Akira mantenía la vista fija en la ventana del tren, observando cómo las gotas de lluvia resbalaban lentamente por el cristal empañado. El paisaje que se alejaba detrás de ella estaba cubierto por una capa gris, y el sonido constante de la tormenta hacía que el viaje se sintiera más silencioso de lo habitual. El día tenía algo extraño; hacía más frío de lo normal, pero no era solamente la temperatura. Era esa sensación incómoda de que algo había cambiado y ya no podía volver atrás.
Desde que había descubierto la verdad sobre su padre, su mente se había convertido en su peor enemigo. Una y otra vez volvía al mismo pensamiento, repitiéndole quién era, de dónde venía y lo que todos esperaban de ella. Tom Riddle. Ese nombre parecía perseguirla incluso cuando intentaba olvidarlo. Desde primer año había cargado con el miedo de que algún día todos descubrieran la verdad y la miraran de la misma forma en la que miraban a él.
Cada vez le resultaba más difícil ignorar las miradas y los murmullos a su alrededor. Algunas personas habían comenzado a alejarse lentamente, otras simplemente la observaban con una mezcla de curiosidad y temor, como si esperaran que en cualquier momento demostrara que realmente era igual que su padre. Lo peor era sentir que incluso las personas que más quería comenzaban a verla diferente. George y Fred seguían intentando comportarse como siempre, pero Akira podía notar los pequeños cambios, las dudas que nadie decía en voz alta.
Ella no era mala.
Sabía que no lo era.
Pero su propia mente se encargaba de convencerla de lo contrario. Le decía que era mejor alejarse antes de lastimar a alguien, antes de convertirse en aquello que todos esperaban que fuera. No era solo el peso del apellido Riddle; era la batalla constante contra sus propios pensamientos.
Un toque en su hombro la sacó de ese lugar oscuro en el que había quedado atrapada.
Akira giró la cabeza y encontró a Draco observándola con una expresión seria, mucho menos arrogante de lo habitual.
— Dime.
— ¿Estás bien? —preguntó él.
Ella volvió la vista hacia la ventana, intentando restarle importancia.
— Mi mente ha estado jugando en mi contra, no te preocupes.
Draco permaneció mirándola unos segundos. No parecía convencido, pero sabía que insistir no serviría de nada. Akira era de esas personas que preferían cargar con todo antes que admitir que algo les dolía.
— ¿Quieres dar un paseo? Así te distraes un poco.
Akira dudó por un momento antes de suspirar.
— Bueno, ¿podemos comprar algún chocolate? Tengo hambre.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Draco al verla aceptar.
— Está bien, compraremos unas ranas de chocolate.
Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero Draco la notó. Después de todo, hacía tiempo que no lograba verla sonreír de verdad.
— ¡Esperen!
Ambos se giraron al escuchar la voz detrás de ellos. Crabbe estaba parado en la entrada del compartimento, mirándolos con la misma expresión de siempre.
— ¿Qué pasa? —preguntó Draco.
— También quiero buscar algo para comer.
Akira negó con la cabeza, divertida.
— Claro que sí.
Los tres salieron del compartimento y comenzaron a recorrer el tren en busca del carrito de dulces. Pasaron por los vagones de Ravenclaw y Hufflepuff, observando a los estudiantes que regresaban a casa después de otro año en Hogwarts. Algunos los miraban con curiosidad, otros simplemente seguían con sus conversaciones, pero Akira podía sentir que algunas miradas se detenían más tiempo del necesario sobre ella.
No sabía si era por su apellido o si simplemente estaba imaginándolo.
Cuando estaban a punto de abandonar el vagón de Hufflepuff para dirigirse al de Gryffindor, volvió a sentir esa sensación.
Alguien la observaba.
Intentó mirar de reojo para descubrir quién era, aunque terminó girando la cabeza más de lo necesario.
— ¿Ese no es Cedric Diggory?
Draco siguió la dirección de su mirada.
— ¿Qué?
— Cedric. Otra celebridad de Hogwarts, buen jugador de Quidditch, buen estudiante y con medio castillo suspirando por él.
Draco levantó una ceja, claramente confundido.
— ¿Tú estás a sus pies?
Akira lo miró con sorpresa.
— ¿Qué?
— Te pregunté si estás a sus pies.
Ella negó rápidamente.
— No, yo no.
Draco pareció satisfecho con la respuesta.
— Mejor. Puede tener a todas las que quiera, pero no a la mejor.
Akira se quedó mirándolo, sorprendida por un comentario que no esperaba escuchar de él.
— ¿Acabas de decir algo agradable?
— No exageres.
Ella soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.
Continuaron caminando detrás de Crabbe, aunque Akira volvió a mirar hacia atrás. Cedric seguía observándola y, cuando sus miradas se encontraron nuevamente, él le dedicó una sonrisa tranquila.
Draco se dio cuenta inmediatamente.
Sin decir nada, pasó un brazo por los hombros de Akira, provocando que ella lo mirara entre divertida y confundida.
— Tranquilo, león.
Draco frunció el ceño.
— No me digas león.
— ¿Por qué?
— Porque el león es el enemigo.
Akira soltó una risa.
— Entonces, ¿qué eres?
— Un tigre, es mejor. —Ella negó con la cabeza.
— Claro, Draco.
Antes de que pudiera continuar molestándolo, Crabbe llamó su atención.
— Oigan, miren a quién encontré.
Los tres miraron hacia el compartimento señalado. Akira reconoció inmediatamente a Harry, Ron, Hermione, Ginny y Neville. Draco sonrió de una forma que ella conocía demasiado bien.
— Bueno, miren quiénes están aquí.
Abrió la puerta del compartimento sin esperar permiso.
— El famoso trío.
Akira suspiró.
— No empieces, Draco.
Pero él ya estaba hablando.
— Escuché que tu padre por fin tocó oro este verano, Weasley. ¿Tu madre no habrá muerto del susto?
Editado: 13.08.2026