Capítulo 68
Noah
El auto se detuvo frente a un edificio de fachada simple, pero el corazón me latía como si estuviera frente al mayor palacio del mundo. Le apreté la mano a Kai con fuerza.
—Es aquí, amor —dije, tragando saliva.
—¿Listo? —preguntó él, apretando mi mano de vuelta.
—Lo he estado toda mi vida.
Entramos al centro de adopción, donde una mujer nos recibió con una sonrisa cálida. A pesar de su gentileza, noté cómo sus ojos se abrían un poco más al reconocer a Kai. Hizo una leve reverencia.
—Señores Kim … Es un honor tenerlo aquí de vuelta y me alegra conocer a su esposo.
—Solo somos Noah y Kai hoy —respondí rápido, sin querer etiquetas.
Nos guiaron a una oficina donde comenzamos a llenar formularios, responder preguntas. Datos personales, familiares, historial médico, intenciones de adopción. Kai contestaba con su tono serio y cortante, pero cada vez que me miraba, suavizaba su voz.
—Queremos adoptar un niño que necesite un hogar. —Dijo Kai con convicción, mirándome de reojo como si leyera mis pensamientos.
Yo solo asentí, mordiéndome el labio de la emoción.
Finalmente, nos pusieron de pie.
—Síganme, por favor. Vamos al área de juegos. Allí esperan todos.
Mi corazón se aceleró tanto que tuve que sujetarme del brazo de Kai. Él no soltó mi mano ni por un segundo.
Cuando cruzamos la puerta, el sonido de risas infantiles me envolvió como una ola. Docenas de pequeños corrían, jugaban, gritaban. Era un mar de vida.
—Puedes acercarte, Noah —me susurró Kai.
—Si.
Solté su mano con delicadeza, caminando hacia los niños. Un par de pequeños me vieron acercarme y corrieron directo a mí. Me agaché, abriendo los brazos, y sin pensarlo, terminaron abrazándome con fuerza.
—¡Hola, pequeños! —reí, revolviéndoles el cabello—. ¿Cómo están hoy?
Pronto otros niños se acercaron. Me encontré jugando a las escondidas, armando torres de bloques, haciéndoles voces tontas para hacerlos reír. Sus carcajadas me llenaban el corazón.
Todos los niños tenían esa calidez y cierta esperanza de ser adoptados.
Pero… algo faltaba.
Sentía el cariño, la ternura, pero no esa chispa… esa conexión única que sabía que reconocería en el instante en que encontrara a nuestro hijo.
Volteé buscando a Kai, quien me observaba desde lejos, con los brazos cruzados, sonriendo orgulloso. Cuando nuestras miradas se cruzaron, asintió en silencio, como diciéndome: tómate tu tiempo, Noah.
Me arrodillé en el suelo mientras una pequeña niña me mostraba su dibujo.
Y de reojo noté a Kai hablando con la encargada, ella negaba con la cabeza con cierta tristeza. Pero no le tomé importancia supuse que era algún negocio de Kai.
—Es precioso, corazón —le dije, acariciando la cabeza de la pequeña. —Eres muy talentosa.
Sabía que tenía que darles cariño, porque todos lo merecían. Cada uno era especial. Pero no estaba sintiendo la flecha. Esa flecha que Kai me prometió que sentiría en el pecho.
No iba a rendirme. Si nuestro hijo aún no estaba aquí, lo buscaría hasta hallarlo.
Me levanté, dándoles un último abrazo a todos. Giré para regresar con Kai, pero sonriendo, porque mi corazón, aunque vacío de esa conexión aún, estaba rebosando de amor para dar.
Cuando me reuní con él, Kai me recibió con los brazos abiertos.
—¿No sentiste la flecha aún? —preguntó con dulzura.
—No… pero no me rendiré, Kai. Nuestro hijo está en algún lugar. Lo sabré cuando lo vea.
Kai besó mi frente, tomándome de los hombros.
—Entonces, seguiremos buscando. Hasta el final, Noah. Te lo prometí.
Asentí, apoyando la cabeza en su pecho. Sentía su corazón latiendo fuerte, al mismo ritmo que el mío.
Salimos del centro de adopción y, aunque Kai sostenía mi mano con fuerza, yo apenas podía contener las lágrimas. Tantos niños. Tantas miradas esperando amor. Me sentía destrozado.
—Kai... —dije en un susurro, deteniéndome.
Él me miró, su ceño se frunció suavemente, entendiendo antes de que siquiera hablara.
—¿Quieres que les ayudemos, ¿verdad?
Asentí, apretando su mano.
—Podemos hacer algo por ellos, amor. Un fondo, recursos, lo que sea. No es justo que tengan tan poco… ellos merecen tener esperanza.
Kai sonrió, esa sonrisa cálida y protectora que me enamora cada vez más. Se acercó y me besó la frente.
—Ya está hecho, Noah. Me encargaré de que, a partir de ahora, no les falte nada. Lo prometo.
Esa promesa llenó mi corazón de orgullo.
Nos despedimos de la mujer con respeto, agradecidos por el tiempo y la dedicación.