Todavía me cuesta entender cómo estuve a punto de caer en la trampa de ese demonio. No tenía ni idea de que existieran criaturas capaces de cambiar su apariencia hasta parecer personas inocentes, capaces de despertar esperanzas solo para convertirte en su presa. Aunque, si lo pienso bien, no debería sorprenderme tanto: aquella noche del ritual, cuando vimos a los seres que custodiaban a Draelith, comprendí que en este mundo hay cosas mucho más extrañas y peligrosas de lo que cualquier libro de texto se atreve a contar.
Lo más extraño fue la actitud de Cuervo durante el camino de regreso. No me regañó, no me cuestionó por mi imprudencia al seguir a Stella, ni me hizo comentarios que me hicieran sentir peor de lo que ya me sentía. Y la verdad es que se lo agradecí en silencio: ya me sentía bastante tonta por haber confiado en una ilusión, no necesitaba que nadie más me lo recordara.
Solo se limitó a dejarme un manojo de hierbas secas para preparar infusiones que ayudaran a cerrar las heridas y aliviar el dolor, y a darme una noticia que me hizo volver a concentrarme en lo importante: ya tenía localizado a uno de los Descendientes del Beso de la Muerte.
Al escuchar esas palabras, de inmediato me vino a la mente todo lo que me había contado Gertrudis en la tienda. Las piezas del rompecabezas seguían encajando, pero decidí no decirle nada de esa conversación a Cuervo todavía. Algo en mi interior me decía que guardara ese detalle por ahora, como una carta que no se juega hasta que sea necesario.
—Es fundamental para lo que necesitas —me explicó él—. Su sangre y su beso son uno de los componentes que faltan para intentar sacar a tu hermano de ese sueño evanescente. Pero aún nos falta la parte más difícil: descifrar el hechizo verbal antiguo que se conoce como Devilmore. Sin las palabras exactas, todo lo demás no servirá de nada.
Ya estábamos muy cerca de volver a Evermoorny, y cuando me miré en el espejo del baño de casa, puse mala cara. Tenía el rostro marcado con moretones que iban del azul oscuro al amarillo verdoso, y el cuerpo entero seguía dolorido.
No era la mejor presentación para entrar de nuevo en la escuela, pero… ¿a quién le importaba realmente? Ellos ya me habían juzgado antes, ya me habían mirado con miedo o desprecio, y ni siquiera las cicatrices que llevo en el brazo lograron que me vieran con otros ojos.
Así que, ¿para qué preocuparme ahora?
Entré en la sala de estar y me encontré con Ares, quien se acurruco entre mis piernas en cuanto me senté en el sofá. Ralph había salido con unos amigos, y me hizo sonreír pensar en cómo él siempre me avisa de todo, como si yo fuera la hermana mayor encargada de vigilar la casa, cuando en realidad es él, o incluso Allen, quien debería ocuparse de esas cosas.
Y hablando de Allen… ahí estaba él, justo enfrente de mí, sentado en el otro extremo del sofá, mirando la pantalla con una expresión vacía, mientras yo habría sobre mis rodillas unos viejos libros de alquimia que había traído de la biblioteca.
Su sola presencia me provocaba una irritación inmediata, una punzada de rabia que me subía por el pecho sin que pudiera controlarla. A veces me preguntaba si era correcto guardar tanto rencor en el corazón, si eso me estaba haciendo daño a mí misma más que a él. Pero luego recordaba lo que había hecho, lo que nos había quitado, y decidía que no me importaba. Sabía que jamás podría perdonarlo, al menos no en un futuro cercano.
Aun así, una duda que Ralph me había planteado tiempo atrás no dejaba de dar vueltas en mi cabeza:
¿Y si nosotros, al buscar venganza, terminamos haciendo exactamente lo mismo que él hizo con nosotros? ¿No nos estaremos convirtiendo en lo que más odiamos?
Me mordí el labio, mirando las páginas del libro sin ver realmente lo que decían. No quería aceptarlo, pero esa pregunta me calaba hondo. Yo no era tan fría ni tan cruel como él, me repetía una y otra vez. Pero… ¿cuánto dolor más tendría que soportar antes de empezar a cambiar?
¿Cuántas decisiones difíciles tendría que tomar antes de que la línea entre el bien y el mal se volviera tan borrosa que ya no pudiera distinguirla?
Por ahora, solo tenía una respuesta: lo que fuera necesario para salvar a mi hermano y detener a Ishyra. El resto, ya lo resolvería después.
Sé muy bien que no pienso fingir nada. No voy a tratarlo con amabilidad, ni a actuar como si su presencia no me molestara en absoluto. Lo único que me propongo es tolerarlo, aguantar que esté en la misma habitación y, sobre todo, ignorarlo lo más que pueda. No le voy a dar la satisfacción de verme convertida en alguien tan frío y lleno de rencor como él, pero tampoco le voy a dar ni una sola oportunidad de acercarse o de confiar en él. Esa puerta ya la cerré con llave.
En ese momento, Ares se acomoda entre mis manos y suelta un maullido suave, casi como si me pidiera que me olvidara de todo lo demás por un rato. Dejo el libro de alquimia a un lado y le dedico toda mi atención, acariciando su pelaje cálido y brillante que parece tener chispas de fuego ocultas. Pero mientras lo hago, mi mente sigue dando vueltas a todo lo que pasó ese día: el enfrentamiento con Stella, la trampa del demonio que se hacía pasar por curandera, la huida de la vampira y la aparición de esa figura misteriosa que se la llevó.
Y aunque casi me cuesta la vida, tengo que admitir que no fue tan mala idea haberla seguido. Ahora entiendo mejor cómo funciona todo: cada uno busca cosas distintas, unos quieren dominar, otros sobrevivir, otros destruir… pero al final, hay algo que los mueve a todos por igual: el deseo de poder. Ya sea para protegerse, para vengarse o para imponerse sobre los demás, todo gira en torno a eso.
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Editado: 21.07.2026