A veces me pregunto si nací con este defecto, o si simplemente el peligro me llama más fuerte que cualquier sentido común. Tal vez nunca se me quite esta mala costumbre de perseguir lo que me puede hacer daño. Todavía recuerdo la primera vez que lo hice: corrí detrás de aquella figura que llamé la “encapuchada escarlata” por el bosque, llena de curiosidad y misterio, para descubrir después que no era otra que Ishyra en persona. Ahora estoy haciendo exactamente lo mismo, pero esta vez siguiendo a esa vampira que ya me había atacado antes.
Necesito saber qué hace aquí, en plena luz de la tarde, sin esconderse demasiado. No es lo habitual en ellos.
La observo desde lejos: lleva un abrigo largo que le llega hasta los tobillos, un sombrero negro de ala tan ancha que le cubre todo el rostro, y unos lentes oscuros que le protegen los ojos de la luz del sol. Camina con pasos tranquilos, sin prisa, como si estuviera dando un paseo cualquiera y no como si fuera una criatura que se supone debe huir de la luz.
La sigo con todo el sigilo que he aprendido. Al menos algo bueno he sacado de estar con Cuervo, ¿no? Me ha enseñado a moverme sin hacer ruido, a confundirme con las sombras, a no dejar huellas. Aunque, siendo sincera, no me sorprendería en absoluto que ella ya se haya dado cuenta de que la sigo. Son criaturas con sentidos tan agudos que pueden oler tu miedo o escuchar los latidos de tu corazón a varios metros de distancia. Por eso me muevo con tanta lentitud, controlando cada respiración.
Lleva una bolsa oscura y pesada colgada del hombro, y me da mucha curiosidad saber qué guarda ahí dentro.
¿Suministros? ¿Objetos mágicos? ¿Algo que le sirva para sus planes?
En cuanto cruzamos el límite del pueblo y entramos en el bosque, noto el cambio al instante. El aire se vuelve más frío, más denso, más pesado, como si todo el lugar contuviera la respiración. La nieve sigue cubriendo el suelo, las ramas de los árboles y las rocas, y sé que probablemente permanecerá así hasta bien entrado el mes de marzo. Aquí el invierno es largo y no se va con facilidad.
Mientras avanzo, voy pensando en cómo actuar. Necesito encontrar una forma de tomar la delantera, de emboscarla antes de que ella me descubra del todo. Porque, aunque todavía hay rayos de sol que se filtran entre las ramas, dándome una pequeña ventaja, nunca dejo de estar en desventaja frente a un vampiro. Y más si es tan vieja como ella, de esas que ya no se queman tan rápidamente bajo la luz del día, sino que solo les molesta de a poco.
Así que decido cambiar de ruta. Me adelanto por un sendero lateral, más estrecho y cubierto de maleza, pero manteniéndola siempre a la vista para no perder su rumbo. Recito en voz muy baja el encantamiento que aprendí:
—Silens Tectrum.
Siento cómo mis pasos dejan de hacer ruido, cómo mis pisadas sobre la nieve ya no crujen ni dejan una huella clara. Me he vuelto casi invisible para el oído.
Al seguirla desde esa posición, me doy cuenta de hacia dónde se dirige: va directo hacia las tierras de Graham.
Me detengo un segundo, confundida.
¿Acaso les han permitido a los vampiros vivir allí? ¿Es posible que tengan algún acuerdo?
Porque, pensándolo bien, es cierto que nunca se ha reportado un ataque justo en esa zona, ni en sus alrededores inmediatos. Pero también recuerdo que Graham está protegida por una muralla inmensa, alta y gruesa, con guardias en cada torre y sistemas de vigilancia mágica que deberían detectar cualquier presencia extraña.
Sin embargo, también recuerdo que yo misma he logrado burlar esa seguridad dos veces. Si yo pude hacerlo, ¿por qué no ellos? Tal vez la muralla no es tan impenetrable como todos creen, o tal vez hay formas de entrar que nadie conoce. Y si ella va hacia allá, solo puede significar una cosa: tiene un motivo, un plan, o alguien la espera. Y yo voy a averiguar cuál es.
Decido dejar de darle tantas vueltas a las suposiciones y concentrarme en lo que tengo justo delante. Busco un árbol grande, con ramas gruesas y bajas, y calculo que el camino que lleva la vampira pasa justo por debajo de su copa. Si me escondo bien arriba, podré caer sobre ella antes de que tenga tiempo de reaccionar.
Me subo con agilidad, me acomodo en una rama amplia y me quedo inmóvil, esperando. El silencio del bosque solo se rompe por el viento que mueve la nieve de las ramas. Cada cierto tiempo, ella voltea la cabeza hacia atrás, como si intuyera que alguien la sigue, pero no se detiene.
En cuanto calculo que está lo suficientemente cerca, me impulso y me lanzo hacia abajo, dispuesta a caerle encima para inmovilizarla. Pero apenas toco el aire, me doy cuenta de que ya no es una sorpresa. Ella se mueve con una velocidad que apenas alcanzo a ver, levanta el brazo y me sujeta del cuello con una mano firme y fría, manteniéndome suspendida en el aire, sin tocar el suelo.
—Buen intento —me dice con voz suave pero cargada de autoridad—. Pero te falta mucho por aprender, niña.
Me siento estúpida, furiosa conmigo misma por haber caído en lo mismo. Pero no me dejo vencer. Con la mano libre, activo el pequeño encantamiento que Cuervo me enseñó para encender cosas sin fuego visible, y en un instante el borde de su abrigo se prende en llamas.
Ella suelta un gruñido de dolor y me suelta al instante para apartar la tela que se quema. Caigo de pie, me recompongo rápidamente y saco mi cuchillo de acero encantado. Mientras lo sostengo, admito para mis adentros que tal vez no fue la mejor decisión seguirla sola, pero ya no hay vuelta atrás.
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Editado: 21.07.2026