Ishyra tenía razón: desde el primer momento, toda la atención estaba puesta en ella. El silencio era absoluto, tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo, y cada una de sus palabras caía sobre nosotros como piedras pesadas.
—Quiero que sepan algo —empezó a decir con una voz suave, pero que llegaba a todos los rincones con una fuerza inusual—. El propósito de mi causa nunca ha sido atacar a los nuestros, ni hacer daño a quienes comparten nuestra sangre o nuestra magia. Pero durante demasiado tiempo, mis intenciones han sido tergiversadas, distorsionadas y presentadas como algo oscuro y maligno por quienes tienen miedo de que despertemos.
Aprieto los puños bajo mi capa, sintiendo cómo la sangre me hierve en las venas.
¡Qué hipocresía!, pienso con rabia.
Hablar de no hacer daño a los suyos mientras por todas partes hay rastros de masacres, desapariciones y cadáveres que lo demuestran. Ella misma es la responsable de que tantas criaturas inocentes hayan desaparecido o muerto, y ahora se atreve a presentarse como una líder que busca el bien.
—Es cierto —continúa, sin vacilar ni desviar la mirada—. He sido responsable de la desaparición de muchas de esas criaturas que aparecen en los registros, en los diarios que guardan bajo llave en el Magiesterio. Pero nada de eso ha sido en vano. Cada paso, cada decisión, responde a un bien mayor que ustedes todavía no alcanzan a ver.
En ese instante siento una mano firme y cálida posarse sobre mi hombro. Es Mikael, que me aprieta suavemente para recordarme que debo contenerme, justo cuando siento que ya no puedo seguir sentada, que en cualquier momento me levantaré y gritaré la verdad. Respiro hondo, conteniendo la rabia, y me obligo a quedarme inmóvil.
De entre la multitud se alza una voz temblorosa pero decidida:
—¿Y no es antinatural? ¿No es magia oscura usar a otros seres como moneda de cambio?
Ishyra sonríe con esa expresión que parece mezclar dulzura y crueldad en partes iguales.
—Podría parecerlo —admite con calma—, si lo juzgamos con las reglas rígidas, agobiantes y caducas que nos impone el Magiesterio. Pero no es magia oscura, es simplemente un intercambio. Unas pocas vidas, sí, pero a cambio de algo mucho más grande: la libertad de todos nuestros pueblos. ¿Acaso no vale la pena un sacrificio pequeño para romper las cadenas que nos atan desde hace siglos?
Otra voz se escucha más fuerte, preguntando lo que todos parecen querer saber:
—¿A qué libertad se refiere exactamente?
La sonrisa de Ishyra se ensancha, y sus ojos brillan con una luz extraña, casi hipnótica.
—A la libertad de dejar de escondernos —dice con fuerza, y sus palabras empiezan a fluir con una cadencia que atrapa a quien las escucha—. ¿Por qué tenemos que vivir en las sombras, temiendo a los humanos? ¿Por qué tenemos que ocultar lo que somos, limitar nuestro poder, fingir ser algo que no somos para que no nos señalen, no nos persigan, no nos quemen ni nos encierren? Nosotros somos los que tenemos magia, nosotros somos los que podemos cambiar la realidad con un pensamiento, los que podríamos devorarlos o doblegarlos con solo chasquear los dedos.
¿Por qué temer a quienes no tienen nada más que armas de hierro y miedo?
Escucho sus palabras y reconozco esa lógica: es exactamente lo que me dijo Stella. Y lo que más me aterra es ver cómo muchos de los presentes inclinan la cabeza, pensándoselo, como si por primera vez esa idea les pareciera razonable.
Volteo rápidamente hacia Mikael, buscando respuestas, pero él solo niega con la cabeza en silencio, con los ojos entrecerrados: no puede hacer nada, solo observar.
—En toda gran transformación —sigue diciendo ella, elevando más el tono—, en toda guerra por la libertad, hay que hacer sacrificios. Es ley de vida. Pero esos sacrificios no son en vano: nos acercan a un mundo donde no tengamos que pedir permiso para existir. ¿Y qué nos han dado quienes nos dicen que seamos sumisos? Los ángeles, que nos prometieron protección y guía, nos abandonaron hace siglos. Nos dejaron solos en medio de la persecución, nos quitaron el derecho a nuestra propia historia y nos impusieron reglas que nos debilitan a propósito. ¿Qué les debemos a ellos? ¿Nada más que obediencia eterna?
Trago saliva con dificultad, porque entiendo muy bien a qué se refiere. Están tocando las heridas más profundas de nuestra historia: el abandono celestial, la opresión del Magiesterio, el miedo constante. Son temas que generan resentimiento incluso en quienes nunca han pensado en rebelarse.
En el claro empiezan a levantarse murmullos, discusiones en voz baja: unos asienten, otros dudan, pero todos escuchan con atención. Entonces Ishyra levanta una mano para que vuelva el silencio, y su discurso adquiere un tono más apasionado, más seductor, como si estuviera revelando la verdad más pura y justa.
—Miren a su alrededor —dice con un tono que parece acariciar los oídos, pero quemar la mente—. Nos han enseñado a ver a las demás criaturas como enemigas, o como seres inferiores. Nos han dicho que los brujos somos traicioneros, que los faes son manipuladores, que los vampiros son bestias sin alma, que los demonios son abominaciones, que los cambiaformas no tienen lealtad. Y nos han hecho creer que, si nos mantenemos separados, si nos atacamos unos a otros, todo estará bien. ¡Pero eso es justo lo que quieren! Mientras nos peleamos entre nosotros, mientras nos dividimos por razas, por creencias, por viejos rencores, ellos nos tienen controlados. Mientras nos odiamos, no nos damos cuenta de que todos somos esclavos de las mismas cadenas.
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Editado: 21.07.2026