Obliviate: El Lado Oscuro [#3]

03.- COPAS DE CHAMPANG

Siempre he pensado que los bailes y fiestas que organizan los humanos no se comparan en absoluto con los de nuestro mundo mágico. Sé que suena obvio, casi redundante, pero a mí me fascinan esas diferencias, esa distancia abismal entre una cosa y otra. Mientras que en las celebraciones humanas todo se esfuerza por parecer lujoso, brillante y costoso, en nuestro mundo la verdadera protagonista es siempre la magia.

Es lo que cambia el ambiente, lo que lo hace sentir vivo, lo que se respira en el aire mucho antes de entrar.

Damián me abrió la puerta del coche con su habitual elegancia, y por un momento casi no pude concentrarme en él. Mi mente daba vueltas una y otra vez, llena de incertidumbre, porque no sabía cómo ni cuándo decirle lo que habíamos encontrado Cuervo y yo la otra noche: aquel cuerpo de un fae, abandonado en la oscuridad. Según me había explicado él, pertenecía tanto a la Corte de la Noche como a la Corte de las Espinas, y yo suponía que, aunque hubiera diferencias entre ellos, existía también cierta hermandad, un lazo que los unía más allá de todo. No quería ser imprudente, ni causar alarma innecesaria, pero tampoco podía callármelo para siempre.

Él me dedicó una de esas sonrisas suyas, tranquilas y seguras, que siempre le caracterizaban, y me tendió la mano para ayudarme a bajar. Se la tomé, devolviéndole el gesto con una sonrisa que esperé pareciera natural, aunque por dentro tenía la cabeza llena de pensamientos.

Tenía que buscar el momento adecuado, la forma correcta de contárselo sin que sonara a locura o a miedo infundado.

—¿Quieren que los espere por aquí? —preguntó, mirando hacia la entrada iluminada de la mansión de los Pride.

Negué con la cabeza suavemente.

—No hace falta, Damián. Puedes irte a casa y descansar un rato. Yo te aviso cuando terminemos y necesitemos que vengas a recogernos.

—Entendido, Kath —asintió, siempre obediente y amable.

—¡Recuerda que tenemos pendiente esa partida de Tracker! —intervino Ralph, asomándose por detrás de mí con esa sonrisa traviesa que no se le iba ni ante la ocasión más formal.

Damián soltó una risa baja.

—Lo tengo bien presente, joven. No se me olvida.

Nos despedimos con un gesto de mano y lo vi marcharse, mientras el coche se alejaba por el camino de entrada, dejándonos solos frente a aquella casa inmensa y resplandeciente.

Volví la mirada hacia mi hermano y no pude evitar una pequeña sonrisa. Ralph iba vestido con un traje de un tono beige, elegante y perfectamente cortado, que le sentaba de maravilla, combinado con una corbata negra que le daba seriedad. Su cabello oscuro estaba peinado con esmero, sin un solo mechón fuera de lugar, muy distinto al desastre habitual de todas las mañanas. Y lo entendía perfectamente; entendía por qué había tantos chicos y chicas suspirando por él, por qué siempre tenía miradas puestas encima a donde fuera. A pesar de que pocas veces se tomaba nada en serio, de que siempre parecía estar jugando o bromeando, tenía ese encanto natural que atraía a todos sin esfuerzo.

Yo, por mi parte, había optado por un vestido de un azul cielo precioso que se iba oscureciendo poco a poco a medida que bajaba por la falda amplia y vaporosa, hasta convertirse en un azul profundo, casi nocturno, imitando las tonalidades del invierno. Entre las capas de tul, cosidos con mucho detalle, había pequeños destellos plateados que parecían copos de nieve atrapados en la tela, un toque sutil y hermoso que me había gustado nada más verlo. Llevaba también unos guantes largos de seda que me cubrían los brazos hasta el codo.

Ya no sentía vergüenza ni pena por las marcas que recorrían mi piel; esas huellas de todo lo que había pasado y sufrido, pero tampoco tenía ganas de estar explicando su origen a cada rato. Eran señales del porque no debía de confiar en nadie y de dolor, cosas que la gente común —incluso muchas familias del mundo mágico— no entenderían ni sabrían interpretar. Así que era más fácil simplemente cubrirlas, pasar desapercibida.

Había sido Hailyn quien me había ayudado a elegirlo todo, durante una de esas llamadas largas que nos hacíamos. Me había dado su opinión, sus consejos y hasta me había hecho probarme cosas que ni siquiera se me habría ocurrido ponerme. La verdad es que en ese momento no tenía ningún ánimo real de asistir a fiestas ni eventos; después de todo lo perdido, todo lo que nos faltaba, parecía casi absurdo vestirse y bailar como si nada hubiera pasado. Pero sabía que no podía recluirme en mi habitación para siempre, encerrarme en el dolor hasta desaparecer.

Y, además, esta vez no estábamos aquí solo por compromiso social. Teníamos una misión, una razón oculta para estar entre la gente. Lo mejor que podíamos hacer era parecer completamente normales, disfrutar de la velada como cualquier otro invitado, y esperar a que algo ocurriera, o encontrar aquello que veníamos a buscar.

Ralph me ofreció su brazo con ese gesto elegante y tranquilo que tan bien le quedaba, y juntos nos dirigimos hacia el enorme portón negro que se alzaba imponente frente a nosotros, marcando la entrada a los terrenos de la familia de Miles.

—Muy caballeroso de tu parte —le dije con una media sonrisa, aferrándome levemente a su brazo mientras avanzábamos.

Él me devolvió el gesto, con ese aire de seguridad que siempre lograba transmitirme.




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