ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 64 Parte I

Capítulo 64

Kai

Nunca me había sentido tan fuera de control como ahora. Ni siquiera cuando fuimos secuestrados.

Ahora mis manos estaban sudando. Mis piernas temblaban y temí por un momento de que me dejasen caer.

El broche que el abuelo me colocó en el pecho parecía pesar el doble. La corbata me asfixiaba, y el anillo en mi dedo ardía, como si supiera que el momento estaba por comenzar.

Pero nada de eso importaba.

Solo había un espacio vacío al fondo del pasillo. Un espacio donde debía aparecer él.

Mi corazón latía con fuerza, mi garganta estaba seca. El abuelo, de pie a mi lado, me dio un leve codazo y susurró.

—Deja de moverte, muchacho. Vas a hacer un agujero en el suelo.

Quise responderle, pero mi voz no salió. Era como si mis nervios se hubieran unido en una conspiración para dejarme sin palabras.

Y entonces... la música cambió.

Las puertas al final se abrieron.

Lo vi.

Noah.

Su silueta apareció en el umbral, bañado por la luz del atardecer, con el cabello perfectamente despeinado de esa forma que siempre me volvía loco. El traje que había elegido no era el típico, era él: sencillo, pero elegante, con detalles que gritaban su esencia. Caminaba con un ramo en las manos y Timi a su lado, quien orgullosamente llevaba un pequeño cojín con los nuevos anillos atado a su lomo.

Mi visión se nubló de inmediato.

Dios, estoy llorando.

No podía evitarlo.

Cada paso de Noah hacia mí era como si el mundo se detuviera. Los murmullos desaparecieron. Los pájaros dejaron de cantar. Solo estaba él. Solo estábamos nosotros.

Su sonrisa… esa sonrisa era la razón por la que yo respiraba.

Y cuando sus ojos se encontraron con los míos, lo supe. Había llegado a casa.

Sentí mis labios temblar. Quise sonreír, pero la emoción me desbordó. Estaba temblando. El pecho me ardía, como si todas las emociones contenidas en años se liberaran de golpe.

—Maldición, es hermoso —susurré sin poder contenerme.

El abuelo se rio a mi lado.

—Cierra la boca, nieto, te vas a ahogar de tanto amor.

Cuando Noah llegó a mi lado, lo recibí tomando su mano con fuerza, y sin importarme nada, llevé su mano a mis labios y la besé, cerrando los ojos, grabando en mi mente ese instante.

—Hola, futuro esposo —susurró Noah, con una sonrisa que derritió lo que quedaba de mi autocontrol.

—Eres tan hermoso que duele —le respondí, con la voz quebrada.

El oficiante comenzó a hablar, pero yo ya no escuchaba. Todo lo que existía era Noah. La ceremonia era solo un puente hacia lo que más ansiaba. Prometerle que sería suyo hasta el fin.

—Kim Seo-Kai, ¿tienes tus votos? —preguntó el oficiante.

Noah me miró expectante, pero yo no saqué ningún papel.

No necesitaba uno.

Apreté su mano y, con la voz más sincera que jamás había usado, hablé:

—No preparé votos porque no hay palabras que puedan abarcar lo que siento por ti, Noah. Podría prometerte amor eterno, pero la verdad es que tú eres mi eternidad. Podría decirte que siempre estaré a tu lado, pero lo he estado desde el primer momento que te vi, incluso antes de que lo supieras. Tú me enseñaste a ser débil para ser fuerte, a que mi corazón podía latir con orgullo sin importar quién nos mire.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Prometo proteger cada sonrisa tuya, luchar contra cualquiera que intente ensuciar tu luz. Prometo que cada día serás mi primera oración y mi último suspiro. Noah, mi ángel, mi hogar, mi amor… hoy no te pido que seas mi esposo. Te pido que seas mi vida. Y me permitas ser tu esposo junto con todo lo que implica.

Noah no pudo contener el sollozo que escapó de su pecho, y sus lágrimas cayeron con fuerza. Timi, a su lado, soltó un pequeño ladrido como si entendiera lo que acababa de decir. Daifuku y Mochi maullaron fuerte para reafirmar más el momento.

El abuelo, murmuró lo suficientemente fuerte como para que todos lo oyeran:

—Este mocoso va a matarme de diabetes. Es como su madre.

La gente rio entre lágrimas.

El oficiante le dio a Noah su turno, pero antes de que hablara, le tomé el rostro entre mis manos.

—Antes de que digas algo… —susurré—, déjame mirarte un poco más. Nunca había visto un ángel tan real.

—Kai… —su voz tembló—. No me mires así, voy a llorar aún más.

—Llora, es nuestro día. Hoy puedes hacerlo todo, amor mío.

Cuando él comenzó sus votos, sentí que el corazón me iba a estallar. Sus palabras eran caricias al alma, promesas que sabían a hogar. Noah no prometía cosas grandiosas, prometía lo simple, caminar conmigo, sostenerme la mano en las tormentas, reír conmigo hasta que el tiempo se detuviera. Y eso era todo lo que yo necesitaba.




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