Obliviate: El Lado Oscuro [#3]

04.- BESOS DE PIEDRA

Nos separamos un momento para buscarlo entre la multitud. Me abro paso entre parejas que bailan, grupos que conversan y personas que saludan, escaneando cada rincón de la sala principal y las salas contiguas. Pasan unos minutos y no doy con él por ningún lado. Sin embargo, extrañamente, no siento una angustia real.

Antes de venir, le hice prometerme, con todas las consecuencias, que, si veía algo raro o sentía la presencia de un vampiro, no se acercaría ni un paso. Le expliqué con detalle lo que estas criaturas pueden hacer, cómo confunden la mente, cómo atan a las personas con solo una mirada, y él me prometió que, ante cualquier duda, primero vendría a buscarme a mí o a Cuervo. Sé que, si no está, es porque está a salvo y lejos del peligro.

Mientras me detengo un segundo para respirar y volver a mirar, una figura pelirroja y familiar se abre paso entre la gente, viniendo directo hacia mí con una sonrisa que ilumina todo su rostro. Es Miles.

—¡Por fin te encuentro! —exclama él, llegando hasta mí y envolviéndome en un abrazo cálido y sincero, de esos que te hacen sentir en casa.

Me devuelvo el abrazo con fuerza, contenta de tenerlo tan cerca.

—Qué gusto verte —le digo cuando nos separamos un poco, mirándolo bien—. Y qué bien te ves, Miles.

Él me recorre con la mirada, admirándome, y sus ojos verdes brillan con esa alegría que lo caracteriza.

—Y tú estás preciosa, cristalito —me dice con total sinceridad—. De verdad, te ves hermosa.

Siento cómo el calor me sube a las mejillas y sé que me estoy poniendo roja, pero no puedo evitarlo. Bajo la vista un segundo y luego le sonrío.

—Tú tampoco te ves mal, eh —le respondo, devolviéndole el cumplido—. Muy elegante, muy serio… casi no te reconocía al entrar.

Nos quedamos ahí parados, hablando tranquilamente, al margen de todo el alboroto. De pronto, él pone una mano en mi brazo, con esa mezcla de cariño y disculpa que conozco bien.

—Perdóname por no haber ido a verte estos días, ¿si? —me dice con tono apenado—. Desde que regresé de Italia, mis padres se han puesto… bueno, digamos que están muy pesados. No me han dejado respirar ni un segundo, me han tenido ocupado con reuniones, compromisos y cosas de la familia que no me interesan nada.

Asiento con comprensión, porque sé bien cómo funcionan esas cosas.

—No tienes que pedir perdón, lo entiendo perfectamente —le hago saber—. Al fin y al cabo, te fuiste casi dos años y medio. Es normal que ahora quieran tenerte todo el tiempo que pueden, y ponerte al día con todo lo que ha cambiado.

Seguimos charlando de cosas sin importancia: de cómo iba la casa, de las clases que habíamos dejado pendientes, de anécdotas viejas, de todo menos de lo que realmente nos preocupa. En un momento, me mira con más atención y me pregunta, bajando un poco la voz:

—¿Y tú? ¿Cómo estás de verdad? Últimamente… bueno, han pasado tantas cosas difíciles.

Suspiro levemente y sonrío con calma, aunque por dentro sé que esa respuesta es más compleja.

—Estoy mejor, de verdad —le aseguro.

Y es curioso, porque a veces me detengo a pensar en ello y me sorprende lo poco afectada que parezco ante los demás. La gente espera que esté rota, que no pueda ni levantarme, pero aquí estoy, hablando, sonriendo, cumpliendo con todo.

Sin embargo, en el fondo, cuando estoy sola, el dolor está ahí, latente, pesado, recordándome todo lo que he perdido. Pero con Miles, solo quiero que esté tranquilo.

Él me mira un instante más, y luego esa expresión seria y responsable se le borra de la cara de golpe. Vuelve a ser él mismo, el chico que siempre conocí, y me dice con esa sonrisa traviesa de siempre:

—Pues qué buena noticia, porque si ya estás totalmente recuperada, tengo que pedirte algo importante.

—¿El qué? —le pregunto, curiosa.

—Te pido permiso oficial —dice, poniéndose serio un segundo para después volver a sonreír—, permiso para volver a ser yo mismo. ¿Sabes? Dejar de lado al chico formal, educado y aburrido que mis padres quieren que sea, y volver a mi verdadera personalidad. Ya lo estaba odiando ser tan correcto.

Me echo a reír, porque ya lo veía venir.

—¡Por favor, hazlo ya! —le contesto, fingiendo desesperación—. De verdad, Miles, estaba empezando a creer que te habían lavado el cerebro en Italia o que te habían cambiado por otro. Ese chico tan tranquilo y obediente de antes no me gustaba nada.

En ese mismo instante, cambia por completo. Se inclina un poco hacia mí, con esa mirada coqueta y ese aire de suficiencia que tan bien le quedan, y me dice con voz melosa y exagerada:

—Ay, mi querida Kathrina… ya sabes que, sin mi encanto y mi forma de ser, el mundo sería un lugar demasiado triste y aburrido. Además, ¿quién te iba a decir lo guapa que te ves cada cinco minutos si no soy yo? Nadie lo haría con tanta maestría como yo.

Me río de nuevo, dándole un golpecito en el brazo, feliz de ver que todo vuelve a la normalidad.

—Te he echado de menos, ¿sabes? —le digo con sinceridad—. De verdad, extrañaba mucho esta normalidad, tus bromas y tu forma de ser.




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