Obliviate: El Lado Oscuro [#3]

05.- TORMENTAS INTERNAS

Estoy acostada boca arriba, mirando al techo, y lo único que siento en este momento es el peso cálido y reconfortante de Ares sobre mi estómago. El gato grande está echado ahí, con su ronroneo profundo y constante vibrando contra mi cuerpo, un sonido que normalmente me calma, pero que hoy apenas logra llegar hasta mí.

Llevo toda la tarde llorando. Mis ojos están hinchados, me duele la cabeza y tengo la garganta seca, pero lo que más me duele es todo lo que llevo dentro. Me siento furiosa, con una rabia que no sé muy bien hacia dónde dirigir, y sé que lo que pasó la noche del baile rompió, aunque fuera un poco, esa máscara de fuerza y seguridad que siempre intento mantener puesta.

No dejo de darle vueltas a lo mismo: haber puesto a mi hermano en peligro. Sé, racionalmente, que no fue así del todo, que todo estaba planeado, que Ralph estaba protegido y que sabía lo que hacía… pero el miedo que sentí, la desesperación al verlo entre esas criaturas, fue tan real que me atraviesa todavía. Y entonces vuelve a él, a Chris.

El recuerdo de lo que le pasó está más vivo que nunca en mi mente, como una herida que nunca termina de cerrar. Y luego están ellos: mi tío John. Pienso una y otra vez que si yo hubiera sido más lista, más rápida, más fuerte… tal vez nada de eso habría terminado como terminó. Tal vez él seguiría aquí.

Me paso una mano por la cara, con rabia hacia mí misma. Se supone que esto no debería estar pasando. Cuervo me dijo que el hechizo que me puso serviría para eso, para evitar que estas emociones me abrumaran, para que el dolor y la culpa no me consumieran. Entonces, ¿por qué me siento así? ¿Por qué siento que todo esto es más fuerte que yo?

Un escalofrío me recorre de pronto, un pensamiento que me da miedo solo de formularlo:

¿Y si estas tormentas que llevo dentro son más poderosas que cualquier hechizo que él pueda poner? ¿Y si hay cosas en mí que ni siquiera Cuervo puede controlar?

Niego con la cabeza rápidamente, espantando esa idea.

—No… es imposible —murmuro en voz alta, hablando con la habitación vacía—. Solo estoy sensible, solo son cosas mías. Nada más.

Respiro hondo y me seco las últimas lágrimas con la manga de mi camisa. Ya basta. No voy a seguir llorando. Me enojo conmigo misma por haber perdido tanto tiempo así, por haber dejado que la tristeza me gane de nuevo. Tengo cosas que hacer, problemas que resolver y personas de las que ocuparme. Llorar no me devuelve a nadie, ni arregla nada.

Desde aquella noche, no he vuelto a ver a Cuervo. Desapareció tal como llegó, convertido en esos pájaros oscuros, y no ha dado la cara. Sin embargo, hemos estado intercambiando notas. Pequeños papeles que aparecen en mi mesa, debajo de la almohada o incluso en el plato de Ares, escritos con su letra elegante y afilada. En una de ellas me explicó la verdad: el vampiro que atrapamos, el que yo creí que era el gran Lord Feather, no era más que su hermano menor.

—Debí haberlo supuesto desde el principio —le digo a Ares, que abre un ojo, pero no se mueve—. Fue demasiado fácil. Demasiado rápido. Cualquiera con dos dedos de frente habría pensado que era una trampa o un cebo. Pero no, yo me lo creí todo.

Y claro que estoy molesta con él. Molesta por mentirme, por dejarme sufrir de verdad, por jugar con mis sentimientos como si todo fuera un entretenimiento suyo. Pero hay algo más, algo que me hace sentir igual de furiosa y mucho más avergonzada: lo que pasó con Kayden. O, mejor dicho, lo que casi pasa.

Me pongo roja solo de pensarlo.

¿Cómo se me ocurrió llegar tan cerca? ¿Cómo estuve a punto de…?

Intento convencerme a mí misma de que lo que siento es asco, repulsión pura ante la sola idea de besarlo, de tener ese tipo de cercanía con alguien con quien siempre me he peleado. Pero entonces, mi mente es traicionera y me trae el recuerdo: el momento en que estuvimos a milímetros, el calor de su cuerpo —o la frialdad, cuando estaba convertido en estatua—, la forma en que me miraba…

—¡Basta! —me regaño a mí misma, golpeando suavemente la almohada—. ¿En qué estás pensando, Kathrina? ¡Eres increíble!

Miro a mi pequeño, que sigue allí, tranquilo, y le pregunto como si pudiera responderme:

—Oye, Ares… ¿tú crees que me estoy volviendo loca? ¿Crees que ya no sé ni lo que siento?

Él abre los dos ojos, me mira con una expresión que parece de puro juicio y superioridad, y suelta un "miau" seco y corto, como si me dijera “pues sí, y mucho”.

Suelto un suspiro y acaricio su lomo negro.

—Tienes razón, amigo. Tienes toda la razón. Debería concentrarme en cosas más importantes, en cosas que realmente importan. Como, por ejemplo: ¿por qué demonios Cuervo quería capturar a ese chico?

Me quedo pensativa, dejando que mi mente trabaje en ello. Conociéndolo, sé que nada hace por casualidad. Él siempre tiene un plan, siempre tiene varios pasos pensados por delante de todos los demás.

Tal vez atrapó al hermano menor de Feather para usarlo como moneda de cambio, para chantajear al verdadero líder del clan vampiro y sacar información o favores de él. Pero luego pienso en lo que sé de esas criaturas: son despiadadas, frías, no se apegan a nadie y muchas veces no les importa lo que le pase a su propia familia si eso significa mantenerse a salvo o conservar el poder.




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