Akira ya se encontraba escondida en la sala donde sería el duelo de magos entre Draco y Harry; no quería que ninguno se enterara de que estaba allí. Se había colocado detrás de unas repisas, con la respiración contenida, y observaba con atención cada sombra y cada puerta. Su curiosidad la había traído hasta ese punto: quería ver cómo se desenvolvían, entender por qué se buscaban tanto las peleas.
Los únicos que habían llegado eran Ron, Harry, Hermione y Neville. Hablaban entre sí mientras esperaban a los otros; la tensión se notaba en sus gestos. Harry empuñó la varita por si Malfoy aparecía de golpe, pero los minutos pasaban y no había señales de él. Akira, desde su escondite, repasaba mentalmente las posibles rutas de entrada; su mente iba más rápido que sus latidos, encadenando preguntas que no se atrevía a formular en voz alta.
— Está retrasado, tal vez se acobardó. —susurró Ron, con la impaciencia de quien espera acción.
— Tal vez Akira lo convenció de que esto era una idiotez. —reprochó Hermione, con ese tono crítico que la caracterizaba.
— No lo creo, ella debe ser como Malfoy. —se escuchó a Neville, y Akira se sorprendió; la frase la hizo tensarse—. Por algo son amigos, ¿no?
— Pero ella parece buena onda... —dijo Ron, intentando defenderla—. Nos defiende de él cuando hace comentarios fuera de lugar y nos trata como amigos.
— Yo no confío en ella, algo malo debe de tener para ser amiga de ese rubio hueco. —Harry habló con brusquedad, y Akira se sintió ofendida; no era la mejor persona para juzgarla.
Entonces un ruido en la habitación de al lado los sobresaltó. Al oír unas voces se dieron cuenta de que no era Malfoy, ni Crabbe ni Goyle. Se quedaron en completo silencio, intentando adivinar quién se acercaba, y se paralizaron al darse cuenta.
— Olfatea por allí, mi tesoro, pueden estar escondidos en un rincón. —era Filch, hablando con la señora Norris.
Los chicos se asustaron tanto que intentaron esconderse detrás de algunas armaduras, pero la idea fue inútil cuando una de estas cayó al piso haciendo un estruendo. El ruido rompió el silencio como una piedra en un estanque; todos salieron corriendo y Filch comenzó a perseguirlos. Akira aprovechó ese momento: cuando estuvieron lo más alejados posible, salió de su escondite con pasos silenciosos y se dirigió hacia las mazmorras. Entró a la sala común sin hacer ruido, con la adrenalina todavía en la garganta.
Se encontró con Draco sentado en uno de los sillones, acompañado por Crabbe, Goyle y Zabini. Al percatarse de su presencia, él frunció el ceño y la miró confundido. Palmeó un par de veces el sillón para indicarle que se sentara junto a él; Akira se dejó caer pesadamente sin darle demasiada importancia.
— ¿Dónde estabas a esta hora? —preguntó Draco, con esa mezcla de reproche y curiosidad que siempre lo acompañaba.
— Esperando si aparecías para el duelo de magos con Harry, pero lo único que escuché fue que hablaban mal de mí. —respondió ella, molesta; la defensa de Ron la había sorprendido y dolido a la vez.
— ¿Por qué fuiste? —inquirió Draco, con la rapidez de quien busca una explicación lógica.
— Porque parecía que decías en serio lo del duelo de magos; no entiendo cómo es que siempre buscan pelear ustedes dos. —Akira habló con firmeza, su voz no dejaba lugar a dudas.
— Lo dije en serio, pero me di cuenta de que estaba Filch por ahí. ¿Cómo es que estaban hablando mal de ti? ¿Por qué? —Draco la miró, genuinamente extrañado.
— Porque soy tu amiga piensan que soy igual a ti. El único que confía en mí es Ron, así que no quiero volver a escucharte hablar mal de él o de los Weasley. —Akira lo dejó en claro—. Igual tendrías que haber visto la cara de todos; intentaron esconderse detrás de una armadura, pero la tiraron y salieron corriendo.
— ¿Dónde estabas tú? —preguntó Draco, con una mezcla de reproche y diversión.
— Detrás de unas repisas; era muy fácil esconderse allí, pero se ve que el miedo de ser encontrados fue mayor que las ideas. —respondió ella, y Draco rió junto a sus amigos. La risa alivió la tensión, aunque no borró del todo la incomodidad que ambos sentían.
Más tarde, cuando salían de la sala común, comenzaron a notar algo extraño en el aire.
— Hay olor a muerto. —dijo Malfoy, convencido, con esa exageración que a veces usaba para provocar.
— No creo que sea olor a muerto; es un olor a baño sucio y tierra. —replicó Akira, con la franqueza que la caracterizaba.
— ¿Te diste una ducha hoy? —preguntó él, en tono de broma, y ella le dio un golpe en el brazo.
— ¡Era broma! —se excusó Draco, entre risas.
— Tú eres el que no se baña aquí. —contestó ella, y ambos rieron casi a carcajadas. La ligereza duró poco: un ruido a lo lejos los dejó en silencio de inmediato. Se quedaron quietos, atentos, hasta que el sonido volvió, más cercano y más pesado; era un gruñido acompañado de pisadas que hacían temblar el suelo. Draco la miró espantado y, sin pensarlo, tomó su mano apretándola. Akira sintió el pulso acelerado; sus ojos buscaron el origen del ruido. Al final del pasillo distinguieron una figura enorme que avanzaba hacia ellos.
Era un espécimen horrible: más de tres metros de alto, piel gris piedra, un cuerpo descomunal y una cabeza pequeña y pelada en lo alto. Arrastraba un bastón de madera por el suelo; sus brazos eran desproporcionadamente largos. Detrás del monstruo vieron a un profesor pasar corriendo; por un instante la imagen fue confusa. ¿Quirrell? La figura se acercaba a paso rápido.
— ¡CORRÉ! —gritó Akira, y ambos echaron a correr como nunca antes. Llegaron jadeando hasta la puerta de la oficina de Dumbledore y se metieron allí para esconderse; el monstruo pasó por detrás sin notarlos.
Editado: 13.08.2026