Los primeros días fueron difíciles, aunque Akira ya comenzaba a acostumbrarse a esa sensación.
No era que las palabras dejaran de doler, sino que había aprendido a esconder mejor cuánto le afectaban. Los murmullos en los pasillos seguían presentes, las miradas seguían apareciendo cada vez que alguien recordaba quién era su padre y algunos estudiantes todavía no entendían cómo Dumbledore había permitido que ella siguiera en Hogwarts.
Para muchos, Akira no era una persona.
Era un apellido.
Una historia que no había elegido.
Había intentado hablar con Dumbledore varias veces, buscando alguna solución, pero aunque él siempre la escuchaba con paciencia y trataba de tranquilizarla, nada cambiaba realmente. Los rumores seguían ahí y ella seguía sintiendo que caminaba por el castillo cargando con algo que no le pertenecía.
Por suerte, no estaba completamente sola.
Blaise Zabini se había convertido en una de las pocas personas con las que podía hablar sin sentir que tenía que medir cada palabra. Era tranquilo, observador y, a diferencia de muchos otros, no parecía interesado en juzgarla por su apellido.
La clase con Hagrid llegó después de una mañana especialmente agotadora.
Gryffindor y Slytherin juntos otra vez.
Una combinación que casi siempre terminaba en problemas.
Akira caminaba un poco detrás del grupo junto a Blaise, mientras Draco iba unos pasos más adelante con Crabbe. Aunque él no lo admitiera, ella había notado que últimamente buscaba estar cerca de ella más seguido. Siempre encontraba una excusa: preguntarle algo, hacer un comentario o simplemente caminar a su lado.
No era algo nuevo que Draco quisiera llamar la atención.
Lo extraño era que con ella no parecía necesitar hacerlo.
— La gente es idiota. —Akira miró a Blaise.
— Eso ya lo sé.
— Entonces deja de escuchar lo que dicen.
Ella soltó una pequeña risa sin humor.
— Ojalá fuera tan fácil.
Blaise suspiró.
— Tienes carácter fuerte, deberías defenderte más.
Akira bajó la mirada.
— Créeme, lo intento.
— No parece. —Ella lo miró ofendida.
— Gracias por el apoyo.
Blaise sonrió ligeramente.
— Es mi manera de apoyarte.
Antes de que pudiera responder, la voz de Hagrid llamó la atención de todos.
Los libros que tenían delante no eran normales y rápidamente comenzaron los gritos cuando varios estudiantes descubrieron que intentaban morderlos.
Blaise observó el caos con una expresión de incredulidad.
— Eres inteligente, ¿no?
Akira levantó una ceja.
— ¿Por qué preguntas eso?
Él señaló el libro.
— Porque necesito saber cómo abrir esta cosa antes de perder un dedo. —Akira tomó el ejemplar con cuidado y acarició el lomo hasta que dejó de moverse.
— Así.
Blaise hizo lo mismo.
— Interesante.
Hagrid se acercó en ese momento.
— ¡Así se hace, Akira! ¡La única que supo cómo abrirlo!
Varias personas giraron a verla, algunas sorprendidas, otras claramente molestas.
Akira ignoró las miradas, aunque notó que Draco había volteado a verla con una pequeña sonrisa orgullosa antes de darse cuenta y cambiar rápidamente la expresión. Ella tuvo que contener una sonrisa.
Draco Malfoy nunca admitiría que estaba orgulloso de alguien, mucho menos de ella.
— ¡Qué gracia nos hace...!
Akira reconoció la voz inmediatamente.
Draco.
Ella y Blaise se acercaron al grupo justo cuando él comenzaba a discutir con Harry.
— ¡Cierra la boca, Malfoy!
— Dios mío, este lugar está en decadencia. Estas clases son ridículas. A mi padre le dará un ataque cuando se lo cuente.
Harry estaba a punto de responder cuando Akira intervino.
— Déjalo, Draco.
Él la miró.
No porque estuviera molesto.
Porque era raro que alguien le dijera qué hacer y que realmente escuchara.
— ¿Qué?
— Que ya fue suficiente.
Draco abrió la boca para protestar, pero terminó cerrándola. Blaise observó la escena con una pequeña sonrisa.
Era curioso, Draco jamás aceptaba que nadie lo frenara, excepto Akira.
— ¿Qué pasa, Malfoy? —dijo Harry—. ¿Ahora necesitas que ella te defienda?
Akira sintió cómo la molestia volvía a crecer. Esta vez no quería quedarse callada, se acercó y lo miró fijamente.
Por un momento, Akira pensó en decir algo más, pero las palabras no salieron. No quería convertirse en aquello que todos esperaban que fuera.
Entonces Hagrid llamó la atención de todos con la criatura que traía.
Un hipogrifo.
La expresión de Akira cambió inmediatamente.
Era una criatura hermosa. Extraña, sí, pero increíble. La elegancia con la que se movía hacía difícil pensar que algo tan impresionante pudiera causar miedo.
Durante la clase, Draco permaneció cerca de ella.
Demasiado cerca.
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— ¿Entonces?
— Fue solo un rasguño.
Draco hizo una mueca.
— Fue culpa del hipogrifo.
Akira lo miró.
— Fue culpa tuya por no respetar las indicaciones.
Él frunció el ceño.
— Siempre estás de su lado.
— No, estoy del lado de la lógica.
Draco quiso responder, pero terminó sonriendo ligeramente. Porque era justamente eso lo que le gustaba de ella, Akira no intentaba complacerlo, no le decía lo que quería escuchar, le decía la verdad.
Y, aunque jamás lo admitiría, eso era algo que empezaba a valorar. Más tarde, durante Defensa Contra las Artes Oscuras, Draco se sentó junto a ella con expresión molesta.
— Ufff.
Akira levantó la vista.
— ¿Necesitas algo?
— Me duele el brazo, creo que iré a la enfermería.
Ella lo miró durante unos segundos.
— No te duele.
— Sí me duele.
— Draco.
Él apartó la mirada.
— Está bien, quizá no tanto.
Akira negó con la cabeza divertida y se giró hacia él. Sin pensarlo demasiado, pasó una mano por su cabello rubio, acomodándolo suavemente.
Editado: 13.08.2026