Obliviate: El Lado Oscuro [#3]

06.- HISTORIAS ENCANTADAS

El paisaje invernal de Vanely tiene algo especial, una belleza que se hace aún más encantadora y brillante bajo la luz del día. La nieve cubre los tejados y los campos como una capa de terciopelo blanco, y el sol refleja en ella destellos que parecen de diamantes. Es un espectáculo hermoso, sí, pero para mí siempre viene mezclado con una culpa que no logro sacarme de encima.

De vez en cuando, cuando siento que la carga es demasiado pesada, voy a visitar a la familia de Hailyn. Lo hago porque sé, y me duele en el alma saberlo, que prácticamente les arrebataron a su hija. Que ahora ella está al otro lado del océano, lejos de su hogar, de su cama, de su gente… y todo por mi culpa, o al menos, todo ligado a lo que me pasó, a lo que soy y a lo que nos persigue.

Sus padres siempre me reciben con los brazos abiertos, con esa amabilidad infinita que tienen, como si fuera una hija más de la familia. Pero su hermana, Jazzlyn… ella me mira diferente. Hay recelo en sus ojos, desconfianza y algo de rencor. Y la entiendo. De verdad que la entiendo. Al final, yo me llevé a su hermana, a su confidente, a su otra mitad.

Ella se quedó aquí, y Hailyn tuvo que irse, lejos, a un lugar desconocido y peligroso. Cada vez que Jazzlyn me mira así, siento que me está diciendo sin palabras: “Tú te la llevaste. Tú te la llevaste y ahora yo estoy sola”. Y esa verdad me atormenta, me come por dentro, aunque sé que no hay nada que pueda hacer para cambiarlo ahora. Solo me queda aguantar, esperar… esperar a que pase el tiempo, esperar al Torneo de las Bestias.

Y, sobre todo, esperar que Cuervo gane.

He aprendido a conocerlo, a nunca subestimarlo, a saber, que es capaz de cualquier cosa —por muy fría, calculadora o poco ética que sea— para conseguir lo que quiere. Pero también me ha contado qué es lo que se reúne en ese torneo. Criaturas que no son de aquí, que vienen de otros mundos, de dimensiones que ni siquiera podemos imaginar. Bestias tan antiguas, tan terribles y poderosas que solo escuchar sus nombres te causa pesadillas durante semanas. Y Cuervo… él es un brujo, sí, y muy poderoso, de eso no hay duda. Pero tiene una debilidad que a veces me aterra: tiene un cuerpo mortal. Y contra esas cosas, la mortalidad es el defecto más grande que se puede tener.

Mis pensamientos se cortan de golpe cuando llego al centro de Vanely. Todo sigue exactamente igual a como lo recuerdo: las baldosas de color vino oscuro incrustadas en todo el suelo, brillantes por el frío; las farolas antiguas que adornan las calles; y el enorme reloj de hierro forjado que domina la plaza, marcando exactamente las dos y media de la tarde, con ese sonido profundo y grave que resuena por todo el lugar.

A veces bajo hasta aquí solo por aburrimiento, o más bien, por la necesidad urgente de distraer mi mente de todo lo que me atormenta. Camino entre la gente, y noto cómo me miran. Muchos lo hacen con miedo, con ese respeto temeroso que tienen hacia lo que no entienden o consideran peligroso. Pero últimamente, he empezado a ver otra cosa en sus ojos: lástima.

Me miran con lástima, como si fuera una pobre chica desgraciada a la que le ha pasado todo lo malo del mundo.

Antes me importaba. Antes me dolía o me enfadaba, pero ahora ya no me importa lo que piensen. Sin embargo, hay algunos que me miran con odio, con desprecio, con la misma mirada de aquellos que un día me señalaron como si fuera una enfermedad. Y con esos, sí me tomo la molestia. Cuando cruzo la mirada con alguno de ellos, no aparto la vista. Al contrario, levanto la cabeza, los miro fijo, retadora, y les demuestro que yo también sé jugar a ese juego, y que puedo ser mucho más aterradora de lo que ellos imaginan.

Entre la multitud, a veces reconozco caras que me persiguen por las noches. Gente que estaba ahí, en la plaza, la noche en que casi me queman en la hoguera, cuando me llamaron monstruo. Esa noche sigue viva en mi mente, grabada a fuego, y verlos me trae de vuelta el olor a leña, el calor del fuego y el miedo absoluto que sentí. Pero ya no soy la misma chica que temblaba de miedo. Ahora soy la que planea su venganza.

Sigo caminando hasta llegar al mercado, ese mismo que me enseñaron Hailyn y Christopher hace tanto tiempo. El ambiente es el mismo de siempre: puestos con carpas de colores, olores de especias, hierbas, pan recién hecho y cosas extrañas que no sé ni nombrar. Tiene esa vibra antigua y mística que me fascinó la primera vez, como si el tiempo se hubiera detenido aquí. Hay gente de todo tipo: señores vestidos con ropa elegante que parecen de la realeza, personas sencillas con ropa limpia pero gastada, y otros que visten casi con harapos, pero que caminan con la dignidad de reyes. Todos se mezclan, regatean, hablan, ríen… una vida que sigue adelante, ajena a mis problemas.

La verdad es que no tengo ganas de volver a Evermoorny en los días que vienen. No tengo ganas de sentarme en las clases, ni de ver a los profesores, ni de cruzarme con compañeros que me miran raro. Pero sé que tengo que hacerlo. Sé que es necesario. Necesito aprender todo lo que pueda, absorber cada conocimiento, cada truco, cada secreto. Y para eso necesito a Liarder, el fantasma que vive en la biblioteca, que sabe cosas que nadie más sabe y que me ha enseñado más que todos los maestros juntos.

Además, sé lo que pasaría si me quedo en casa, encerrada entre mis cuatro paredes, lejos de todo. Sé que terminaría pudriéndome ahí. Que me ahogaría en mi propia miseria, en mi culpa, en mi dolor, en mis recuerdos. Prefiero mil veces tener que soportar las miradas de los demás, los susurros a mis espaldas, o incluso los regaños de la estricta señorita Graham, antes que dejarme caer y rendirme.




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