Obliviate: El Lado Oscuro [#3]

11.- PLATICAS AJENAS

Las hojas del calendario van cayendo con una rapidez inquietante, casi igual que la sangre que se derrama por estos bosques. Desde aquel día en el acantilado, hemos encontrado más cuerpos esparcidos por los alrededores: algunos de criaturas inocentes, otros reducidos a cenizas negras y frías, que dejan claro que no todos caen sin luchar. Hay sobrevivientes, y también hay quienes consiguen defenderse, pero eso no hace que el panorama sea menos desolador.

Apenas he tenido tiempo de ir a la biblioteca, algo que tenía pendiente desde hace semanas. Las tareas y las clases se han acumulado, y en cuanto suena la última campanada, salgo corriendo a recorrer cada rincón del bosque que rodea Evermoorny. No quiero que vuelva a repetirse lo que le pasó a aquella joven fae; no quiero encontrar a nadie más con la vida escapándose entre mis manos sin poder hacer nada. Aunque en el fondo sé que es imposible proteger a todos: mientras no corte el problema de raíz, mientras Ishyra siga moviendo sus piezas, el peligro seguirá acechando.

Estamos a principios de febrero, y el invierno no da señales de querer irse. El frío sigue cortando la respiración en cuanto sales al exterior, y la nieve parece no tener fin: se amontona en capas gruesas sobre las gárgolas y las torres más altas del castillo, cubriendo cada saliente y borde. La roca grisácea de sus muros, que ya de por sí tiene un aire sombrío, se ve aún más oscura bajo este cielo siempre cubierto, como si el propio edificio absorbiera toda la luz del día.

Ahora mismo estoy en el patio principal, de pie y observando cómo charlan Miles y Cecilí, apoyados en la barandilla de piedra. Sigo manteniendo mi firme teoría: Cecilí siente algo más que amistad por mi amigo. Se le nota en la forma en que lo mira, con una alegría que no muestra con nadie más, y en cómo, cuando está con él, parece olvidarse de todo lo demás… incluso de mí. Eso es un cambio curioso, porque desde aquella vez que me advirtió sobre Kayden, no me quitaba la vista de encima con cierta desconfianza y recelo.

Ahora, en cambio, tiene ojos solo para el pelirrojo, y la verdad es que me alivia. No tengo ganas de gastar energía en malentendidos o peleas tontas cuando tengo problemas mucho más graves por los que preocuparme.

Al ver que su conversación se alarga y no parece que vayan a terminar pronto, decido no interrumpirlos. Me aparto un poco y me siento en una banca de madera cubierta parcialmente por nieve, que limpio rápidamente con la manga de mi abrigo. Saco el libro de texto que me corresponde y me pongo a adelantar la lectura para la clase de la profesora Sprouse: el tema de hoy es la teoría de las aplicaciones no verbales de la magia.

Es algo que yo más o menos domino, aunque reconozco que Cuervo lo maneja con una facilidad que parece innata. De hecho, es muy raro encontrar a un brujo o bruja que domine estas artes a la perfección; en Evermoorny solo nos enseñan la teoría, las reglas y los límites, pero nunca nos dan la oportunidad de practicarla ni de profundizar en ella. Sin embargo, durante el tiempo que pasé en ese internado —que en el fondo no era más que una cárcel disfrazada, adonde me enviaron tras el ataque contra mi hermano— tuve la suerte de conocer a otras mujeres excepcionales, todas allí por haber practicado lo que las leyes consideraban prohibido.

Fueron ellas quienes me enseñaron secretos que ningún libro de esta escuela revela, y entre todo lo que aprendí, el manejo de la magia sin pronunciar ni una sola palabra fue uno de los más valiosos y también de los más peligrosos.

Me acomodo mejor en la banca, saco el libro de texto de mi mochila y abro la página marcada. Si Miles no termina su charla en un tiempo razonable, me iré directamente a la biblioteca en lugar de entrar a la clase de Miss Graham. Hoy no tengo ninguna gana de soportar sus miradas de desaprobación ni sus comentarios punzantes. Si vuelve a soltar algo sobre mí o sobre mi familia, tal vez debería preguntarle a Cuervo si existe algún hechizo que deje a las personas sin la capacidad de hablar.

Sería una solución muy práctica, aunque admito que probablemente no sea la más sabia.

Mientras leo, encuentro datos interesantes sobre la teoría de la magia no verbal, pero nada que realmente me resulte nuevo o desconocido. Lo que más me llama la atención, y lo que no esperaba encontrar ahí, es la parte histórica. Dice que durante siglos este tipo de magia era la más común, la que dominaba entre los brujos y brujas de todo el mundo. Pero todo cambió después de los sucesos de Salem: como la magia que no requiere palabras suele ser más rápida, más sutil y difícil de rastrear, empezaron a confundirla con artes oscuras. Muchos de los nuestros fueron acusados injustamente, perseguidos y condenados, aunque, como siempre en la historia, las consecuencias cayeron casi exclusivamente sobre las mujeres.

Sigo leyendo y veo que años después se establecieron leyes restrictivas en todas las colonias de brujos del mundo, prohibiendo su enseñanza y práctica sin autorización. Entiendo entonces por qué en Scouldimag tampoco nos enseñaban a realizar encantamientos sin pronunciar palabras, a pesar de que ese lugar parecía mucho más abierto que Evermoorny para prepararnos y defendernos contra la magia oscura. Algo no encaja del todo, pero por ahora guardo esa duda para analizarla más tarde.

De repente, una sombra cae sobre las páginas del libro, tapando la luz del sol que lograba filtrarse entre las nubes. Al principio pienso que es Miles, que por fin se ha despedido de Cecilí, pero al levantar la vista me encuentro con otro rostro: rasgos finos, piel tan suave y pálida como la porcelana, y un cabello rubio claro que cae en ondas sueltas hasta sus hombros. Es Evelyn, una de las amigas más cercanas de Kayden.




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