Capítulo 65
Kai
Solo quedábamos Noah y yo, bajo las luces cálidas de nuestra casa en Jeju, con las decoraciones de la boda aún intactas, como si el tiempo se hubiera detenido para nosotros.
—Amor… —susurré, quitándome la chaqueta con lentitud—. Ya somos esposos. Ya no tienes escapatoria.
Noah me miraba desde el centro del salón, con ese brillo en los ojos que me derretía el alma.
—Jamás quise escapar, Kim Seo-Kai.
Nos acercamos como dos imanes, nuestros pasos sincronizados.
Afuera, el viento de Jeju acariciaba las ventanas, como si la isla misma supiera lo que estaba a punto de suceder.
—¿Sabes…? —murmuré, tomando su rostro con ambas manos—. Cuando te vi entrar al altar, supe que jamás volvería a respirar sin ti.
Lo besé. Primero fue lento, como una promesa. Luego, se volvió más profundo, más urgente.
Noah se aferró a mi camisa, desabrochándola con torpeza, como si le ardieran las manos.
—Kai…
—Ya soy tuyo, Noah…
Deslicé su chaqueta por sus hombros, dejando al descubierto la piel que había soñado tocar de esta manera.
Nuestros cuerpos se buscaban con hambre, pero también con ternura. Mis labios exploraban su cuello, mientras sus dedos trazaban caminos en mi espalda.
El nudo de su corbata cayó al suelo, seguido por risas ahogadas y caricias que decían más que las palabras.
Noah temblaba bajo mis manos, de deseo, amor, entrega.
—Kai… —susurró contra mis labios—. Esto se siente… diferente
—Es porque ahora soy TU esposo.
Esa noche no hubo prisas, ni máscaras, ni poder. Solo él y yo, amándonos sin medida, sin detenernos. Todo fue implícito, sugerente, pero el fuego era tan real que parecía que el aire ardía a nuestro alrededor.
El reloj marcó las horas, pero para nosotros no existía el tiempo. Solo existía este amor. Cuando la madrugada nos encontró, estábamos desnudos, cubiertos por la luz de las primeras horas, abrazados, respirando el mismo aliento.
—Buenas noches, esposo mío —susurré, acariciando su mejilla húmeda de lágrimas y sudor.
—¿Buenas noches?, Kai… amor… ya está saliendo el sol. Sería buenos días.
Reí por la tierna corrección. —Es verdad, pero, hoy puedes dormir lo que quieras amor.
Noah
La luz suave de la mañana se colaba por las cortinas de nuestra habitación. Aún me costaba abrir los ojos. El calor de Kai me envolvía por completo, su brazo fuerte abrazando mi cintura, su respiración calmada en mi nuca. No había mejor manera de despertar. Me acurruqué más en su pecho, sin intenciones de moverme.
Estábamos en esa burbuja perfecta cuando, de repente, la puerta se abrió de par en par.
—¡Dejen de dormirse, esposos, el desayuno ya está servido! —gritó el abuelo, con una carcajada que resonó por toda la casa.
Timi fue el primero en saltar a la cama, lanzándose directo a nuestros rostros, mojándonos de besos con su lengua traviesa.
—Timi, nooo— gemí entre risas, tapándome el rostro mientras Kai se revolvía tratando de protegerme, pero también riendo.
Detrás llegaron Mochi y Daifuku, trepándose sin piedad sobre las sábanas, caminando sobre nosotros como si ellos fueran los verdaderos dueños de la cama.
Desde la puerta, el abuelo nos daba la espalda, pero tenía cruzado los brazos, sonriendo satisfecho.
—Ahora entiendo por qué no quisieron bajar anoche… —dijo, alzando una ceja con picardía—. Pero es hora de que los señores esposos bajen a celebrar con un buen desayuno. Y no acepto un no por respuesta.
—Abuelo… —Kai refunfuñó, revolviendo su cabello.
—Tenemos que hablar —Dijo el abuelo, pero no sonaba algo serio.
El abuelo se desvaneció por el pasillo.
Me escondí detrás de Kai, abrazándolo por la espalda.
Nos levantamos entre juegos y caricias, poniéndonos ropa cómoda. Me puse una camisa de Kai, como siempre lo hacía, mientras él me observaba con esa sonrisa suave que siempre me hacía sentir seguro.
Bajamos tomados de la mano, con Timi guiando el camino y los mininos persiguiéndonos entre las piernas.
La mesa estaba lista: pajeon, arroz, frutas frescas, jugo, café
—¡Felicidades, esposos! —gritó el abuelo, alzando su taza de café como si fuera un brindis.
Kai y yo nos miramos con ternura.
—Gracias, abuelo… —dijimos.
El desayuno seguía entre risas.
—Mañana temprano volveré a Seúl —anunció, dejando la taza en la mesa con un sonido seco—. Hay papeles que necesitan mi firma. Es hora de que el apellido Kim regrese a donde pertenece. Noah, prepárate… dejarás de ser Song. De ahora en adelante, serás Kim Noah.
—Eso no es negociable, muchacho. —El abuelo me señaló con la cuchara—. No puede ser que el ángel de esta familia tenga un apellido ajeno. Eres uno de los nuestros, para bien o para mal.