ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 49

Capítulo 49

Kai

La semana en Japón había volado.

Noah no dejaba de sonreír, de encontrar belleza en cada rincón. Y yo... yo sólo podía mirar cómo ese brillo en sus ojos se hacía cada vez más intenso.

Pero ahora, un nuevo destino nos esperaba.

Noah estaba en la habitación, arrodillado junto a la cama, armando las maletas con una emoción.

—Kai, ¿me dirás a dónde vamos ahora? —preguntó, otra vez, mirándome desde el suelo con una sonrisa traviesa.

—No.

—Dame una pista, por favor —insistió, levantándose para abrazarme, rozando su nariz contra mi cuello.

—Tendrás tu pista cuando estemos aterrizando —respondí, disfrutando de su desesperación.

El camino al aeropuerto fue un desfile de intentos fallidos de adivinanzas. Noah no se rindió ni un segundo. Me hacía preguntas encadenadas, intentaba descubrirlo. Pero yo sólo sonreía y negaba con la cabeza.

En el avión, se acurrucó en mi pecho, resignado pero expectante. Sus dedos jugaban distraídamente como si pudiera arrancarme la verdad con caricias. Y cuando la voz del piloto sonó por los altavoces, su cuerpo se tensó de inmediato.

—Bienvenidos a París, Francia.

Noah saltó en su asiento, como si el avión fuera a aterrizar en ese instante.

—¡Kai! ¡París! —susurró emocionado, sus manos aferradas a las mías—. ¡Vamos a París!

Asentí, acariciando su mejilla, disfrutando cada destello de su emoción.

Aterrizamos ya en la tarde, justo cuando el cielo comenzaba a teñirse de naranja, hora perfecta para tocar la ciudad del amor. Afuera, el auto ya nos esperaba, discreto, como si formara parte del paisaje parisino. Noah, sin embargo, me miraba con esos ojos grandes, llenos de sospecha.

—No me lo digas... ¿hotel privado o residencia secreta? —preguntó con picardía.

—Amor… —apoyando el codo sobre su asiento para mirarlo de cerca—. Dime, ¿quieres ir a un hotel privado o a nuestra casita en el centro de la ciudad?

—¡Casa, casa, casa! — Noah no dudó ni un segundo y gritó, rebotando en su asiento.

Arranqué el auto con una sonrisa satisfecha. Su felicidad era adictiva.

Cuando llegamos, apenas pude estacionar. Noah ya estaba intentando salir, mirando la fachada con ojos brillantes. Era una casa discreta, elegante, con ese encanto francés que hacía que todo pareciera sacado de una postal.

Entramos, dejamos las maletas en la entrada y, sin perder tiempo, volvimos a salir. Noah quería encontrar una cafetería, un restaurante, cualquier lugar donde pudiéramos empezar a saborear la ciudad. Caminamos sin rumbo, tomados de la mano, hasta que el camino nos llevó a un restaurante con una vista directa a la Torre Eiffel, iluminada en el crepúsculo como si nos diera la bienvenida.

Todo era perfecto.

O casi.

—Señor Kim —escuché una voz a mi lado, áspera, con ese acento que no podía ignorar.

Un hombre de traje impecable, sonrisa cortés y mirada afilada, se acercó a nuestra mesa. Noah, al verlo, entendió de inmediato. Sacó su teléfono y desvió la mirada con elegancia, dándome espacio.

—Qué coincidencia encontrarte aquí —dijo el hombre, tomando asiento sin ser invitado.

—Qué coincidencia, Yannick —respondí, sonriendo con cortesía, pero irritado.

La conversación fue rápida, precisa. Hablamos de cargamentos, de rutas seguras por el Mediterráneo, de la nueva presión policial en Marsella que complicaba la distribución. Mencionó con discreción los nombres de ciertos políticos que estaban bajo su nómina y los ajustes necesarios en los próximos envíos de armas. Yo asentía, asegurándome de que entendiera que cada movimiento seguía bajo mi control.

Noah, mientras tanto, deslizaba su dedo por la pantalla de su teléfono, pero podía sentir su atención en mí, en cada palabra que pronunciaba.

Finalmente, se despidió con una sonrisa calculada.

—Es un placer verte, Kai. París siempre te recibe con los brazos abiertos.

Cuando se fue, giré hacia Noah, dispuesto a disculparme.

—Amor, lamento la interrupción… De nuevo

Noah me tomó la mano, entrelazando sus dedos con los míos.

—Está bien, Kai. Es tu trabajo. Sé que es inevitable… pero gracias por mantenerme siempre a salvo.

Sus palabras me golpearon suave, como un bálsamo. Noah entendía, siempre entendía.

—Me aseguraré de que nadie más nos moleste en nuestro viaje.

La cena continuó entre risas, hablando de nuestros peluditos, de cuánto me moría por verlos corretear por París en un futuro. La Torre Eiffel nos observaba desde la ventana, pero mis ojos sólo podían enfocarse en él.

Después, buscamos helado.

Noah quería un sabor exótico, así que terminamos con un par de conos enormes de lavanda y pistacho. Caminamos hasta el puente de los candados, entre luces tenues y reflejos dorados sobre el río Sena.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.