La Biblioteca Pública de Londres era uno de los pocos lugares donde Akira sentía que el tiempo transcurría de otra manera. A diferencia de Hogwarts, allí no había retratos parlantes, escaleras que cambiaban de dirección ni lechuzas atravesando los ventanales con cartas urgentes. Sólo estanterías interminables, el suave murmullo de las páginas al pasar y el discreto sonido de los bibliotecarios acomodando libros en su sitio.
Le gustaba precisamente por eso, porque nadie esperaba nada de ella.
No era la hija de nadie, no era una estudiante de Slytherin, no llevaba un apellido que despertara curiosidad o desconfianza. Allí era simplemente una chica sentada junto a una ventana, con un libro entre las manos y varias novelas apiladas sobre la mesa.
Había perdido la noción del tiempo hacía rato.
El sol de la tarde entraba por los altos ventanales, proyectando rectángulos dorados sobre el suelo de madera. De vez en cuando alguien pasaba entre las estanterías buscando un ejemplar concreto, pero el silencio volvía a instalarse enseguida, casi como si el edificio entero respirara despacio.
Akira pasó otra página sin prisas.
Era una novela histórica ambientada en la Inglaterra victoriana. No tenía magia, ni guerras entre familias de sangre pura, ni amenazas ocultas detrás de cada conversación. Sólo personas comunes intentando resolver problemas comunes.
Y, por alguna razón, aquello le resultaba reconfortante.
A unos metros de distancia, una niña de unos ocho años discutía en voz baja con su hermano porque ambos querían llevarse el mismo libro de aventuras. Su madre terminó resolviendo el conflicto prometiéndoles que volverían la semana siguiente.
Akira sonrió para sí.
Era una escena completamente corriente.
Tan corriente que resultaba agradable.
Después de un rato cerró el libro y se levantó para recorrer los pasillos.
Siempre hacía lo mismo. Aunque no necesitara otro ejemplar, le gustaba caminar entre las estanterías sin un destino concreto, leyendo los títulos, descubriendo autores que nunca había oído mencionar o deteniéndose frente a portadas llamativas.
Terminó en la sección de literatura clásica.
Deslizó un dedo por el lomo de varios libros hasta detenerse en uno de tapa azul oscuro. Lo sacó con cuidado y leyó la sinopsis en silencio. No estaba segura de si realmente le interesaba, aun así, decidió llevárselo.
Mientras continuaba caminando, llegó hasta una pequeña mesa donde la biblioteca exponía novedades. Había novelas recién publicadas, recopilaciones de cuentos y algunos libros ilustrados para niños. Uno de ellos mostraba un enorme dragón rojo ocupando casi toda la portada.
Akira soltó una breve risa.
— Supongo que de esos ya he visto suficientes.
Volvió a dejarlo en su sitio.
Siguió avanzando sin prisa hasta encontrar otra ventana. Desde allí podía verse parte de la calle: gente caminando con bolsas de compras, un hombre paseando a su perro, dos adolescentes compartiendo unos auriculares mientras esperaban que cambiara el semáforo.
La ciudad seguía moviéndose con absoluta normalidad.
Y era agradable formar parte de esa normalidad, aunque sólo fuera durante unas horas, cuando regresó a su mesa encontró un pequeño papel doblado junto a los libros.
Frunció ligeramente el ceño.
Al abrirlo descubrió que no era más que una recomendación escrita a mano por uno de los bibliotecarios.
"Si te gustan las novelas históricas, quizá también disfrutes esta autora."
Debajo había anotado tres títulos.
Akira levantó la vista.
El bibliotecario, un hombre mayor de cabello completamente blanco, estaba acomodando unos volúmenes en una estantería cercana. Al notar que ella había leído la nota, simplemente le dedicó una pequeña sonrisa antes de continuar trabajando.
Akira respondió con otra sonrisa, casi imperceptible.
Guardó el papel entre las páginas del libro que acababa de escoger, quizá volvería a buscar aquellos títulos otro día. Después se acomodó nuevamente junto a la ventana, abrió el nuevo libro y empezó a leer.
Ella llevaba casi una hora leyendo cuando decidió levantarse para devolver algunos libros al carrito de devoluciones. Mientras recorría uno de los pasillos, escuchó un golpe sordo.
Un par de libros habían caído al suelo.
Un chico de su edad, quizá de quince o dieciséis años, estaba agachado intentando recogerlos antes de que la bibliotecaria llegara. Llevaba una sudadera gris, unos auriculares descansando alrededor del cuello y una mochila tan llena que el cierre apenas conseguía mantenerse cerrado.
Akira se inclinó para recoger el ejemplar que había quedado más lejos.
— Toma.
El muchacho levantó la vista.
— Gracias. —Recibió el libro con una sonrisa algo avergonzada— Creo que mi mochila acaba de rendirse.
Akira observó cómo varios cuadernos sobresalían del compartimento principal.
— No parece que le hayas puesto las cosas fáciles.
— Lo sé, cada verano digo que voy a ordenar todo y al final termino metiendo más libros.
Ella soltó una pequeña risa.
— Entonces no aprendes.
— Definitivamente no.
Mientras volvía a guardar los libros, Akira alcanzó a leer algunos títulos. Había una novela de ciencia ficción, un libro de astronomía, otro sobre historia europea y una guía para aprender fotografía.
— Lees de todo.
— Intento hacerlo, si paso mucho tiempo con el mismo tema me termino aburriendo.
— Tiene sentido.
Él señaló el libro que Akira llevaba en las manos.
— ¿Y tú qué estás leyendo?
— Una novela histórica.
— ¿De las que tardan cien páginas en empezar?
Akira sonrió.
— No todas son así.
— Las que me mandan en el colegio sí.
— Entonces quizá el problema no sean las novelas.
El chico soltó una risa.
— Puede ser.
Caminaron hasta una mesa cercana donde él dejó la mochila sobre una silla.
Editado: 06.09.2026