El calor que hacía en ese lugar lo abrumaba, sin embargo, sabía que debía soportarlo si quería verlo. Hacia siglos que su historia había comenzado, aunque no de una manera en que quisiera recordar. Creía que era mejor no hacerlo, pero el resentimiento que se aguardaba en su corazón quemaba más que las llamas de aquel lugar.
Admiró una vez más todo a su alrededor mientras esperaba que el príncipe regresara. Era muy elegante su castillo, a pesar de estar construido con obsidiana, piedra volcánica y huesos humano.
Debía admitir que era un estilo muy él.
Aunque aún se preguntaba si los calabozos seguirían igual, o abrían cambiado igual que él lo había hecho. No pudo evitar suspirar con cierta pesadez al revivir aquello; al parecer el hechizo de olvido nunca servía del todo, pues por más que lo intentaba su cerebro se negaba a dejar ir aquellos momentos.
Una combinación de ceniza, lágrimas, plumas quemadas y sangre era la fragancia que se impregnaba en sus fosas nasales al estar en ese sitio. Según decían las leyendas, el Castillo de las Rosas Marchitas perteneciente al principe Draelith, olía a tus peores pesadillas. Él solo pudo pensar en cuanto habían cambiado esos olores con el paso de los siglos.
En ese momento sintió esa sensación de peligro que le recorría los huesos cuando estaba cerca. Supo que había llegado; tal vez lo observaba desde su trono, tal vez estaba justo detrás de suyo con una espada esperando atravesarlo, o solo tal vez lo miraba con anhelo desde algún rincón oscuro. Nunca se podía negar la inefabilidad del príncipe del averno.
—¡Mira a quien tenemos por aquí! Pensé que tardarías más en volver —exclamo el príncipe, con ese tono burlón y sarcástico que se permitía usar solo con él—. Mi dulce y eterno, némesis. Mi eterna ruina, y mi más preciada condena.
Draelith no parecía interesarle que lo único que existía para si en el corazón de su visitante era un profundo odio. Aunque si Cuervo era totalmente sincero, con el paso de los años ese sentimiento había ido perdiendo intensidad, pero no era algo que le interesaba que el príncipe supiera.
—¿Qué es lo que deseas? —contesto él, con su característico modo de contestar—. Tu sirviente insistió en que deseabas verme.
El príncipe poso uno de sus grisáceas manos en mejilla de Cuervo, pero este la aparto como si fuera hierro ardiente sobre su piel. Aunque ambos sabían que esa no era la verdadera razón.
—Extrañaba este bello rostro —esta vez fue más rápido y pudo lograr tocar el hermético rostro del chico frente a él—. Aunque debo de admitir que necesito tu ayuda.
Cuervo no se inmuto, sabía que volver a tratar con él sería su condena, pero se lo había prometido a ella. Así que, en cuanto acepto ayudarlos con la piedra alma, supo que este momento llegaría. No sabía cuándo. Pero jamás imagino que tan pronto.
—¿Qué pasa si me niego? —retiro su rostro con agresividad.
Ambos comenzaron a caminar en círculos, como ya era su costumbre. El ambiente tenía ese fatídico hedor a azufre y muerte, pero en ese momento, ambos podían oler la fragancia del otro en el aire.
—Sabes de lo que soy capaz —esa simple amenaza del príncipe le erizo la piel—. No es nada que no puedas conseguir. Esa bruja y tú me lo deben.
Cuervo sabia de lo que era capaz. También sabía que era mejor no tentar al destino.
—Bien… ¿Qué es lo que quieres Drael? —cuestionó este.
—Cuando entres al Silennar, necesito que recuperes algo por mí —pidió.
No sabía a qué se refería, pero si no podía recuperarlo el mismo a pesar de tener la llave, debía ser algo muy peligroso.
—¿Cómo sabes que entrare? —lo retó—. Aún tengo que ganar el Torneo de las bestias.
Draelith lo miro con cierto tedio. Era tal vez el único ser que podía sacarlo de quicio tan rápido y no morir condenado.
—Porque eres tú, Darking —respondió con simpleza—. Me decepcionarías si no.
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Editado: 01.07.2026