Obliviate: El Lado Oscuro [#3]

10.- CRUEL DESTINO

El profesor Locke resultó ser, sin duda, verdaderamente encantador. Ahora entendía perfectamente por qué todas en la escuela no paraban de hablar de él y se quedaban embobadas en cuanto abría la boca. Incluso su forma de explicar las cosas tenía un tono amable y cercano que hacía que el tiempo pasara más rápido… aunque, por supuesto, eso no impidió que Miles se pasara toda la clase y el camino de salida quejándose de que le quitaba el protagonismo y de que "nadie presta atención a los auténticos talentos".

No pude evitar bromear con él al respecto, diciéndole que ya se le pasaría la envidia, pero en el fondo había algo que me inquietaba mucho con ese nuevo profesor.

No sabía definir exactamente qué era, ni si tenía motivos reales para desconfiar, pero cada vez que me miraba o hablaba, sentía una vibra extraña, como si hubiera algo oculto bajo esa apariencia tranquila y educada.

Y esa sensación se hizo más fuerte en cuanto empezó la lección. No sé si se debía a que era uno de los profesores más jóvenes que habían entrado en Evermoorny en mucho tiempo, pero era el único que se atrevía a hablar abiertamente de temas que todos los demás evitaban como si fueran plaga: la magia oscura y los rituales que se derivaban de ella. Mencionó uno tras otro, explicando sus orígenes, sus riesgos y por qué estaban prohibidos, y cuando pronunció el nombre del ritual de la piedra alma, sentí que casi se me salía el corazón por la boca. Lo definió como uno de los más antiguos, peligrosos y oscuros que se conocían, capaz de alterar la propia esencia de la vida y la muerte.

Por un instante me sentí completamente descubierta, como si él supiera exactamente que yo tenía relación con ese tipo de conocimientos y que ya había visto sus consecuencias en mi propia familia. Me obligué a respirar hondo y a mantener la calma, repitiéndome que estaba siendo paranoica, que era solo una lección más.

Ahora iba caminando sola hacia los Eternos Enamorados: los dos grandes árboles que se fundían entrelazados, con las ramas unidas y los troncos casi pegados, que marcaban la entrada principal de los terrenos de Evermoorny. Le había dicho a Damián que pasaría a recogerme al terminar las clases, pero como ese día no me tocaba la última asignatura, había salido mucho antes de lo previsto.

Miles se ofreció inmediatamente a acompañarme, como hacía siempre que podía, pero esta vez me negué.

Necesitaba caminar sola, respirar el aire frío del bosque y despejar la mente de todas las dudas que me daban vueltas en la cabeza. Me costó muchísimo trabajo convencerlo: se puso a poner excusas, a decir que no era seguro, que podía encontrarme con cualquier cosa… hasta que por fin le dije que no tenía de otra, pues tenía un compromiso obligatorio con sus padres.

Antes de despedirse, me hizo prometer que muy pronto haríamos esa caminata larga que teníamos pendiente desde que apenas nos conocimos, la que habíamos planeado tantas veces pero que siempre se nos cruzaba algo.

Sonreí para mis adentros al recordar esos primeros días. Cuando llegué a Evermoorny, me sentía sola, perdida y juzgada por todos, y fueron él y Hailyn quienes llegaron para cambiarlo todo. Me tendieron la mano sin preguntas, me hicieron sentir parte de algo y me ayudaron a salir adelante en los momentos en que sentía que no tenía fuerzas para seguir. En más de una ocasión pensé que, de no haber sido por ellos, seguramente habría caído en la desesperación. De alguna forma, sentía que les debía mucho más que una simple amistad.

Mientras avanzaba entre la nieve y el silencio del bosque, con esa sensación de gratitud mezclada con la inquietud por el profesor Locke, no imaginaba que esa caminata tranquila no iba a durar mucho tiempo.

La nieve empieza a caer con suavidad, copos pequeños y blancos que flotan en el aire como plumas, cubriendo todo el paisaje con una capa limpia y brillante. Me detengo un instante para admirarlo y pienso en lo extraño que es: Travelers y Evermoorny están prácticamente al lado, separados solo por ese velo antiguo, y sin embargo parecen dos mundos completamente distintos.

Aquí el invierno se apodera de todo con una belleza casi irreal: el bosque se ha convertido en un paraíso helado, donde las ramas de los árboles se doblan bajo el peso de la nieve y el silencio es tan profundo que casi se puede tocar. Tengo que admitir que, aunque el otoño sigue siendo mi estación favorita, este paisaje gélido tiene un encanto propio, sereno y majestuoso.

Aun así, siento un frío que me cala hasta los huesos, a pesar de ir bien abrigada con mi abrigo grueso y la bufanda. No es solo la temperatura exterior; es una sensación que me recorre por dentro, una alerta constante que ya no me abandona. Camino con la espalda recta y los sentidos alerta, mirando entre los árboles, escuchando cada crujido de ramas o soplo del viento. No puedo permitirme bajar la guardia: en cualquier momento podría aparecer un vampiro, un sirviente de Ishyra o cualquier criatura que quiera hacer daño.

Pienso en ello más veces de las que me gustaría admitir: en lo peligroso que se ha vuelto todo, en el poder que Ishyra debe haber acumulado en todos estos siglos, en lo que podría llegar a hacer si logra completar sus planes. También pienso en Stella, en la rabia que debió sentir al ser derrotada, en la venganza que seguramente promete en su mente. Solo puedo rogar que, si decide cobrársela, se dirija solo contra mí y no arrastre a ninguno de los que quiero.

Quizás es algo masoquista, repasar una y otra vez todos los peligros y escenarios oscuros, pero prefiero hacerlo a dejar que mi mente viajé hacia los recuerdos de quienes ya no están y a los que no pude salvar. Al menos así me mantengo despierta, alerta, lista para lo que venga.




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