Sabía que en cuanto lo probara, sus ojitos brillarían de felicidad.
Esa noche sería solo el comienzo.
Fuimos al cuarto y Noah no esperó a ponerse su yukata. Que por cierto a duras penas tapaban las marcas de nuestro anterior encuentro.
Caminábamos por el pasillo de madera hacia la sala.
—Amor… vas a cansarte si me sigues cargando así —dijo, pero no hizo el mínimo intento por bajarse.
—Noah, tú te aferras a mí como si la vida se te fuera, ¿cómo podría soltarte? —susurré en su oído, provocándole esa risa suave que me volvía adicto.
Llegamos a la mesa baja, donde nos esperaban los platos de tempura recién traídos. Lo senté cuidadosamente sobre el tatami, pero antes de que pudiera alejarme, sus dedos atraparon los bordes de mi yukata, atrayéndome de vuelta.
—Quédate cerca, Kai. Solo un poco más. —Sus ojos brillaban, tan pícaros como siempre.
Me senté junto a él, cruzando las piernas, pegados como si no existiera el concepto de espacio personal entre nosotros. No lo necesitábamos.
—¡Kai, mira esto! —dijo emocionado, tomando un bocado de tempura y mostrándomelo como si fuera un tesoro—. ¡Esto es lo que más me gusta de Japón! Bueno, además de ti.
Reí, porque esa última frase la soltó como si fuera lo más natural del mundo, como si no acabara de incendiarme por dentro.
Lo observaba mientras comía. Cada vez que tomaba un bocado, hacía esos pequeños sonidos de satisfacción. Hablaba sin parar, contándome todo lo que quería hacer en Japón: visitar los templos, caminar por las calles iluminadas de Kioto, comprar dulces extraños en las tiendas de barrio.
Yo lo escuchaba en silencio, asintiendo, porque no había una sola cosa que él pidiera que yo pudiera negarle. Era imposible. Su voz, sus risitas, sus ojos brillando de ilusión... todo en él me tenía rendido.