La voz de la profesora McGonagall cortó el murmullo del salón como un látigo, imponiendo silencio entre los estudiantes de inmediato.
— Hoy practicaremos el vals —anunció mientras recorría el aula con la mirada—. Formarán parejas. Quiero ver postura, compás y, sobre todo, control.
Algunos estudiantes intercambiaron miradas confundidas. La idea de una clase de baile no parecía encajar con la imagen que muchos tenían de Hogwarts, pero nadie se atrevió a cuestionar la decisión de la profesora.
Con un movimiento de varita, las mesas comenzaron a desplazarse hacia los extremos del aula, dejando libre el centro del salón. Las antorchas de las paredes iluminaron el espacio con una luz cálida y tenue, proyectando sombras que se movían lentamente sobre el suelo de piedra mientras los alumnos buscaban a sus parejas.
— Empiecen con lo básico —continuó McGonagall—. Paso adelante, dos pasos laterales, cierre. Mantengan la espalda recta y la mirada al frente. No se apoyen en su pareja; el equilibrio debe venir de ustedes mismos.
Akira observó durante unos segundos cómo los demás comenzaban a organizarse. No era una actividad que hubiera esperado encontrar en Hogwarts, pero después de casi cuatro años allí había aprendido que el mundo mágico tenía una forma particular de mezclar lo inesperado con lo cotidiano.
Antes de que pudiera pensar demasiado en quién sería su pareja, Draco Malfoy se colocó frente a ella.
Como siempre, parecía completamente seguro de sí mismo.
Sin embargo, había algo diferente en su expresión. No estaba utilizando esa arrogancia que solía mostrar cuando quería impresionar a alguien. No había una sonrisa burlona ni un comentario sarcástico preparado.
Solo concentración.
Akira arqueó ligeramente una ceja al verlo extender la mano hacia ella.
— ¿Qué? —preguntó Draco al notar su mirada.
— Nada.
— Entonces deja de mirarme como si estuvieras intentando descubrir si sé bailar.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Akira.
— Estaba considerando esa posibilidad.
Draco hizo una mueca.
— Qué poca fe tienes en mí.
— No es poca fe. Es experiencia.
Él pareció querer responder, pero finalmente negó con la cabeza, divertido.
— Solo toma mi mano.
Akira aceptó.
El gesto fue sencillo, necesario para el ejercicio.
Nada más.
La palma de Draco contra la suya, los dedos entrelazados lo justo para marcar el ritmo, la distancia correcta entre ambos. Pero aun así, durante un instante ninguno de los dos pareció recordar que había más estudiantes alrededor.
Era extraño.
Con Draco, casi todo terminaba convirtiéndose en una discusión. Siempre había una provocación, una respuesta ingeniosa o algún comentario que los llevaba a competir por tener la última palabra.
Pero bailar era diferente. No podían interrumpirse, no podían adelantarse, no podían intentar demostrar quién tenía razón. Solo tenían que confiar en el otro.
— Uno, dos, tres —marcó McGonagall desde el centro del aula—. Uno, dos, tres.
Comenzaron a moverse.
Al principio sus pasos fueron más rígidos de lo necesario. Ambos estaban demasiado acostumbrados a hacer las cosas a su manera como para adaptarse fácilmente al ritmo del otro.
Draco intentaba guiar con precisión.
Akira, por su parte, no estaba acostumbrada a dejar que alguien más marcara el movimiento.
— Estás intentando ganar una pelea contra el vals... —murmuró Draco. Ella levantó la mirada.
— ¿Y tú estás diciendo que estoy perdiendo?
— Estoy diciendo que estás pensando demasiado.
— Tú hablas demasiado.
— Eso no responde a mi comentario.
Akira tuvo que contener una sonrisa.
— Lo sé.
Sin darse cuenta, el intercambio consiguió que ambos se relajaran.
Los siguientes pasos fueron más naturales.
Draco dejó de intentar controlar cada movimiento y Akira dejó de anticipar cada paso. Poco a poco comenzaron a encontrar un ritmo propio, uno que no necesitaba demasiadas indicaciones.
Él marcaba el compás.
Ella lo seguía.
Ella cambiaba ligeramente la dirección.
Él se adaptaba.
Era una coordinación que ninguno esperaba conseguir tan rápido.
En uno de los giros, sus manos se separaron durante un instante antes de que Draco volviera a tomar la de ella. Siguiendo la posición indicada por la profesora, colocó la otra mano en la cintura de Akira para guiar el movimiento.
El contacto fue breve.
Correcto.
Parte del baile, pero ambos fueron demasiado conscientes de ello.
Akira notó cómo su atención se desviaba durante un segundo. No por el movimiento, sino por la cercanía. Por la forma en que Draco parecía estar mucho más tranquilo de lo habitual, por cómo su expresión no tenía esa máscara de superioridad que utilizaba con casi todos.
Draco, por su parte, se encontró prestando más atención a la reacción de Akira que al propio baile. Algo que decidió ignorar inmediatamente.
— Más suavidad en los giros —indicó McGonagall al pasar junto a ellos—. No tiren de la pareja; guíenla.
Ambos asintieron.
Draco inclinó apenas la cabeza hacia ella.
— Tu pie izquierdo.
Akira bajó la mirada y comprobó que tenía razón.
— No sabía que eras tan observador.
— No sabía que necesitabas tanta ayuda.
Ella lo miró con una expresión divertida.
— Ahí está el Draco que conozco.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de él antes de desaparecer rápidamente.
Repitieron la secuencia una vez más.
Y luego otra.
Con cada intento, la distancia entre ellos parecía menos evidente. Ya no tenían que pensar en dónde colocar las manos o cuándo girar. Simplemente lo hacían.
McGonagall los observó desde unos metros de distancia.
No era habitual que dos estudiantes con personalidades tan fuertes consiguieran coordinarse de esa manera. Draco Malfoy solía querer tener el control de todo, mientras que Akira Riddle rara vez permitía que alguien decidiera por ella.
Editado: 13.08.2026