ʟᴀ ᴍɪꜱɪóɴ ᴅᴇ ᴄᴜᴘɪᴅᴏ ᴅᴇ ʟᴀ ᴍᴀꜰɪᴀ || ʙʟ || ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ

Capítulo 72

Capítulo 72

Kai

Tenía una sonrisa diminuta. Noah acarició su cabello mientras salíamos al auto.

El trayecto fue tranquilo.

—¿Has pensado qué color te gustaría para las paredes de tu cuarto? —pregunté mientras estacionábamos.

Yuki dudó un poco y luego susurró:

—Azul cielo… con nubecitas.

—¡Esa es una gran elección! —exclamó Noah—. Yo siempre quise una habitación así cuando era pequeño.

Yuki lo miró como si no pudiera creer que un adulto alguna vez también fue un niño.

Lo vimos recorrer el lugar con curiosidad, deteniéndose en una lámpara con forma de avión, en un cojín con forma de estrella. A veces nos miraba buscando aprobación. A veces, simplemente tocaba cosas con esa ternura silenciosa que lo hacía único.

—¿Y si le compramos una estantería para libros? —le pregunté a Noah mientras él observaba los colores de las cortinas.

—Sí, y una alfombra grande. Lo vi sentado en el suelo con los gatos. Creo que le gustará tener un espacio así.

Yuki regresó con una tela entre sus manos.

—¿Puedo poner esto en la cama? Es suave…

Era una manta azul con dibujos de constelaciones.

—Claro que sí —le dije mientras me agachaba a su altura—. Todo lo que te haga sentir feliz y seguro, lo pondremos.

Yuki abrazó con entusiasmo la manta contra su pecho.

Pasamos más de dos horas escogiendo cosas. Nos reímos, jugamos un poco. Cuando salimos con todas las bolsas, Yuki iba en medio de nosotros, caminando con más seguridad que nunca.

—¿Qué quieres hacer cuando lleguemos? —le preguntó Noah mientras lo subíamos al auto.

—Ayudar a armar todo… —dijo bajito, como si le diera miedo que fuera una ilusión.

Le revolví el cabello. Y por primera vez, Yuki sonrió abiertamente. No tímido. No pequeño. Una sonrisa entera, brillante y cálida. La misma que sabíamos que se quedaría con nosotros para siempre.

El baúl del auto estaba lleno de bolsas y cajas. Almohadas, mantas, peluches, pinturas, una lámpara de avión que a Yuki le gustó mucho.

Él iba tranquilo en su asiento, puesto el cinturón y la manta de constelaciones enrollada en los brazos, tan tranquilo que por un momento pensé que se nos quedaría dormido ahí mismo.

Pero su estómago hizo un sonido bajito y gracioso, y tanto Noah como yo volteamos a verlo al mismo tiempo.

—Yuki —dijo Noah suavemente, sonriendo—, ¿tienes hambre?

Dudó, como si no estuviera seguro de si podía decir que sí. Luego asintió tímidamente, sin soltar su manta.

—¿Qué te gustaría comer? —pregunté, girando un poco desde el asiento del conductor—. Puedes elegir lo que quieras.

Sus ojos brillaron con una emoción contenida. Miró a Noah. Luego a mí.

—¿Podemos comer pizza…?

La forma en que lo dijo, como si pedir eso fuera un atrevimiento.

—Claro que sí —respondí de inmediato.

—Podemos ir a esa pizzería especial.

Yo ya sonreía, sabiendo exactamente a qué se refería Noah.

—Te vamos a llevar al mejor lugar de pizza de toda la ciudad, Yuki —le dijo, girándose para hacer contacto visual con él—. Un lugar al que van muchos niños como tú. Está lleno de colores, risas… y tienen la pizza más rica y sé que te gustará.

—¿De verdad? —preguntó con asombro, abrazando su manta con más fuerza.

Asentí riendo mientras arrancaba el auto.

El restaurante estaba decorado con luces cálidas, figuras de dibujos animados en las paredes y un aroma a masa horneada y queso que lo envolvía todo. A nuestro alrededor había familias con niños, algunos corriendo con globos, otros riendo con las bocas llenas de salsa.

Yuki entró de la mano de Noah, mirando todo con los ojos muy abiertos. Lo vimos girar lentamente, observando cada detalle.

—¿Qué te parece? —le pregunté.

—Nunca estuve en un lugar así… —susurró.

Le revolví el cabello con cariño.

—Pues hoy va a ser tu primera vez. Y no será la última, pequeño.

Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, con vista a un parque. Yuki no dejaba de mirar a los otros niños, como si tratara de entender cómo encajar en ese mundo lleno de risas.

El mesero se acercó, y antes de que dijéramos nada, Yuki susurró.

—¿Podemos pedir una pizza grande… con queso… y salchicha?

—Por supuesto —le dije con una sonrisa.

—Y un jugo de manzana, por favor… —añadió muy bajito.

Cuando el mesero se fue, Noah tomó su mano con ternura sobre la mesa.

—Nos encanta que digas lo que te gusta. Siempre puedes hacerlo, ¿sí?

Yuki asintió, y por primera vez desde que llegamos, esbozó una pequeña sonrisa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.