Capítulo 50
Noah
—Vamos, amor, el día aún no termina —me dijo, con esa media sonrisa que me hacía levantarme incluso si no quería.
Lo ayudé a recoger todo. En el coche, el ambiente seguía igual de ligero hasta que Kai, de repente, tomó una vuelta que no correspondía.
Lo miré de reojo, intrigado.
—Amor… ¿a dónde vamos? —pregunté, girándome un poco hacia él.
—Ya lo verás —respondió, con una sonrisa traviesa, pero detrás de esa sonrisa noté algo. Una pizca de ansiedad. Apenas perceptible, pero yo conocía cada una de sus respiraciones.
No pregunté más, pero me quedé observándolo. Mi corazón comenzó a latir más fuerte, sin entender por qué. Cuando el coche se detuvo, alcé la vista… y ahí estaba.
La Torre Eiffel.
Vacía.
Parpadeé varias veces, como si mis ojos me estuvieran jugando una broma. Pero no. Estaba realmente vacía. Kai salió del auto y rodeó hacia mi puerta. Al abrirla, me tendió la mano.
—Subamos —dijo, como si fuera lo más simple del mundo.
—Kai… este lugar siempre está lleno. ¿Qué hiciste? —solté una risa nerviosa, pero por dentro estaba emocionado.
—Te dije que podía poner el mundo a tus pies, ¿no? —alzando la ceja, con esa soberbia juguetona que solo a él le quedaba bien.
Reí porque… claro que sí, era Kai.
Subimos al ascensor tomados de la mano. Sentía cómo su pulso era fuerte, agitado, y eso me ponía peor. Mi ansiedad crecía, mi pecho vibraba como si fuera a explotar.
Después vinieron las escaleras, muchas, muchas escaleras. Kai no me soltaba, y a cada descanso, me robaba un beso para “recuperar fuerzas”.
Cuando llegamos arriba, me quedé sin aire.
Había una mesita pequeña, de esas para cenas íntimas, con dos copas de vino listas, una vela encendida, y el paisaje de París iluminado ante nosotros. Me tapé la boca con las dos manos y giré sobre mí mismo, sin poder contener el nudo en la garganta.
—Kai… esto es hermoso —susurré, sintiendo cómo la voz me temblaba.
—No tan hermoso como tú —me respondió, acercándose hasta quedar frente a mí.
Tomó mi mano con cuidado, guiándome hasta el filo. Sentí su mano firme en mi cintura, dándome la seguridad de que no iba a caer.
Y entonces, me hizo dar un paso atrás.
Fue ahí cuando su mirada cambió. Sus ojos me atraparon, y su respiración se hizo más pesada… nerviosa.
—Noah… —susurró, apenas audible.
Se arrodilló frente a mí.
Y mi corazón… dejó de latir.
Kai metió la mano en su bolsillo y sacó una pequeña caja aterciopelada de color purpura. Sus dedos temblaban ligeramente. Sus ojos estaban fijos en mí, vulnerables, sinceros, expuestos. Una mirada que nunca antes había visto.
—Desde que entraste en mi vida, el mundo dejó de ser gris. Me mostraste lo que era vivir… de verdad. Me enseñaste lo que era tener un hogar. Me diste familia… y me diste amor, incluso cuando yo no sabía que era amar.
Sus manos se abrieron, revelando el interior de la caja, pero mis ojos ya estaban borrosos.
—Noah, no quiero seguir caminando este mundo sin saber que soy tuyo para siempre. Quiero que este anillo sea la promesa de que, pase lo que pase, yo voy a protegerte, a cuidarte, a amarte hasta mi último respiro. —Tragó saliva, su voz tembló—. ¿Te casarías conmigo? No, mejor dicho ¿Me dejarías casarme contigo?
El aire se me fue. Solo podía llorar. Solo podía asentir con la cabeza, una y otra vez, con desesperación, con el alma desbordada.
—Sí… sí, Kai… sí, amor… —susurré entre lágrimas, con las manos cubriéndome la boca.
Él sonrió, esa sonrisa que me había salvado tantas veces, y se puso de pie. Tomó mi mano, la que aún temblaba, y deslizó el anillo en mi dedo. Me miraba como si fuera el tesoro más valioso del universo, y sus labios también temblaban.
—Tengo uno para mí, pero quiero que tú me lo pongas —dijo, sacando un segundo anillo de su bolsillo.
Mis dedos estaban entumecidos, pero logré colocarlo en su mano. Kai me miraba, y en sus ojos no había más que amor puro, crudo, real.
Él iba a besarme, un beso dulce, tierno, pero no le di tiempo.
Me lancé sobre él, haciéndonos caer al suelo. Lo besé, lo besé con el corazón latiendo como un loco, llorando, riendo, sintiendo que ese beso era la única forma en que podía agradecerle por este momento.
Un beso de amor. Un beso de felicidad.
Un beso que gritaba: “Para siempre”.
Kai
Regresar a casa con Noah, con el peso del anillo brillando en su dedo, era una sensación que ni la palabra perfecto podía describir. Él no dejaba de mirar su mano, como si tuviera miedo de que todo fuese un sueño. Y yo... yo no podía apartar mis ojos de él.