Obséquiame tu recuerdo

Capítulo siete

Y aunque quiera darme aires de valiente y decir que todo está mejor, que soy feliz, la verdad es que a veces los recuerdos me lastiman tanto que me cuesta respirar.

El velorio de Mia fue silencioso, aunque el sol brillaba como si nada hubiera pasado. Por raro que parezca, su velorio fue corto. Apenas unas horas después de haberla colocado en un ataúd con un bonito vestido blanco de flores y su cabello recién cortado para que quedara parejo, la enterraron y el mundo siguió girando… como si nada hubiera cambiado.

Pero para nosotros, para los que la amamos, todo había cambiado.

Estuve junto a sus padres todo el tiempo, sujetando a su madre cuando sus piernas flaqueaban, sosteniendo la mano de su abuela, que parecía perdida, como si no comprendiera del todo lo que estaba ocurriendo. A lo lejos, vi a Daniel y Samara abrazados en una esquina, sin decir nada, porque no había nada que pudiera decirse.

El velorio fue doloroso. Pero no fue lo que más me lastimó.

Lo que realmente me rompió fue un día cualquiera, cuando estaba en la escuela, mi teléfono vibró con un mensaje inesperado.

Era la mamá de Mia: «Lucas, cuando puedas, ¿puedes venir a casa? Hay algo que quiero darte.»

No explicó qué era, pero en cuanto terminó la jornada, tomé mi mochila y fui directo a su casa. Me recibió con una sonrisa cansada y un chocolate caliente. El invierno ya se sentía en el aire.

—¿Cómo has estado? —me preguntó con voz suave.

—Ocupado —respondí, removiendo el chocolate con la cuchara—. Eso me mantiene cuerdo.

Ella asintió con una tristeza que me hizo sentir un nudo en la garganta.

—Lo lamento mucho, hijo.

—Estaremos bien —dije, aunque no estaba seguro de si era verdad. Sus ojos se llenaron de lágrimas y, al verla, sentí que los míos ardían con la misma tristeza.

Pero entonces, respiró hondo, caminó hasta un estante y sacó un sobre blanco. Me lo entregó con cuidado, como si fuera algo frágil, algo que debía manejarse con delicadeza.

—Mia te dejó esto.

—¿Qué es? ―La miré, confundido.

—No lo sé —se encogió de hombros—. Lo encontré hoy mientras guardaba sus cosas. Tiene tu nombre. Imagino que es alguna carta.

Tomé el sobre con manos temblorosas. —Gracias.

—Voy a salir un momento. Si quieres quedarte, ya sabes que esta es tu casa.

Asentí, pero apenas ella salió por la puerta, sentí que el aire se volvía pesado. Terminé el chocolate en silencio, guardé la carta en mi bolsillo y salí rumbo a casa.

No la abrí de inmediato. Esperé hasta estar solo en mi habitación, con la puerta cerrada y la luz tenue del atardecer filtrándose por la ventana. Me senté en la cama, saqué la carta y la abrí con un nudo en el estómago.

Su letra delicada llenaba el papel.

Hola, Lucas.

Para cuando leas esto, es probable que ya no esté en este mundo. Pero quiero que sepas que, donde sea que esté, te estoy cuidando. Y te amo más de lo que puedes imaginar.

Lamento haberte alejado de mí. Pero te agradezco por todo lo que hiciste. Me diste los mejores meses de mi vida. Gracias a ti, me iré en paz, sabiendo que viví momentos que jamás pensé que viviría.

Seguro te preguntas por qué lo hice. Por qué me alejé. Te conozco lo suficiente como para saber que te lo preguntas.

La verdad es que solo quería protegerte. Sabía que mi tiempo era corto, y pensé que si me alejaba, mi partida no te dolería tanto. Pero nunca conté con que tu amor por mí fuera más fuerte de lo que creí.

Gracias por amarme tanto.

Espero que en otra vida nos volvamos a encontrar. Prometo buscarte. Y esta vez… seré yo quien dé el primer paso. Para que no tardemos tanto en encontrarnos.

Con cariño, Mia.

Cuando terminé de leer, el dolor que había estado reprimiendo durante semanas se desbordó como un río desbordado.

Me derrumbé.

Toda la angustia que había ignorado, toda la tristeza que había empujado al fondo de mi alma, explotó de golpe. No dormía. Apenas comía. Me sentía perdido, vacío, como si el mundo hubiera perdido su color.

Pero no estaba solo. Daniel y Samara estuvieron allí. Me sacaron de la oscuridad, me sostuvieron cuando sentí que no podía más.

Y aquí estoy. Un año después. Vivo. Sonriendo de nuevo. Siendo feliz.

Por ella. Por nosotros. Por la promesa que hicimos.




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