El enorme carruaje descendió lentamente hasta detenerse frente a la escalinata de Hogwarts. Los alumnos guardaron silencio mientras contemplaban el escudo dorado que adornaba la puerta: dos varitas mágicas cruzadas, coronadas por tres estrellas.
Un muchacho vestido con una elegante túnica azul claro fue el primero en bajar. Con una impecable reverencia desplegó una escalerilla dorada y dio un paso atrás.
Entonces apareció un zapato negro de brillante tacón.
Los murmullos recorrieron al instante a los estudiantes.
La mujer que descendió del carruaje era gigantesca. Incluso desde donde se encontraba, Akira tuvo la impresión de que solo Hagrid podía compararse con ella en estatura. Su porte, sin embargo, era completamente distinto. Vestía un refinado traje de satén negro y llevaba el cabello recogido en un moño impecable. Un collar de ópalos brillaba alrededor de su cuello mientras descendía con una elegancia que contrastaba con su enorme tamaño.
Dumbledore comenzó a aplaudir y todo Hogwarts lo imitó.
— Mi querida Madame Maxime, bienvenida a Hogwarts.
— Dumbledog... espego que esté bien.
Tras un breve intercambio de saludos, la directora francesa señaló hacia el interior del carruaje.
— Mis alumnos.
Uno tras otro comenzaron a bajar los estudiantes de Beauxbatons.
Llevaban delicadas túnicas de seda azul celeste que apenas parecían protegerlos del frío escocés. Algunas chicas se cubrían con chales sobre los hombros mientras varios muchachos observaban el castillo con evidente curiosidad.
Pansy soltó un leve resoplido.
— Parecen sacadas de una revista.
— Tú también estás mirando —Comentó Blaise con una sonrisa burlona.
— Estoy criticando.
— Claro.
Theodore negó con la cabeza, divertido.
— Lo que tú digas.
Draco permanecía completamente en silencio.
Sus ojos seguían el paso de las alumnas francesas mientras subían lentamente la escalinata detrás de Madame Maxime.
Akira desvió la vista hacia él.
Seguía mirando.
Una muchacha rubia pasó riendo junto a otra de cabello oscuro, ambas bastante mayores que ellos. Draco continuó observándolas.
Akira sintió una extraña incomodidad en el pecho. No era una sensación conocida, ni siquiera sabía por qué le molestaba. Simplemente... le molestaba.
Volvió la vista hacia el castillo con un gesto casi imperceptible.
— ¿Qué pasa? —preguntó Draco al notar el cambio en su expresión.
Ella respondió sin mirarlo.
— Nada.
— ¿Segura?
— Sí.
La respuesta fue demasiado rápida. Draco frunció ligeramente el ceño, no entendía qué acababa de ocurrir. Hacía apenas unos segundos estaban hablando con normalidad.
Blaise observó la escena desde un lado, primero miró a Draco, después a Akira. Finalmente sonrió para sí, aunque decidió guardar silencio, no era momento de decir absolutamente nada.
La conversación entre Dumbledore y Madame Maxime continuó. La directora francesa pidió que alguien atendiera a sus enormes caballos, explicando que únicamente bebían whisky de malta puro. Dumbledore le aseguró que Hagrid podría encargarse sin ningún problema, y poco después la delegación de Beauxbatons entró finalmente al castillo.
El frío comenzó a hacerse más intenso.
Los alumnos permanecieron esperando la llegada de la segunda escuela.
Durante varios minutos solo se escuchó el resoplido de los enormes caballos y el silbido del viento.
— ¿Ha llegado ya «Kagkagov»? —preguntó Madame Maxime.
— Se presentará de un momento a otro —aseguró Dumbledore—. ¿Prefieren esperar aquí para saludarlo o pasar a calentarse un poco?
— Lo segundo, me «paguece» —respondió Madame Maxime—. «Pego» los caballos...
— Nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se encargará de ellos encantado —declaró Dumbledore—, en cuanto vuelva de solucionar una pequeña dificultad que le ha surgido con alguna de sus otras... obligaciones.
— Mis «cogceles guequieguen»... eh... una mano «podegosa» —dijo Madame Maxime, como si dudara que un simple profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas fuera capaz de hacer el trabajo—. Son muy «fuegtes»...
— Le aseguro que Hagrid podrá hacerlo —dijo Dumbledore, sonriendo.
— Muy bien —asintió Madame Maxime, haciendo una leve inclinación—. Y, «pog favog», dígale a ese «pgofesog Haggid» que estos caballos solamente beben whisky de malta «pugo».
— Descuide. —Dijo Dumbledore, inclinándose a su vez.
— Allons-y! —les dijo imperiosamente Madame Maxime a sus estudiantes, y los alumnos de Hogwarts se apartaron para dejarlos pasar y subir la escalinata de piedra.
Entonces un extraño ruido surgió desde el lago.
Todos giraron la cabeza al mismo tiempo.
La superficie del agua comenzó a agitarse violentamente. Grandes burbujas ascendieron desde las profundidades y un inmenso remolino apareció en el centro del lago.
— ¿Qué demonios...? —murmuró Theodore.
Poco a poco comenzó a emerger un enorme mástil negro.
Después aparecieron las velas.
Y finalmente un gigantesco barco surgió de las profundidades como si acabara de regresar del fondo del lago.
— Eso sí que es una entrada... —Comentó Blaise.
El barco avanzó lentamente hasta la orilla y, tras lanzar el ancla, una pasarela cayó con un fuerte golpe sobre el embarcadero.
Los estudiantes comenzaron a desembarcar.
Todos llevaban gruesas capas de piel que los hacían parecer aún más corpulentos.
El último en bajar fue un hombre alto y delgado de cabello plateado.
— ¡Dumbledore! —exclamó mientras subía la colina con una gran sonrisa—. ¿Cómo estás, viejo amigo?
Los dos directores se estrecharon la mano antes de que el recién llegado llamara a uno de sus alumnos.
— Viktor, adelante.
Un muchacho de nariz prominente y espesas cejas negras avanzó unos pasos. Apenas apareció bajo la luz del vestíbulo, varios alumnos comenzaron a murmurar.
Editado: 13.08.2026