En cuanto los primeros rayos de sol volvieron a surcar los cielos, regresamos a la mansión del tío John. Porque sí, a pesar de que él ya no estaba con nosotros, la casa seguía perteneciéndole, y en cierto modo, seguía llena de su presencia. A veces aún me parecía escuchar sus chistes malos resonando por los pasillos, su amplia carcajada recorriendo cada rincón e incluso sentir su abrazo protector rodeándome por la espalda.
Me era inimaginable pensar cómo seguir adelante sin ellos: sin mis padres, sin mis tíos, sin Christopher. Aun así, y tal vez a causa del hechizo de Cuervo, el dolor no era tan agudo ni desgarrador como debía ser. Estaba ahí, latente, pero apagado, lejos.
La enorme mansión se sentía extrañamente vacía, a pesar de que la voz de doña Cleo se escuchaba desde bien entrada la mañana, dirigiéndolo todo con la energía de siempre. Sophie estaba por volver a la universidad, así que pronto dejaría de verla gran parte del día, y la casa se volvería aún más silenciosa. Ralph era un espíritu libre cuya esperanza y resiliencia me llenaban de calma en los momentos más bajos; no había día en que no repitiera que confiaba plenamente en que nuestro hermano despertaría pronto, sano y salvo.
Allen, por su parte, era una sombra que se había instalado en esta casa. Se paseaba por aquí y por allá como si fuera dueño del lugar; yo no quería permitir que viviera con nosotros, pero sentía que se lo debía a Christopher. Después de todo, por haber salido huyendo de la cabaña aquella tarde, Ishyra nos había encontrado.
Si no hubiera sido tan necia, tal vez no habríamos llamado su atención. Pero el "hubiera" no existe, me dijo una vez Cuervo, y tenía toda la razón. No servía de nada culparse por lo que ya estaba escrito.
—Buenos días, mi niña —me saludó doña Cleo, que cada vez parecía más canosa y un poco más cansada, aunque su sonrisa seguía siendo la misma de siempre—. Otra vez llegaste tarde anoche, ¿verdad?
Sonreí con falsa inocencia ante su pregunta. Para este punto era obvio que casi cada noche salía de casa y no volvía hasta el amanecer; aun así, nadie me cuestionaba ni me prohibía nada. Era como si todos esperaran que esa libertad nocturna fuera lo único que me ayudara a no derrumbarme de nuevo.
—Buenos días —le regresé el saludo, mientras la abrazaba por el costado y me hacía cargo del cesto de ropa que llevaba—. No tan tarde, exagera usted.
Ella solo me miró con los ojos entrecerrados, con esa mirada sabía que lo veía todo, como diciendo: ¿A quién quieres engañar, pequeña?
—Te ayudo con esto —insistí—. Vamos, doña Cleo, sabe que me gusta ayudarle. Además, me aburro tanto en esta casa si no hago nada.
—Hay cosas que nunca cambian —admitió con cierta nostalgia, mientras posaba su mano cálida en mi espalda y me guiaba hasta la lavandería.
Yo supe al instante a qué se refería: a mis años en la mansión de Sthepano. Aquellas veces en las que comía con ellos en vez de con mi propia familia; también cuando me ponía a ayudarles en la cocina o en los jardines simplemente para no estar sola, o cuando les daba la oportunidad de irse con sus familias durante las fiestas, a pesar de las estrictas órdenes del hermano de mi padre.
Casi suspiré al recordar esos momentos; se sentían tan lejanos, pero a la vez tan claros y presentes en mi mente que parecía que todo aquello hubiera sucedido ayer mismo.
Una vez llegamos al cuarto de lavado, le ayudé a separar la ropa y a echarla en las máquinas, mientras ella me contaba algunos chismes que había escuchado de otros empleados y hablábamos sobre El Cronógrafo —un nuevo diario que empezó a circular en Evermoorny unas semanas atrás y del que nadie tenía idea de quién era su redactor—. Según me platicó, ese periódico sacaba a la luz todas las noticias y sucesos extraños que el Magisterio quería silenciar en otros medios más grandes como Oro News.
Quise decirle que yo ya sabía todo lo que sucedía con los vampiros, la magia negra y las criaturas que morían en las sombras, sin necesidad de leer ningún diario, pero no fui capaz de causarle tal preocupación. Temía que su anciano y noble corazón no soportara otra impresión fuerte; después de todo, ella también había sufrido mucho por los últimos acontecimientos de mi familia, y alguna vez me confesó que sentía que nosotros éramos igual de suyos que si nos hubiera criado ella.
Me despedí en cuanto mi estómago comenzó a rugir y me vi obligada a ir por el desayuno al comedor. Esperaba que Ralph ya se hubiese levantado, pues no quería comer sola. Mucho menos si Allen ya estaba ahí, porque ya no lograba causarme ni siquiera lástima, y prefería mantenerme lo más alejada posible de él. Me resultaba profundamente irritante.
No fue sorpresa descubrir que la mesa estaba totalmente vacía; si no me equivocaba, Ralph bajaría en un rato, pues sus horarios de sueño eran largos, pesados e imperturbables.
Recorrí la silla y me senté en el mismo lugar de siempre. Nada había cambiado en la habitación, con la diferencia de que yo lo había perdido todo. Fue casi deprimente notar cómo solo quedábamos Ralph y yo para ocupar esta mesa enorme, de todas las personas que alguna vez habían estado sentadas alrededor de ella.
—Llegó por quien llorabas —la puerta se abrió con poco tacto y mucho ruido. No me sorprendió ver esa enorme sonrisa y ese cabello ahora de un tono rojizo oscuro que adornaba el delicado rostro de Sophie—. Dios, te ves terrible. Deberías dejar de salir todas las noches con ese chico terriblemente atractivo… y deberías concederme a mí una oportunidad con él.
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Editado: 01.07.2026