— ¿A dónde me llevan? —Le preguntó Akira a los gemelos. Le habían vendado los ojos y la habían convencido de que iban a ir a un lugar maravilloso, aunque no le dijeron dónde.
— Es una sorpresa, pequeña Akira. —Respondió Fred mientras miraba a su hermano.
— Te enseñaremos nuestro pasatiempo favorito. —Añadió George.
Los tres avanzaron por pasadizos que los gemelos conocían como la palma de la mano. Akira, con la venda sobre los ojos, se dejó guiar sin miedo; su curiosidad la empujaba más que cualquier precaución. Sentía preguntas acumulándose en la garganta, pero prefirió guardarlas para cuando pudiera ver. El eco de sus pasos se mezclaba con las risas de Fred y George, que hablaban en voz baja sobre alguna broma pendiente. Pasaron junto a la cancha de Quidditch, donde el viento movía las redes, y siguieron por un sendero que desembocó en un claro. Allí le quitaron la venda y el mundo volvió a ella en un golpe de luz: el cielo estaba limpio, los árboles se mecían con calma y el campo olía a hierba recién cortada.
— ¿Qué hacemos aquí? —preguntó, aún desconcertada.
— Vinimos a conversar y también trajimos un poco de comida que tomamos prestada de la cocina. —dijo Fred, con esa mezcla de picardía y ternura que siempre lo acompañaba.
— ¿Su pasatiempo favorito es pedir prestada comida y sentarse a hablar? —preguntó Akira, y la pregunta sonó más a curiosidad genuina que a reproche.
— Exactamente. Somos amantes de las noticias que rondan por Hogwarts. Además, pequeña Akira, queremos saber cómo está siendo tu primera semana; no hemos tenido tiempo de conversar. —respondió George.
Akira se acomodó sobre una manta que los gemelos extendieron y dejó que las preguntas fluyeran. Habló de lo que había visto en el tren, de la selección y de la sensación extraña de pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo. Hizo preguntas sobre profesores, sobre qué clases eran divertidas y cuáles eran un suplicio; su tono era inquisitivo, rápido, como si quisiera atrapar cada detalle antes de que se le escapara. Los gemelos respondieron con anécdotas, advertencias y risas. Le contaron con quién debía tener cuidado y con quién podía bromear sin peligro.
— ¿Ya te has cruzado con Snape? —preguntó Fred, con una sonrisa cómplice.
— Sí, habla tan lento que podría usarse como un sonido para dormir. —contestó Akira, imitando la voz del profesor y provocando una carcajada general.
— A nosotros siempre nos castiga, nos hace ordenar la biblioteca. —dijo George.
— También ordenar sus pociones e ingredientes. —añadió Fred.
— De todo. —completaron al unísono.
— Y me imagino que ustedes siempre se terminan escapando de sus castigos. —Akira rió con ellos; su risa era fácil, su curiosidad la hacía cercana.
Estar con los gemelos la hacía sentir como en casa. La manera en que la trataban, la ligereza de sus juegos y la complicidad en las bromas le daban un respiro que no había sentido antes. Pensó en Draco, en la diferencia entre la frialdad del rubio y la calidez de los Weasley; ambos le resultaban interesantes por razones distintas. Con Draco había una tensión que la atraía: respuestas rápidas, ironía, una necesidad de control que ella, por naturaleza, no buscaba imitar. Con los gemelos, en cambio, todo era movimiento y confianza.
Cuando la comida se acabó, volvieron al Gran Comedor para seguir compartiendo. Allí se sumaron Ron y Harry; la mesa se llenó de voces y pequeñas disputas sobre quién movía mejor las piezas del ajedrez mágico.
— ¿Cuál es tu mascota, Akira? —preguntó Ron—, la mía es una rata llamada Scabbers.
— ¿Tienes una rata como mascota? —Akira lo miró con sorpresa.
— Así es, es mejor de lo que suena. —respondió Ron, defendiendo a su compañero peludo con orgullo.
— Bueno, yo tengo un búho pardo llamado Gellert y lo elegí porque me mordió cuando lo toqué. —dijo Akira, encogiéndose de hombros como si aquello fuera la razón más válida del mundo.
— ¿Esa es una buena razón para elegir una mascota? —preguntó Harry, divertido, y Akira asintió con la naturalidad de quien actúa por impulso.
La conversación se interrumpió cuando alguien gritó su nombre desde la entrada. Al girar, Akira vio a Draco acercarse con Crabbe y Goyle a su lado, y Pansy Parkinson casi corriendo detrás. La expresión de Draco era de reproche contenido; su postura, rígida.
— ¿Qué pasa, Draco? —preguntó Akira con calma.
— ¡Te estuve buscando durante todo el día! —le reprochó—. Y mira con quién te encuentro, con los Weasley y, obviamente, con la nueva celebridad de la escuela.
— ¿Y cuál es el problema con eso? Estoy pasando un rato con mis amigos, siempre paso tiempo contigo. —Akira habló con firmeza, sin dejarse arrastrar por la provocación. Luego miró a Ron—. Te cedo mis piezas de ajedrez, juega con George. Después los veo. —Se levantó y saludó a todos antes de irse con Draco.
Mientras caminaban hacia las mazmorras, Draco la tomó del brazo con un gesto que pretendía ser protector y terminó sonando posesivo. Akira se detuvo y lo miró.
— No me gusta que hagas eso. —dijo con voz clara.
— ¿Qué cosa? —respondió Draco, con esa rapidez verbal que lo caracterizaba.
— Reclamarme como si fuera una cosa. —Akira no ocultó su molestia.
— No me gusta que te juntes con ellos, son unos sangre... —empezó Draco, y la palabra quedó en el aire.
— ¡Draco! —exclamó Akira, cortándolo.
Draco se encogió de hombros, intentando disimular la incomodidad.
— No dije nada, no dije nada. Es que ya estuviste mucho tiempo con ellos. —su tono osciló entre la ironía y la inseguridad; en su interior, la necesidad de aprobación de su familia pesaba más de lo que admitía.
Editado: 23.07.2026