Ese momento llegó más rápido de lo que esperaba: el momento de volver a Evermoorny.
Me quedo parada en la entrada del estacionamiento, viendo cómo se aleja el coche que nos trajo Damián hasta aquí. Desde aquella conversación en la cocina, ya no siento esa misma sensación de nerviosismo al despedirme de él, pero a cambio me ha quedado algo mucho más pesado: ahora tengo muchas más preguntas que respuestas sobre el mundo en el que vivo.
Durante años solo me concentré en estudiar lo que me correspondía como bruja: nuestras leyes, nuestra magia, nuestra historia. Pero de las demás criaturas apenas sabía nada más que lo que se cuenta en los pasillos, en susurros o en viejas leyendas que parecían inventadas para asustar a los niños. Sabía que los vampiros evitaban el sol directo, que los licántropos cambiaban bajo la luna llena por una maldición antigua, que las hadas no podían mentir, pero eran maestras en retorcer la verdad para confundirte. Sabía que los Smolls cargaban con una condena que los obligaba a vivir escondidos, que los Sangremare eran cazadores natos capaces de paralizar a sus presas con solo la mirada, que las sirenas usaban su voz para llevar a los marineros a la perdición, y que los demonios podían tomar mil formas diferentes. Pero nada más.
No sabía de sus alianzas antiguas, de sus guerras, de sus dolores ni de sus rencores. Y esa ignorancia me aterraba. Por eso me prometí a mí misma que en cuanto tuviera un rato libre, iría directo a la biblioteca: necesitaba saber más, y de paso visitaría a Liarder, mi amigo fantasma, que seguramente tendría más información que cualquier libro común.
Ralph venía caminando a mi lado, pero en cuanto me detuve para despedirme de Damián, lo perdí de vista entre la multitud. Así que subí sola la larga escalinata de piedra que llevaba desde el estacionamiento hasta la entrada principal. La escuela se alzaba imponente ante mí, con sus torres altas y sus muros de piedra gris que parecían absorber el frío del invierno. El cielo, en cambio, tenía un tono suave entre rosado y azul claro, propio del amanecer, que contrastaba con la estética seca y helada de todo el recinto.
Aún estábamos en pleno invierno en Evermoorny: la nieve cubría todo el bosque que rodeaba la escuela y gran parte de los jardines, formando una capa blanca que brillaba bajo la luz temprana. Veía a los alumnos llegar en grupos, charlando, abrazándose después de haber estado fuera unos días, y algunos se reían mientras intentaban caminar sin resbalar sobre el hielo que cubría las losas de piedra. No pude evitar soltar una risa bajita cuando vi a un chico de mí mismo grado perder el equilibrio y caer sentado con un golpe sordo que hizo que todos a su alrededor se rieran con él.
Pero en cuanto mis pasos continuaron, las risas se desvanecieron y las miradas se posaron sobre mí una vez más. Las mismas de siempre: algunas llenas de miedo, otras de rencor, muchas de pura curiosidad. Al principio me molestaban, me hacían sentir observada y juzgada, pero ahora… tengo que admitir que me ha empezado a gustar que me miren con cierto respeto temeroso. No es la mejor forma de ganarse la consideración de los demás, lo sé, pero al menos sirve para que nadie se atreva a acercarse demasiado o a meterse conmigo como antes.
Lo que sí me sigue irritando profundamente es esa mirada de lástima que algunos me lanzan. No la quiero, no la necesito. Me recuerda a cuando acababa de llegar a esta escuela, cuando todos me miraban desde arriba, como si fuera algo pequeño, frágil, insignificante, que merecía que lo protegieran o que lo compadecieran. Ahora, esa misma lástima viene por lo que le pasó a mi familia: por la ruptura definitiva del trío de los hermanos Moonlight, por la desaparición de Christopher, por el encarcelamiento de mi tía Ana, por el trágico final de mi tío John.
Pero no quiero que nos recuerden así. No quiero que piensen que todo fue solo una tragedia, una cadena de desgracias que nos cayó encima sin más. Fue mucho más complejo, mucho más doloroso, pero también mucho más revelador. Aunque todavía no encuentro la palabra exacta para definirlo, sé que no es solo una historia de desgracia. Es algo que nos ha cambiado para siempre, que nos ha mostrado lo que hay detrás de las apariencias, y que nos ha obligado a elegir en qué bando queremos estar.
Con la espalda bien erguida y la mirada fija hacia adelante, sigo subiendo los escalones, decidida a que esta vez no sea yo la que se esconda, sino la que empiece a ver realmente lo que hay detrás de cada rostro y cada historia en este lugar.
Prefiero dejar esos pensamientos de lado por un momento y concentrarme en admirar el lugar que me ha visto crecer. La arquitectura gótica del castillo sigue siendo la misma de siempre: torres afiladas que parecen querer perforar el cielo, muros de piedra oscura y ventanales altos y estrechos que dejan pasar solo la luz necesaria. La puerta principal, inmensa y pesada, sigue mostrando en su centro el grabado de los ángeles caídos, con sus alas rotas y sus miradas tristes. Y cada vez que la miro, me pregunto cómo es posible que todo esto termine estando tan ligado a mí.
La maldición de los ojos de cristal.
Es un peso invisible que llevo encima desde que nací, algo que nunca pedí, que nunca elegí, pero que me persigue a cada paso que doy. Parece que no importa dónde vaya ni qué haga, siempre termina saliendo a la luz, trayendo consigo peligros, secretos y enemigos que ni siquiera sabía que existían.
A mi alrededor sigo viendo grupos de alumnos que se reúnen, charlan y se saludan con alegría. Por un instante, casi me dejo llevar por la imaginación y veo a Hailyn corriendo hacia mí, abrazándome con esa efusividad que solo ella tiene, capaz de alegrarme el alma con solo una sonrisa. Pero sé que es imposible. Mientras Ishyra siga libre, mientras siga buscándome, lo mejor es que ella se mantenga lejos, a salvo.
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Editado: 21.07.2026