Obliviate: El Lado Oscuro [#3]

14.- AMENAZAS VELADAS

Es la segunda vez que me siento en este estrado, bajo las miradas de cientos de personas que parecen esperar con ansia que diga algo que les confirme lo que ya han decidido creer. Al menos este juicio ha sido mucho más corto que el anterior, y por eso siento un pequeño alivio, aunque sea pasajero. Lo que realmente odio es ese escarnio público al que me han sometido desde que todo empezó a desmoronarse a mi alrededor. Los medios, El Cronógrafo y Oro News, no me han dado un día de tregua: me persiguen, me fotografían, me señalan en sus titulares como si fuera la mayor amenaza que existe en este lugar, aunque en el fondo todos saben —o deberían saber— que yo no soy el verdadero problema.

Ojalá esta vez la gente abra los ojos y entienda que hay peligros mucho mayores que una chica de dieciocho años marcada por una maldición que no pidió tener. Pero sé que es difícil, casi imposible. Las personas prefieren aferrarse a lo que les dicen, a lo que conocen, en lugar de cuestionar lo que tienen delante. Y lo que más me quita el sueño es el plan de Ishyra: no busca unirnos, como proclama en sus discursos. Su verdadero objetivo es enfrentar a todas las criaturas entre sí. Bajo una máscara de idealismo y promesas de un bien común, quiere romper los pocos lazos que aún mantienen unida a nuestra comunidad. Si lo logra, cuando todos nos veamos como enemigos, ella y quienes la acompañan tomarán el control sin que nadie se lo impida.

Aquí estoy, sentada, con las manos entrelazadas sobre mis piernas para que no noten que me tiemblan ligeramente. Karl, el hijo de mi tío John se ha asegurado de contratar a los mejores abogados que existen en la zona para mi defensa, y de mi lado solo hay unas pocas caras conocidas: Ralph, que no se ha separado de mí ni un solo día; Kayden, que confía en mí a pesar de todo; y, para mi sorpresa, los propios padres de Haylin. Allen vino a la primera audiencia, pero no ha vuelto a esta, y en el fondo lo agradezco. No quiero su fingida lastima.

Del otro lado de la sala, en cambio, apenas queda espacio libre. Está llena hasta el último rincón con la parte acusadora, sus testigos y quienes ya me han juzgado sin escuchar mi versión. Los cargos que pesan sobre mí son dos: conspiración contra la seguridad de la comunidad y uso de magia negra. Pero el segundo ya quedó descartado después de varias pruebas exhaustivas. Me sometieron a análisis, me hicieron enfrentarme de nuevo a los Sourgards —esas figuras imponentes, silenciosas y con el poder de ver más allá de cualquier mentira— y por suerte, la magia rúnica ni siquiera entró en sus posibilidades de detección; de haberlo hecho, todo habría terminado aquí mismo, y yo habría fracasado.

Volver a ver a los Sourgards me hizo revivir recuerdos enterrados de mi infancia, traumas que creía haber superado. Pero también me sirvió para recordar lo que aprendí con el paso de los años: nunca reveles todo lo que sabes, ni todo lo que puedes hacer. Aunque poseen un poder inmenso, no pueden obligarte a mostrar lo que te niegas a entregar, si sabes hacerlo. Los años de práctica y resistencia que tuve desde niña fueron suficientes para aguantar su escrutinio sin que saliera a la luz nada que me comprometiera.

En este momento, el silencio se hace más denso: está a punto de prestar declaración Jazzlyn, la hermana mayor de Haylin. Solo con mirarla sé que sus palabras no van a estar de mi parte. La veo ahí, con la mandíbula tensa y una mirada cargada de odio y resentimiento que me atraviesa como una cuchilla. Incluso sus propios padres se acercaron antes de que empezara todo para pedirme disculpas de antemano, sabiendo lo que iba a decir.

Ya han pasado decenas de personas a declarar: vecinos, testigos de la noche en Graham, supervivientes de la masacre. Pero la mayoría quedó con secuelas terribles: algunos sufren amnesia y no recuerdan casi nada, otros apenas pueden articular palabra cuando intentan rememorar el miedo que sintieron. Hasta ahora, nada de lo que han dicho es concluyente; solo son comentarios vagos que apuntan a un “tal vez estuvo allí” o “podría haber sido ella”. A veces me pregunto si realmente no me reconocen o si, por el contrario, han decidido guardar silencio para no meter en problemas a nadie. Creo que es más lo primero: el terror que vivieron borró cualquier detalle claro de sus mentes.

Sin embargo, hay una persona que sí me preocupa: Doris, mi compañera de clase. Ella me vio claramente aquella noche, porque fui yo la tonta que se detuvo a ayudarla cuando todo se estaba descontrolando. No hay duda de que me reconoció sin equivocación, y ahora no sé qué esperar de su testimonio.

El juez que lleva mi caso es el mismo que me juzgó hace años, cuando todo empezó a salir mal. En cuanto me vio entrar a la sala, solo me dedicó una sonrisa triste, como si ya supiera que esta vez también sería difícil llegar a la verdad. Por lo menos tengo un aliado en el proceso: el detective Forester, que ha estado investigando el caso desde el principio. Él cree en mi inocencia y ha hecho todo lo posible para recopilar pruebas que me deslinden. No tuve más remedio que confesarle que sí estuve presente en aquella reunión, aunque no por las razones que todos suponen. Le expliqué que no formaba parte de la organización, sino que fui para enfrentar a quienes nos atacaban. Pero no le conté nada de Mikael, ni de su clan. Decidí mantenerlos completamente fuera de todo esto.

¿Cómo podría explicar que un grupo de vampiros ayuda a los humanos y a los brujos en lugar de apoyar a los de su propia especie?

Cuervo y yo llegamos a la misma conclusión: si había que cargar con las consecuencias, seríamos solo nosotros dos. Mikael y los demás no debían aparecer en los registros, ni siquiera mencionados. Aun así, trato de mantener la esperanza: confío en la integridad del detective y en que el juez volverá a ser tan imparcial y justo como lo fue años atrás.




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