El verano había comenzado tranquilo para Akira.
Después de despedirse de sus compañeros en el Expreso de Hogwarts, pensó que aquellos meses serían iguales que los anteriores: días largos, lecturas interminables y demasiado tiempo para pensar en cosas que prefería mantener alejadas.
Pero esa vez fue diferente.
No tardó demasiado en recibir la primera carta.
La reconoció antes incluso de abrirla.
El sello de la familia Malfoy estaba perfectamente marcado sobre la cera verde, como si incluso una simple carta tuviera que recordar de dónde provenía.
Akira la observó durante unos segundos con curiosidad antes de romper el sello.
Draco Malfoy no era precisamente alguien que escribiera cartas porque sí.
Akira:
Espero que no hayas olvidado cómo se usa una pluma durante estas vacaciones.
Blaise dice que probablemente estés leyendo algún libro aburrido mientras todos los demás disfrutamos del verano, así que supongo que no me sorprendería.
Por cierto, Crabbe y Goyle siguen igual de inútiles que siempre. Me pregunto cómo lograron pasar otro año.
En fin, espero que no estés teniendo unas vacaciones demasiado aburridas.
Draco.
Akira no pudo evitar sonreír ligeramente.
Era una carta completamente de Draco. Ni un saludo adecuado, ni una pregunta directa sobre cómo estaba, ni una sola muestra de preocupación evidente, pero aun así había escrito.
Tomó una pluma y respondió.
Draco:
Me sorprende que hayas encontrado tiempo para escribir entre tantas cosas importantes como presumir de tu apellido y criticar a Crabbe y Goyle.
Y para tu información, mis vacaciones no son aburridas. Estoy leyendo, visitando lugares nuevos y aprendiendo cosas que probablemente tú no considerarías demasiado interesantes para tu paciencia.
Espero que sobrevivas al verano sin discutir con alguien durante más de cinco minutos.
Akira.
No esperaba una respuesta tan rápido, pero al día siguiente, una lechuza apareció en su ventana.
Y después otra.
Y otra.
Al principio las cartas eran simples.
Draco le contaba pequeñas cosas del verano: algún comentario sobre sus padres, alguna queja sobre el calor, lo aburrido que era estar lejos de Hogwarts y cómo esperaba que el nuevo curso fuera menos patético que el anterior.
Akira le contaba sobre los lugares que visitaba con Dumbledore, los museos que había conocido y las cosas curiosas que encontraba en el mundo muggle.
Draco fingía no estar interesado.
Siempre lo hacía.
Akira:
No entiendo cómo puedes pasar horas mirando cuadros antiguos.
Literalmente son personas quietas pintadas sobre una pared.
Draco.
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A medida que avanzaban las semanas, las cartas comenzaron a llegar con más frecuencia.
Ya no eran solamente mensajes para matar el tiempo, Draco empezó a escribirle cuando algo ocurría, cuando estaba aburrido, cuando necesitaba distraerse, cuando simplemente quería hablar, aunque jamás lo admitiría.
Una tarde de verano, Akira recibió una carta diferente. No era más larga que las anteriores, pero la letra de Draco estaba más marcada, como si hubiera escrito con más fuerza de lo normal.
Akira:
¿Has visto las noticias?
Ella frunció el ceño al leer aquella frase. La carta no explicaba nada más, solo eso. Por primera vez en semanas, Draco parecía no saber cómo continuar. Akira respondió preguntándole qué había ocurrido, pero no recibió una respuesta inmediata.
Pasaron dos días, después tres, hasta que finalmente llegó otra carta.
Akira:
Olvídalo.
No era importante.
Draco.
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Akira se despertó aquella mañana con pocas ganas de enfrentarse a otro año escolar. El cuarto curso significaba volver a Hogwarts, volver a los pasillos llenos de murmullos y a esas miradas que nunca parecían desaparecer por completo. Aunque intentaba convencerse de que ya estaba acostumbrada, una parte de ella sabía que regresar al castillo siempre sería complicado.
Sin embargo, aquellas vacaciones habían sido diferentes, pero incluso los veranos más tranquilos terminaban llegando a su fin.
Y con septiembre llegó nuevamente aquello de lo que ambos habían intentado escapar durante unas semanas: Hogwarts, sus pasillos llenos de secretos, las miradas de los demás y todo aquello que venía acompañado de sus apellidos. Había pasado el verano lejos de todo aquello, dedicándose a cosas simples que durante el curso apenas tenía tiempo de disfrutar. Había leído libros que no tenían relación alguna con la magia, paseado por lugares nuevos y conocido museos del mundo muggle que le habían llamado la atención.
Dumbledore se había asegurado de que tuviera la oportunidad de descubrir cosas fuera del mundo mágico, de que entendiera que existía algo más allá de los secretos, las guerras y los prejuicios que la habían acompañado desde que llegó a Hogwarts.
Habían visitado antiguas galerías, recorrido calles llenas de historia y pasado tardes enteras hablando sobre cualquier cosa, desde libros hasta las pequeñas curiosidades que encontraba en aquellos lugares. Eran momentos tranquilos, completamente distintos a la vida dentro del castillo.
Y Akira los había disfrutado.
Por unas semanas había podido sentirse como una chica normal. No como alguien que todos observaban esperando descubrir si terminaría siguiendo sus pasos, pero esa tranquilidad terminaba con el regreso a Hogwarts.
Después de preparar su baúl con todas sus cosas, llegó a la estación de King's Cross y subió al Expreso de Hogwarts. El andén estaba lleno de estudiantes despidiéndose de sus familias, mascotas dentro de jaulas y maletas moviéndose por sí solas. Todo parecía igual que siempre, aunque Akira sabía que nada volvería a sentirse completamente normal.
Editado: 13.08.2026