ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 52

Capítulo 52

Noah

La semana pasó como un suspiro. Cada día fue una nueva experiencia.

Las vacaciones fueron perfectas. Pero sabíamos que era hora de volver… Volver a Corea. Volver a casa.

—Noah… —Kai rompió el silencio mientras doblaba una camisa, lanzándome una sonrisa juguetona—. ¿Por qué siento que estás metiendo más peluches de los que trajimos y si no mal recuerdo solo teníamos uno?

—¡Son los que has ganado para mí! —le respondí, haciendo puchero.

Kai soltó una carcajada baja, se acercó a mí y me robó un beso, uno de esos que me dejaban sin fuerza en las piernas.

—Eres demasiado tierno, Noah. Vas a malcriar hasta a los peluches.

—No estaría mal. —susurré, escondiéndome en su cuello, robándole otro beso.

Cuando por fin llegamos al aeropuerto, Kai entrelazó su mano con la mía y suspiró.

—Listo, es hora de volver a casa. Pero prométeme algo.

—¿Qué cosa?

—Que seguirás aceptando mis sorpresas.

Reí, apoyando mi cabeza en su hombro.

En el avión, nos acomodamos juntos en la ventana. Kai sacó su teléfono y deslizó las fotos que habíamos tomado: selfies en Central Park, fotos mías comiendo un cupcake con la nariz llena de crema.

Seguimos bromeando, emocionados por regresar, pero en el fondo, yo estaba ansioso. Extrañaba a mis bebés. Extrañaba esa sensación de abrir la puerta y ser recibido con saltos y lametazos.

Cuando aterrizamos, ya el auto nos estaba esperando.

—Preparado —me dijo Kai, apretando mi mano.

—Lo he estado desde que subimos al avión.

El trayecto a casa fue corto, pero mi ansiedad lo hizo parecer eterno. Apenas el auto se detuvo frente a la puerta, Kai salió primero y me ayudó a bajar, nuestras manos nunca se soltaron.

—Listo, Kai. Es hora de la tormenta.

Abrí la puerta.

Y en ese instante, una bola de pelos empapada de agua salió disparada hacia nosotros.

—¡TIMI! —grité justo antes de que nos embistiera, lanzándonos a ambos al suelo.

—¡POR DIOS! —Kai exclamó, mientras Timi nos mojaba por completo.

Y no estaba solo. Mochi, Daifuku venían corriendo detrás, toda chorreando agua, brincando sobre nosotros como si fueran un escuadrón de peluditos al ataque.

—¡Agh, nos están mojando! —Kai dijo, tratando de sentarse mientras Daifuku le mordía la manga como si fuera una cuerda de juego.

Entonces, vi al abuelo de Kai en la puerta, de brazos cruzados, observándonos con esa sonrisa oculta bajo su ceño fruncido, mientras los empleados detrás de él parecían buscar rutas de escape.

—¡Señor, con su permiso, nos retiramos! —y sin esperar respuesta, él y el resto salieron huyendo. No corriendo. Huyendo. Y el abuelo también salió.

Reí.

—¡Kai! Tenemos que terminar de darles un baño ahora mismo. No puedo dejar que anden por la casa chorreando agua.

—Entonces al baño. —Kai se levantó, cargando a Mochi como si fuera un saco de papas.

Tomamos a Timi, Mochi y a Daifuku, y fuimos directo a la bañera grande del cuarto principal.

Llenamos la bañera con agua tibia. Metimos a los bebés con nosotros, Kai de un lado, yo del otro. Timi intentaba saltar fuera, pero Kai lo sujetó con firmeza. Terminamos de bañarlos entre salpicaduras. Y cuando salimos de la bañera, Los envolvimos en toallas, con el secado de cabello los dejamos secos y esponjosos. Los tres terminaron totalmente rendidos en nuestros brazos.

La casa por fin estaba en silencio. Acomodamos a los peludos en sus camas y Kai y yo terminamos tumbados en el sofá. La televisión estaba encendida, pero no prestábamos atención. La única imagen que llenaba mi mente era la de Kai, con el cabello aún húmedo, recostado con una expresión de paz tan pura.

—¿Sabes? —susurré, acariciando su mandíbula con la yema de mis dedos—. Ahora podemos relajarnos en casa.

Kai sonrió, entrelazando su mano con la mía. Mis ojos bajaron a sus labios. Lo necesitaba. Necesitaba sentirlo.

—Kai… —mi voz salió como un suspiro, cargado de intención—. Vamos al cuarto.

Kai me miró, sus ojos oscureciéndose, entendiendo al instante. Se levantó.

—Vámonos, Noah. —su tono era bajo, cálido.

Caminamos juntos, sin soltarnos. La atmósfera había cambiado, era suave, densa, como si el aire nos envolviera con hilos invisibles que solo existían entre nosotros. Al entrar al cuarto, la puerta se cerró detrás de nosotros, aislándonos del mundo.

Kai se acercó a mí, sus manos apoyándose a cada lado de mi cintura, acorralándome suavemente contra la pared. Sus labios rozaban los míos, apenas, jugando con la tensión, haciéndome desearlo más.

—Noah… —murmuró, su aliento acariciándome la piel—. ¿Sabes cuánto te extrañé?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.