El olor de un cuerpo corrompido por la magia era bastante agridulce. Podía revelarte tus peores pesadillas o crearlas desde cero con solo atreverte a mirarlo.
No era capaz de desviar la vista del cuerpo larguirucho y grisáceo del fae que teníamos enfrente. Prácticamente tenía la mitad del torso totalmente destrozada, y múltiples manchas de un líquido dorado y reseco lo rodeaban, como huellas de lo que había sido su vida. Sus ojos inertes miraban con cierta tristeza hacia el cielo, como si en sus últimos momentos hubiera rezado a los ángeles por una salvación que nunca llegó.
Tragué saliva.
Aún no sabía cómo le diría a Damián que uno de los suyos había caído. Era el primero de su especie en morir de esta forma, lo que, según Cuervo, era un mal augurio: significaba que Ishyra requería cada vez más fuerza, y que el momento de la confrontación definitiva se acercaba peligrosamente.
El aire nocturno volvió a golpearnos con su frialdad, y tuve que abrazarme a mí misma para resistir el escalofrío. Aunque estaba casi segura de que lo que realmente me inquietaba no era el frío, sino la naturalidad con la que Cuervo examinaba el cuerpo, sin importarle el hedor ni la crueldad con la que parecía haber sido atacado. Me resultaba perturbador pensar en lo acostumbrado que debía estar a esa clase de atrocidades para ya no sentir nada ante la desolación de una muerte violenta.
Vi cómo pasaba una de sus manos blanquecinas y huesudas por los ojos del fae para cerrárselos, pero mi atención se desvió enseguida hacia algo que ya había notado antes: nuevamente lo veía sin guantes. Pude ver que cada vez tenía más cicatrices negras, muy parecidas a las mías. Eran el recordatorio vivo de que, en algún momento, ambos habíamos manejado magia prohibida; aunque, si era totalmente sincera, las suyas eran más profundas, más oscuras… mucho peores.
—¿A qué corte pertenecía? —pregunté, en cuanto recordé que Damián alguna vez me había explicado cómo funcionaba esa división entre los suyos.
—A la de la Noche —fue su única respuesta. Y esa brevedad me llenó de inquietud—. Debe llevar unas dos horas muerto desde el ataque —añadió por fin, irguiéndose de nuevo y sacudiendo un poco su ropa—. Podrían estar cerca todavía, vigilando.
No pensaba negar que enfrentarme a vampiros me daba miedo; estaría completamente loca si no fuera así. Pero me había vuelto buena en esto, después de haber mantenido esta rutina nocturna desde hacía más de un mes.
Un mes desde lo de Christopher en la cabaña, un mes desde que él y Hailyn se habían marchado sin mirar atrás. También un mes desde lo que pasó con la tía Anna y el tío John.
Sabía que no debía sentirme tan recuperada después de todo aquello, que ni siquiera debería tener fuerzas para levantarme de la cama. Sin embargo, el hechizo de Cuervo había resultado ser mucho más efectivo de lo que esperaba: podía sentir el pulso latente de mi corazón, cómo se resquebrajaba lentamente por dentro, pero sin llegar a derrumbarme. Era como si algo aplacara todas mis emociones fuertes y las guardara en una caja cerrada con llave, lejos de mi alcance.
Debería doler más. Y eso era lo que más me inquietaba.
—¿Qué deberíamos hacer ahora? —le cuestioné, viendo cómo volvía a ponerse los guantes y se pasaba una mano por su cabello castaño, despeinándolo un poco más—. No creo que ninguna corte de las hadas reciba muy bien la noticia de que uno de los suyos ha sido asesinado.
—Claro que no lo harán —me miró con esos ojos heterocromáticos, tan extraños como inquietantes, y ese gesto bastó para que entendiera que a él poco le importaba lo que pensaran—. Pero el idiota del rey de la Corte del Crepúsculo tendrá que cooperar y dejar de esconderse detrás del velo. Si no lo hace, será cuestión de tiempo para que más de sus súbditos terminen igual que este.
Señaló el cuerpo, que parecía perder cada vez más el poco brillo que le quedaba.
—¿Y crees que aceptará ayudarnos?
Por lo poco que me había contado sobre la historia de ellos, era casi improbable. Desde la última vez que ocurrieron muertes de este tipo, hacía siglos, el Alto Rey había hecho un pacto con la tierra misma: su pueblo podría vivir tranquilo detrás de un velo mágico que los protegía de mortales, brujos y otras criaturas, aunque eso significaba también que no podían intervenir ni disponer de nada del mundo humano fuera de sus dominios.
—Lo obligaremos —la sonrisa que se formó en sus carnosos labios me confirmó que hablaba totalmente en serio—. Tal vez ya sea hora de arrancarle las alas y esa corona de laureles de la que tanto presume, y tomar su reino y todas las cortes que tiene bajo su poder.
—Espero que no sea necesario llegar a ese extremo —espeté, y era la verdad—. Si nos ganamos la enemistad de posibles aliados, le estaremos entregando la victoria a Ishyra en bandeja de plata. Recuerda que no a todos nos gusta la guerra, ni la crueldad sin sentido.
—Le quitas lo divertido a las cosas —escupió, al mismo tiempo que envolvía el cuerpo con su capa y se lo cargaba sobre los hombros con una facilidad impresionante—. Pero esta vez te doy la razón.
Era muy raro verlo ceder o admitir que tenía razón, pero no dije nada. Solo una pequeña sonrisa se curvó en mis labios cuando lo vi darme la espalda para empezar a caminar.
—Te permito sentir satisfacción por mis palabras —añadió sin volverse, como si hubiera leído mi mente.
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Editado: 01.07.2026