ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 58

Capítulo 58

Kai

Hoy era el día. La junta de accionistas. Con todos los bastardos del mundo bajo.

Los regalos a petición de Noah ya estaban listos.

Pero lo más importante no era la mesa de negocios, ni las alianzas, ni los contratos que todos querrían firmar esta noche.

Lo más importante… era Noah.

Él sería presentado hoy como lo que era, mi prometido, que estaba prohibido de tocarlo en Corea y en cualquier maldito país donde respirara.

Me encontraba frente al espejo, ajustando con precisión la camisa negra.

Detrás de mí, el caos.

—¡Kai, esto es un desastre! —gritó Noah desde el ropero, con una montaña de camisas y pantalones a sus pies—. No quiero verme aburrido con un traje negro, pero tampoco quiero parecer un semáforo combinando cualquier cosa.

Sonreí de lado, mirándolo por el reflejo del espejo. Su cabello estaba un poco despeinado. Noah soltó un bufido, cruzándose de brazos, mirándome como si no creyera ni una palabra.

—Te verás bien con cualquier cosa. —Dije mirándolo por el espejo.

—Tú, podrías ir en pijama y seguirías imponiendo respeto. Yo quiero…—suspiró—, quiero que todos entiendan desde el primer momento que no soy invisible. No ahora que comenzaré indirectamente en la organización.

Me giré lentamente, caminando hacia él.

—Noah, tú nunca has sido invisible. —Tomé su mentón con delicadeza.

Sus ojos miel me miraron. Lo jalé de la mano, guiándolo al espejo junto a mí.

—Mira lo hermoso que eres. Es imposible que alguien no te note.

El desvió la mirada, estaba rojo por mis palabras, besé su mejilla. Me acerqué al perchero y saqué un conjunto que había mandado a hacer hace semanas, en secreto.

—Lo sabía… es perfecto —musité, mostrándoselo.

Era un traje de corte ajustado, azul medianoche, con detalles en dorado pálido en los bordes internos de la chaqueta. No era el clásico traje aburrido. Era elegante, distinto, impecable. En la parte interna, el forro tenía bordadas pequeñas constelaciones, el cielo que estaba dispuesto a regalárselo.

Noah se quedó mudo.

—Kai… esto es…

—Tuyo. Solo tuyo.

Al final lo ayudé a colocárselo, ajustando cada botón. Cuando estuvo completamente vestido, retrocedí un paso, observándolo como si fuera la obra maestra.

—Noah —susurré—. Estás hermoso.

Noah sonrió con una mezcla de orgullo y emoción. Me acerqué, sujeté su cintura y le di un beso suave, profundo, como un pacto silencioso.

El trayecto en auto fue silencioso. Noah no soltaba mi mano. Su pulgar dibujaba pequeños círculos en mi piel.

Cuando llegamos al edificio principal, los empleados ya nos esperaban en la entrada.

—¿Estás listo? —pregunté al oído de Noah, antes de entrar al gran salón.

—Más listo que nunca —respondió, apretando con fuerza mi mano.

Entramos.

Y el silencio fue absoluto.

Todos los ojos giraron hacia nosotros. Algunos con sorpresa, otros con desdén.

—Señores, les presento a Noah —dije, con la voz firme—. Mi prometido. El único que puede hablarme sin permiso.

Un murmullo recorrió la sala, pero no me importó. Guie a Noah hasta la mesa principal y lo senté a mi derecha. No era un lugar decorativo. Era un asiento de poder.

—Empecemos la junta —dije, apoyando las manos sobre la mesa.

Mientras los socios discutían números y estrategias, mis ojos no dejaban de observar la forma en que Noah escuchaba, atento, con una calma que desafiaba a cualquiera. Sus dedos buscaban los míos bajo la mesa. Nos volvimos cómplices del momento.

La junta había terminado. Y terminó en victoria absoluta. Los contratos estaban firmados, las alianzas selladas. Los accionistas habían caído uno a uno bajo el peso de la evidencia, de las cifras, de mi autoridad… y de Noah.

No había hombre en esa sala que no hubiese sentido el peso de su mirada dulce, pero firme. Su presencia era elegante, inquebrantable, como un sello invisible”.

Y ahora… la celebración comenzaba.

El salón principal del edificio se había transformado en un evento de gala, con candelabros de cristal iluminando las mesas, copas de vino sirviéndose sin pausa, y un piano de cola llenando el ambiente con melodías suaves. Todo era lujo, pero toda la sala estaba concentrada hablando de Noah.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? —pregunté, inclinándome hacia él mientras estábamos sentados en la mesa principal.

Noah ladeó la cabeza, confundido.

—¿Qué hice?

—Acabas de hipnotizar a toda la puta sala, amor —sonreí, tomando su mentón y acercándolo a mis labios—. Te lo advertí, nadie aquí puede dejar de mirarte.

Noah rio, bajando la mirada con esas mejillas encendidas que siempre me hacían perder la compostura.




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