Ahora mismo estoy encerrada en mi habitación, consciente de que en cuanto ponga un pie fuera, todos van a intentar convencerme de que deje de salir a cazar vampiros y de cualquier plan que implique ponerme en peligro. La noche anterior vi a Ralph con una expresión tan seria como nunca antes, decidido a hablar conmigo sin darme opción de evadirlo. Y lo hizo. Ahora todos están en casa, y en cuanto los vi llegar, lo único que se me ocurrió fue subir corriendo para encerrarme aquí arriba. Sé que tarde o temprano tendré que enfrentarlos, pero en el fondo me da pereza hacerlo, porque ya tengo muy claro que no puedo dejar lo que estoy haciendo. No pienso dejar de salir con Cuervo ni con Mikael, y menos ahora que Diana sigue sin aparecer.
Todos temen lo peor: que haya sido capturada. Tanto el clan de Mikael como el propio Cuervo la han buscado por toda la zona, pero no han encontrado su cuerpo. Eso, al menos, lo tomo como una buena señal; significa que sigue con vida. Aunque si realmente cayó en manos de los enemigos, podría estar sufriendo algo mucho peor que la muerte. Por eso ya están organizando un plan para rescatarla, aunque por el momento nadie tiene ni la menor idea de dónde pueden tenerla. Esa es, sin duda, nuestra prioridad ahora mismo.
Cuervo incluso tuvo que regresar antes de lo previsto de los entrenamientos para el Torneo de las Bestias. Aun así, a pesar de que en casa me vigilan sin descanso —la señora Cleo, Sophie, Ralph y hasta una docena de guardias, tanto con magia como sin ella—, sigo escapándome cada noche. Incluso Kayden se ha quedado a dormir aquí varias veces para intentar evitar que salga. También pusieron un hechizo de cúpula alrededor de toda la casa, que se activa como una alarma en cuanto alguien cruza sus límites después del anochecer. Por suerte, Cuervo sabe manipular esos encantamientos con tanta facilidad como si fueran un juego de niños, así que puedo seguir saliendo sin que nadie se dé cuenta.
Solo agradezco que a Miles se lo hayan llevado sus padres una semana a Alemania, aunque el pobre me mando un recado de fuego lamentando no estar conmigo. Yo también lo extrañe, a él y a Haylin en mi juicio, pero es mejor así. Al final, son dos de las personas que más quiero, y que probablemente me harían tambalear más a la hora de convencerme en dejar esto.
Además, he notado que desde hace unos días hay agentes del Magiesterio rondando por los alrededores todo el tiempo. Algunos permanecen sentados en coches comunes, otros fingen salir a correr o pasear. Pero yo puedo percibir su magia. No es una habilidad que cualquiera tenga, pero últimamente he aprendido a reconocer lo que llamo el “hedor” de la magia. Toda mi vida estuve rodeada de ella, así que nunca me detuve a pensar que cada mago tiene una esencia propia, un aroma único que lo distingue de los demás. Fue después de pasar tanto tiempo encerrada en el reformatorio, lejos de cualquier tipo de energía mágica, cuando al regresar al mundo exterior empecé a percibirlo con claridad. Más tarde, cuando encontrábamos los cuerpos de brujos o hechiceros muertos, esa esencia era lo único que quedaba de lo que alguna vez fueron. No estaba del todo segura de lo que significaba hasta que se lo comenté a Cuervo, y él confirmó que efectivamente cada magia tiene su propio rastro.
Mientras estoy aquí encerrada, me entretengo leyendo un libro viejo que encontré en la biblioteca, usando como separador una de las plumas que Fier me regaló hace tiempo. Pienso en él con demasiada frecuencia, aunque intento apartar esos pensamientos porque solo consiguen que lo extrañe más. Desde que se marchó hace meses no he recibido ni una sola noticia suya. Pero conociendo sus habilidades y su naturaleza, confío en que está bien y solo espero que algún día decida volver. Fier siempre fue mi compañero: un poco terco y cabezota, sí, pero también mi guía y mi compañía en los años más solitarios de mi infancia. Junto con Mish, fue una de las presencias más constantes en mi vida. Ahora, de todo ese pasado, solo me queda Ares, mi pequeño gatito, que duerme acurrucado a los pies de la cama.
También me he sentido muy cansada estos días. Sé que gran parte del agotamiento viene de que he estado trabajando en el arma encantada que le prometí a Rhys: una lanza que ya está casi terminada. Crear un objeto de ese nivel consume una cantidad inmensa de energía, razón por la cual solo los magos más poderosos son capaces de lograrlo. Mientras la forjo, Cuervo me ha ido sugiriendo distintos contrahechizos y cláusulas para limitar su uso una vez llegue a manos de las sirenas. Pero a mí todas sus propuestas me parecen demasiado crueles. Al mismo tiempo, no sé hasta qué punto debería ser indulgente; todos saben que las sirenas tienen un carácter voluble y que cambian de opinión con la misma facilidad con la que cambia la corriente del mar.
No sé si puedo confiar plenamente en ellas, y menos en su reina, Ariadna, la madre de Rhys. Así que sigo dándole vueltas: no quiero ponerles trampas excesivas, pero tampoco puedo olvidar que yo misma he sido juzgada y etiquetada sin motivo, y no quiero cometer el mismo error de prejuzgar a otros.
Tengo música de Adele sonando bajito en la bocina mientras ordeno un poco el desorden de la habitación. Entre mis cosas encuentro una caja de madera pequeña, donde guardo todas las cartas que Chris me enviaba cada cumpleaños, siempre ocultando su verdadera identidad para que yo no supiera quién era en realidad. Sonrío con nostalgia al recordarlo, pero esa sensación dura poco; casi al instante, la imagen de Ishyra aparece en mi mente, y con ella regresa la rabia por todo lo que me ha arrebatado.
Sigo revisando cajones y estanterías. Encuentro regalos que me hizo mi tío John, algunos objetos pequeños de mi madre que logré rescatar de la casa del tío Stefano, y otros recuerdos que he ido guardando a lo largo de los años. En un álbum viejo, encuentro una fotografía en la que aparezco junto a mi tía Anna. La sostengo entre los dedos un momento, y sin querer, una pequeña llama brota de mi piel y quema una esquina de la imagen antes de que pueda reaccionar.
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Editado: 25.07.2026