Se acercaba la Navidad en Hogwarts. Una mañana de mediados de diciembre, el castillo despertó cubierto por casi un metro de nieve. El lago estaba sólidamente congelado y los gemelos Weasley fueron castigados por hechizar varias bolas de nieve para que siguieran a Quirrell y le dieran en la parte de atrás de su turbante.
Todos esperaban ansiosos las vacaciones. Mientras la sala común de Slytherin y el Gran Comedor tenían las chimeneas encendidas, los pasillos se habían vuelto helados: corrientes de aire recorrían las galerías y un viento cruel golpeaba las ventanas de las aulas. Lo peor eran las clases de Snape, abajo en las mazmorras; sin calefacción, el frío allí era casi insoportable.
— Me da mucha lástima —dijo Draco, en una de las clases de Pociones—. Toda esa gente que deberá quedarse en Hogwarts para Navidad, porque no la quieren en sus hogares.
Cuando dijo eso, Akira se sintió ofendida. Draco sabía que ella tendría que pasar la Navidad allí; también sabía que no tenía una familia como tal. La frase le sonó fría y desconsiderada, y no solo por ella: pensó en todos los alumnos que, por distintos motivos, no volverían a casa.
La clase continuó en silencio. Akira se quedó lo bastante molesta como para no dirigirle la palabra; no era solo orgullo, era una mezcla de sorpresa y dolor. Al terminar, salió sin esperar a Draco, cuando lo habitual era que se quejaran juntos del profesor o de la lección.
Se encontró en la oficina de Dumbledore, con una taza de té caliente entre las manos, intentando ordenar los pensamientos. No sabía si el comportamiento de Malfoy cambiaría; le molestaba que dijera cosas sin medir el daño que podían causar.
— Akira... —dijo Dumbledore con suavidad.
— Ujum. —murmuró ella, tomando un sorbo.
— He mandado a llamar a los gemelos para que vengan contigo, así te diviertes un ratito. —Dumbledore sonrió, y en ese instante dos cabecitas pelirrojas asomaron por la puerta. Akira soltó una risa y se levantó.
Fred y George la llevaron hasta su sala común, con el permiso del director, y se empeñaron en animarla. Poco a poco las risas volvieron; el asunto de Draco quedó en segundo plano, aunque Akira aún necesitaba desahogarse.
— Nunca fui una chica afortunada, siempre me pasaba algo malo en la vida. —dijo finalmente, y los gemelos la escucharon en silencio—. Mi padre, si es que se le puede llamar así, me abandonó; no era una buena persona. Mi madre nunca se hizo cargo. La única familia que tengo es Albus; él me crió desde que soy bebé. Si no fuera por él, no estaría aquí.
— Nosotros también somos tu familia —dijo Fred, acercándose para abrazarla—. Sabes que puedes contar con nosotros para todo, Akira.
George pasó una manta por encima de los tres y se quedaron así, abrazados, hasta que la noche los alcanzó. La calidez de ese gesto le recordó a Akira que la pertenencia podía construirse con actos pequeños y constantes.
Los gemelos la acompañaron hasta la sala común en las mazmorras y se despidieron. Al entrar, la encontró Draco sentado en un sillón, con una expresión que mezclaba confusión y algo parecido a la preocupación. Él le hizo un gesto para que se sentara a su lado; ella lo ignoró y siguió de largo hacia su habitación.
— ¡Akira! —la llamó Draco al levantarse.
— ¿Qué? —respondió ella, sin detenerse.
— Sabes que puedes hablar conmigo. ¿Hice algo para que no me dirijas la palabra en todo el día? —preguntó él, con esa mezcla de desafío y necesidad de saber la verdad que a veces lo delataba.
Akira se detuvo en las escaleras y se volvió.
— ¿No te acuerdas lo que dijiste? —le preguntó.
— No...
— Dijiste que las personas que se quedan en Hogwarts para Navidad es porque no la quieren en sus hogares. —le repitió—. Mira, Draco. Ya me contaste cómo te criaron, pero no puedes pretender que todos sean igual de afortunados. No todos tienen una familia o un hogar.
— No lo quise decir en ese sentido.
— Pero lo dijiste en ese sentido.
— Tú lo entendiste así...
— ¿Es tan difícil pedir una disculpa? —Akira habló con enojo contenido; su voz era firme.
— Me conoces, sabes que no soy de pedir disculpas ni de aceptar mis errores. —Draco la miró, sincero en su terquedad.
— Draco.
— No lo haré, pero como compensación por lo que dije, te voy a invitar a mi casa en Navidad; me gustaría que estés allí. —respondió él, intentando arreglarlo a su manera.
— Eso no cuenta como disculpa.
— No me disculparé.
— Sí que eres difícil, Draco Malfoy.
— ¿Eso es un sí?
— Es un "lo voy a pensar". —Akira se dio la vuelta y siguió su camino, dejando a Draco con la palabra en la boca.
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Un rato después, Ron se lanzó contra Malfoy cuando Snape subía las escaleras; Akira observó el espectáculo con cierta diversión contenida, esperando que al menos le dieran una lección al rubio.
— ¡WEASLEY! —bramó Snape.
Ron soltó la túnica de Draco de golpe.
— Lo provocaron, profesor Snape —dijo Hagrid, asomando la cabeza por encima de un árbol que transportaba—. Malfoy comenzó la pelea.
— Lo que sea, pero pelear está en contra de las reglas de Hogwarts, Hagrid. —respondió Snape, disgustado—. Cinco puntos menos para Gryffindor, Weasley.
Malfoy, Crabbe y Goyle sonrieron satisfechos; se habían salido con la suya. Akira frunció el ceño al ver a Snape restar puntos; aunque no quería que le quitaran puntos a su casa, la medida le pareció injusta.
— Ya los voy a agarrar —murmuró Ron, apretando los dientes a espaldas de Malfoy; Akira lo oyó y sacudió la cabeza, divertida por su determinación.
De regreso en la sala común, Akira se acercó al oído de Draco.
— Ron sigue queriendo pelea. —le susurró.
— Lo sé, y cuando pueda la va a tener. —respondió él con calma contenida.
— Acepta que te salvó la campana llamada Snape; tienes menos pelea que... que no sé.
Editado: 13.08.2026