ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 53

Capítulo 53

Noah

La mañana nos recibió con la luz colándose perezosa entre las cortinas. Kai y yo habíamos despertado tarde.

Bajábamos las escaleras aún entre susurros y risas, con Kai refunfuñando porque Timi se había robado su camiseta, obligándolo a bajar en pantalones de pijama y el cabello alborotado, mientras yo, bueno… digamos que había olvidado ponerme algo más encima.

Y entonces.

Allí estaba el abuelo, sentado en el sofá del living, con una taza de café en una mano y el periódico extendido en la otra, como si fuera el dueño del lugar. Nos observó con esa mirada serena, y una sonrisa traviesa se le dibujó de inmediato.

—Buenos días, tortolitos —dijo, con un tono tranquilo.

—¡¿Cómo entraste aquí?! —refunfuñó Kai, frunciendo el ceño, intentando hacerse el rudo, pero sin dejar de apretar mi cintura con su brazo.

—Y ¿por qué Timi no ladró? —añadió, mirando al peludito que, en ese momento, estaba cómodamente sobre la alfombra, como si nada.

El abuelo soltó una carcajada profunda, bajando el periódico.

—Creo que tuvieron una noche bastante agitada, muchachos. Ni cuenta se dieron que entré —dijo, llevándose la taza a los labios con toda la tranquilidad del mundo.

Yo, sintiendo el calor subirme hasta las orejas, traté de cubrirme colocándome detrás de Kai, como si su cuerpo pudiera protegerme de la vergüenza.

—Abuelo… al menos avisa —susurré, intentando arreglarme el cabello con una mano. Y bajando mi camisa lo más que pude para tapar mis muslos.

—Noah, al menos cúbrete bien, hijo. Aunque viendo cómo andan ustedes dos, ya me imagino qué tan "cansados" estarán.

—¡Abuelo! —Kai gruñó, echando chispas por los ojos.

Yo estaba rojo como un tomate.

—Abuelo, es nuestra casa —dije, tratando de mantener algo de dignidad mientras me agarraba a la espalda de Kai—. Es normal si quiero salir como quiera por mi propia casa, ¿no?

El abuelo, rio como si hubiera escuchado la mejor broma de su vida—. No se preocupen, yo solo vine a buscar mis cosas. Ayer no me las pude llevar.

Kai rodó los ojos, suspirando exasperado, mientras yo, deseando desaparecer por un momento, subí corriendo las escaleras hasta nuestro cuarto.

Al entrar, abrí la maleta que aún no habíamos desempacado del viaje. Rebusqué entre la ropa hasta encontrar lo que había preparado especialmente: un pequeño paquete con postales de los lugares que visitamos, cuidadosamente elegidas para el abuelo. Sonreí al verlas, sabiendo cuánto le gustaban esos pequeños detalles.

Bajé nuevamente, esta vez con un pantalón puesto, sosteniendo las postales con ambas manos.

—Abuelo —llamé su atención—. Estos son recuerdos de nuestro viaje. Son para ti.

El abuelo dejó el periódico de lado y tomó las postales con una expresión que se suavizó en ternura. Pero sus ojos, tan atentos como siempre, no tardaron en notar el anillo brillante en mi dedo.

—Hijo… —su voz se volvió cálida, y su mirada se dirigió directamente a Kai. Quien se puso rígido al instante.

—Por fin le diste el anillo. Llevas con él más de ocho meses, muchacho. Pensé que se te iba a oxidar en el bolsillo.

—¡Abuelo! —gritó Kai, completamente sonrojado, llevándose una mano a la cara mientras yo, anonadado, lo miraba con la boca entreabierta.

—¿Qué? —le pregunté con una sonrisa traviesa, acercándome a él—. ¿Es verdad? ¿Desde hace tiempo ya querías pedirme matrimonio?

Kai soltó un bufido avergonzado, acercándose a mí solo para esconder su rostro en mi cuello, abrazándome con fuerza.

—Desde que te conocí ya no quería estar lejos de ti, Noah. Pero quería que fuera el momento perfecto.

Sonreí conmovido, rodeándolo con mis brazos, acariciando su cabello.

—Kai…

El abuelo, que había estado observando la escena con una expresión de orgullo desbordante, se levantó de un salto.

—¡Eso es lo que quería escuchar! —exclamó con una risa que resonó por toda la casa—. Ahora mismo comenzaré los preparativos.

Antes de que Kai pudiera reaccionar, el abuelo ya estaba saliendo por la puerta, sacando su teléfono, haciendo llamadas a viva voz.

—La boda será en Jeju, ¡y será inolvidable! —gritó mientras desaparecía del umbral, dejando a Kai y a mí en medio de la sala.

Kai estaba rojo, mordiéndose el labio, refunfuñando algo en voz baja. Apoyé mi barbilla en su hombro con una sonrisa burlona.

—Jeju no es una mala elección, amor. Me gusta la idea.

Kai giró lentamente, con una expresión entre avergonzada y rendida.

—Abuelo… esto me las pagarás —dijo, pero ya no con molestia, sino con una sonrisa resignada.

Yo reí, rodeándolo con mis brazos.

—Kai, voy a tener la boda más bonita del mundo. Y lo mejor de todo… es que será contigo.

Él suspiró, hundiendo su rostro en mi cabello.




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