Capítulo 54
Noah
Pero antes de preocuparnos por eso. Teníamos que pasar por navidad. Nuestra primera navidad.
Quince días habían pasado desde nuestro viaje, y aún me parecía increíble que estuviéramos celebrando juntos, sin preocupaciones más allá de encontrar el árbol navideño perfecto.
El centro comercial estaba lleno de luces doradas, música suave y un aroma a canela y chocolate que nos seguía a cada paso. La gente iba y venía con bolsas, bufandas de colores y sonrisas alegres. Kai iba caminando a mi lado, sujetando la correa de Timi, mientras yo llevaba a Mochi en su mochila, bien abrigado. Daifuku iba en la mochila del abuelo, asomando solo la cabeza, observando curioso todo lo que pasaba a su alrededor.
—¿Cómo puede ser que todos los árboles se vean… casi perfectos, pero ninguno me convence? —pregunté en voz alta, observando la larga fila de pinos que adornaban la sección principal del centro.
Kai soltó un suspiro, mirando a su alrededor con ese ceño fruncido de concentración que le salía de forma natural.
—Porque tú eres demasiado perfeccionista. Y si no te convence ninguno no lo compraremos.
El abuelo rio detrás de nosotros, acomodando la mochila donde Daifuku observaba con sus ojitos brillantes.
—Noah tiene razón, muchacho. El árbol debe ser bien elegido.
—Gracias, abuelo —dije, sonriendo—. Aunque en este momento, creo que el único que está disfrutando el paseo es Timi.
El peludito levantó la cabeza, ladrando contento, como si supiera que hablábamos de él.
—Timi está disfrutando porque piensa que vinimos a buscar juguetes para él —dijo Kai.
—Y no está tan equivocado —agregué, acariciando la cabecita de Mochi, quien parecía a punto de dormirse.
Caminamos un poco más, entre risas y pequeñas discusiones sobre cuál pino tenía las ramas más bonitas o cuál sería el mejor para decorar.
—Bien, creo que ya encontré nuestro árbol —dije deteniéndome frente a un enorme árbol que parecía salido de una postal. Kai no dejó esperar más y fue a pagar en ese instante.
—Propongo algo. Vamos a separarnos un rato. Buscaremos los regalos.
Kai me miró, entrecerrando los ojos.
—Eso suena a una trampa muy bien planeada para que no me entere de lo que me vas a comprar.
—Si, no sería sorpresa si supieras que es —respondí con una sonrisa traviesa.
El abuelo se rio a carcajadas. —¡Perfecto! —exclamó—. Entonces quedemos en el café que está en la esquina, dentro de una hora. Allí nos encontramos todos.
—Hecho —dijimos Kai y yo al unísono.
El abuelo asintió satisfecho, dándonos unas palmaditas en la espalda.
—Ahora sí, muchachos, ¡a gastar dinero! La Navidad es solo una vez al año.
Nos despedimos, cada uno tomando dirección contraria.
Ya había dado vueltas por el centro comercial por más de una hora. Pensé en talvez comprarles camas a los peludos.
Pero no era suficiente. Faltaban los regalos más importantes. El de Kai. Y el abuelo.
Podía ir a la joyería y comprarle un reloj carísimo. Podía ir a la tienda de lujo y conseguirle un traje a medida. Pero no. Eso no era lo que buscaba.
Quería algo que hiciera que Kai sonriera de verdad. Esa sonrisa suave, ladeada, la que solo me mostraba, cuando bajaba la guardia. Ese era el regalo que quería darle.
Suspiré, apoyando la frente en el vidrio de una tienda. La gente pasaba, las luces de navidad tintineaban, y yo estaba atascado. Hasta que… algo en mí se encendió. Como un tirón, un flechazo.
Caminé sin pensar, guiado por un impulso extraño, hasta que me encontré frente a una papelería antigua, de esas que parecían fuera de lugar entre las tiendas modernas.
Empujé la puerta, una campanita sonó.
—Bienvenido —dijo una mujer mayor, acomodando unas plumas de tinta—. ¿Buscas algo especial?
La miré, y en ese momento lo supe. El regalo de Kai estaba aquí.
—Sí… estoy buscando algo para escribirle a alguien que lo es todo para mí. Y talvez una caja, elegante pero sencilla, para guardar cartas, fotos.
La mujer sonrió de una forma cálida, como si hubiese estado esperando escuchar esas palabras.
—Creo que tengo exactamente lo que buscas —susurró, guiándome hacia una estantería al fondo—. Esta caja fue hecha a mano, de abedul, con decoraciones marcadas por el fuego. Es única. Perfecta para recuerdos que no se deben olvidar.
Tomé la caja con cuidado. La textura, el peso, todo en ella gritaba “Kai”. No necesitaba nada más. Porque no eran las cosas materiales lo que quería regalarle… Era mi corazón, palabra por palabra.
—Me la llevo —dije, sin dudarlo.
La mujer sonrió, como si entendiera más de lo que yo decía.
Salí de la tienda abrazando la caja contra mi pecho. Ahora sí. Entré a la tienda de mascotas, donde busqué juguetes que aún no tenían, ya que conociendo a Kai el compraría camas, desde hace tiempo ya lo había dicho.