Capítulo 51
Noah
Nunca imaginé que hacer las maletas pudiera ser algo tan emocionante.
Estábamos en la habitación de la casita de París, rodeados de ropa desordenada, las maletas abiertas sobre la cama, y cada vez que intentaba doblar una camiseta, Kai venía por detrás a abrazarme y besarme el cuello, murmurando cosas como:
—Amor… Me encanta como se ve el anillo en tu dedo.
Y yo, débil, le extendía la mano con la sonrisa más boba del universo.
—Amor… si me sigues distrayendo no vamos a empacar nunca.
—¿Y eso es malo? —resopló, apoyando la barbilla en mi hombro—. Podríamos quedarnos aquí, solos, de luna de miel adelantada.
Me giré para verlo, acunando su rostro con mis manos.
—Kai… quiero ir de la mano contigo… Estoy pensando en involucrarme en la organización para ser tu apoyo.
Sus ojos brillaron con esa intensidad que me hacía sentir que el corazón me latía en todo el cuerpo.
—Entonces te apoyaré y protegeré.
Para cuando nos dimos cuenta, las maletas estaban listas, pero ahora no éramos simplemente dos novios viajando, éramos prometidos. Eso le daba otro peso a todo, otro significado.
El trayecto al aeropuerto fue una mezcla de nervios, emoción y risas suaves. Íbamos tomados de la mano todo el camino. Yo no podía dejar de mirar mi anillo. Lo levantaba contra la ventana, dejando que la luz jugueteara en su superficie, y cada vez que lo hacía, Kai me miraba con esa sonrisa orgullosa, apretando más fuerte mi mano.
Subimos al avión como si fuera la primera vez que viajábamos. Cuando el piloto anunció por los altavoces: “Bienvenidos a Nueva York”, sentí que el estómago se me llenaba de mariposas.
Me giré hacia Kai con los ojos tan abiertos como un niño entrando a una juguetería.
—¡Kai! ¡Nueva York! —me lancé a abrazarlo—. ¿Cómo haces para siempre sorprenderme?
Kai me miró con una sonrisa arrogante.
Salimos del avión tomados de la mano. El auto ya nos esperaba a la salida, pero yo seguía pegado a Kai.
—Amor… —le pregunté mientras subíamos al auto—. Esta vez… ¿qué tienes planeado? ¿Un hotel? ¿O una casa?
Kai se giró hacia mí con una sonrisa traviesa, de esas que me dejaban el corazón temblando.
—Prometido mío… —dijo teatralmente, entrelazando nuestros dedos—. ¿Tú quieres ir a un hotel como simples mortales… o prefieres que vayamos a nuestro penthouse?
Mis ojos se abrieron de par en par. Podía sentir cómo mis mejillas se incendiaban.
—¿Nuestro… penthouse?
Kai se acercó, rozando su nariz con la mía. Me guiñó un ojo y me robó un beso antes de añadir, en un susurro embriagador
—Quiero verte correr por cada rincón de ese lugar… descalzo, con mis camisas, arruinándome la cabeza con solo existir.
Me derretí. Literalmente. Apreté su mano con fuerza, escondiendo mi rostro en su cuello para no gritar de la emoción.
—Vamos al penthouse. —Murmuré, intentando mantener la compostura, aunque sabía que sonaba como un niño al que acababan de regalarle su propio parque de diversiones.
El auto arrancó, y el trayecto fue tranquilo.
Cuando llegamos y subimos al penthouse, abrí la puerta con un nudo en la garganta. Era un lugar cálido, elegante, pero a la vez… se sentía como nuestro.
—Bienvenido a casa, Noah. —dijo Kai, abrazándome por la espalda mientras admirábamos la vista de la ciudad desde las enormes ventanas.
—Amor… si seguimos abrazados aquí, nos vamos a morir de hambre.
Kai no respondió. Solo me apretó más fuerte contra su pecho.
—Kai… —reí, escondiendo la cara en su cuello.
—No —Su voz vibraba en mi oído, ronca y deliciosa—. Ahora eres mi prometido, te tengo que abrazar el triple.
Reí, sintiendo cómo mi corazón estaba a punto de explotar de tanto amor.
—Está bien, señor prometido, pero si quieres cenar esta noche, tienes que dejarme ir a la cocina.
Kai suspiró, como si fuera a soltarme con todo el dolor del mundo.
La cocina era un sueño. Una isla central enorme, alacenas de madera clara, electrodomésticos de última generación… y la vista de la ciudad iluminada en cada rincón. Era como estar cocinando en las nubes.
—Este lugar es perfecto, Kai.
Me robó un beso fugaz mientras abría la nevera—. ¿Qué quieres cocinar hoy?
—Algo sencillo, pero especial… —pensé en voz alta—. ¿Qué te parece pasta? Con una salsa casera, como te gusta.
Kai me miró como si le hubiera dicho que le acababa de regalar el universo.
—Noah… me vas a arruinar, ¿sabes? Si sigues así, no voy a dejarte salir de casa nunca más.
—Lo dices como si fueras a dejarme salir ahora. —Bromeé, dándole un codazo juguetón.
Empezamos a cocinar.