Capítulo 75
Noah
Kai lo miró. Luego me lo mostró, sin decir nada. Y el mensaje era del abuelo y decía.
—Ya es tarde. Fuimos a su casa. Yuki quiere enseñarme su cuarto. Es un niño encantador.
Me llevé una mano al pecho.
—Vamos. Nuestro pequeño nos espera. —Dijo Kai con tono paterno.
—Tal vez deberíamos comprarle un maletín chiquito y una agenda. Como la tuya.
—Dios… no me des ideas. ¿Te imaginas a Yuki dando órdenes al consejo?
—Sí. Y todos obedeciendo.
—Me daría miedo… si no fuera tan adorable.
Tomé su mano. Me incorporé. Apoyé mi frente en su pecho, y sus brazos me rodearon al instante.
Salimos de la oficina despacio. Cerramos la puerta tras nosotros como quien clausura una etapa, y bajamos por el pasillo vacío, iluminado solo por las luces suaves del atardecer colándose por los ventanales.
—¿Sabes qué quiero hacer apenas lleguemos? —pregunté.
—¿Acostarte en el sofá con Yuki y los peluditos sobre ti? —Dijo con la ceja alzada, en tono de burla.
—Meterme en la tina contigo.
—Entonces vamos a casa, amor.
La casa estaba en penumbra cuando llegamos, pero el calor era inmediato, como si los muros hubieran estado esperando nuestro regreso. La luz tenue del porche nos recibió y Yuki, descalzo y en pijama, corrió hacia nosotros antes de que siquiera cerráramos la puerta.
—¡Papá Noah! ¡Papá Kai! —gritó con una sonrisa inmensa, abrazándonos a la vez con sus brazos pequeños—. ¡Ya están aquí!
Me agaché para recibirlo completo en mis brazos, besando su mejilla con fuerza. Su olor, su risa, su peso contra mi pecho… me hicieron olvidar todo lo oscuro del día.
—Hola, mi niño hermoso —susurré.
Kai le revolvió el cabello, sonriendo, una sonrisa nueva… de papá.
—¿Te portaste bien con el abuelo?
—¡Sí! Jugamos con los peluditos y luego me contó historias de cuando papá Kai era chiquito y travieso.
Kai levantó una ceja.
Nos miramos con una risa suave compartida. El abuelo apareció en la puerta, apoyado con tranquilidad en el marco, como si llevara allí un rato. Con una taza de té en la mano.
—Veo que llegaron bien —dijo con voz tranquila—. Ya cenó y los peluditos también. Compré una cama como regalo, está en el maletero de mi auto. Tiene piezas extrañas… parece una nave más que una cama.
—Gracias por cuidarlo. ¿Quieres que te ayudemos a llevar algo antes de irte? —contesté riendo.
—No, solo cruzaré la calle. Estoy al frente, recuerden —dijo señalando con la cabeza hacia la ventana del pasillo—. Y mañana vendré temprano a ayudarlos a montar el sistema de luces si no lo han hecho.
—¿Luces? —preguntó Kai, con expresión divertida.
—Tiene una galaxia completa en cajas, es otro de mis regalos de bienvenida para Yuki —dijo el abuelo, dándonos una mirada cómplice antes de tomar su chaqueta—. Buenas noches, familia.
—Buenas noches, abuelo —respondimos al unísono.
Yuki lo despidió con la manito agitando enérgicamente desde la puerta.
Kai abrió el maletero y entre los tres, llevamos todas las piezas a la habitación. Era una estructura más grande de lo que parecía, con barras metálicas que simulan alas y luces LED. El instructivo parecía una receta en chino… pero nada podía con el entusiasmo de Yuki.
Mientras Kai y yo montábamos la base, él nos pasaba tornillos, revisaba el manual con cara concentrada y daba indicaciones como si realmente supiera lo que hacía.
—Papá Kai, ese tornillo va en la pieza B-24, no en la B-21… —decía serio.
—¿Estás seguro? —Kai lo miraba divertido.
—Confío en ti —respondió Yuki, decía con el pulgar arriba.
Después de casi una hora, la cama tomó forma, una cápsula elevada con una escalerita, ventanillas con acrílico y luces intermitentes por dentro. Yuki se metió enseguida.
—¡Esto es increíble! —gritó desde dentro, riendo.
Kai y yo lo cubrimos con una manta, mientras Yuki nos contaba lo que había hecho en la tarde. Nada de lo que dijo era sobre nosotros, sobre lo que pasamos o lo que notó en el ambiente. Solo cosas buenas. Peluditos. Dibujos. Juegos con el abuelo. Tarta de fresa.
Y mientras hablaba, con los ojos ya medio cerrados, acariciando la cabeza de Timi que se había subido a su almohada, susurró.
—Papá Kai… Papá Noah…
—¿Sí? —dijimos.
—Gracias por regresar. Tenía miedo que no lo harían… pero lo hicieron. —Y se quedó dormido.