encuentra fatal
en las calles de Palermo estaban impregnadas con el aroma del mar y el eco de las conversaciones nocturnas. Isabella Romano caminaba apresurada por los adoquines desgastados, sujetando su bolso con fuerza. Había pasado todo el día en la restauración de un fresco en la Catedral de Monreale y ahora solo quería llegar a casa, sumergirse en una copa de vino y olvidarse del cansancio.
No esperaba que su vida cambiara esa noche.
El primer indicio de que algo estaba fuera de lugar fue el silencio. En una ciudad donde la vida nunca dormía, la calle angosta por la que pasaba parecía contener el aliento. Isabella frunció el ceño y aceleró el paso, pero su instinto le gritó que algo estaba mal. Fue entonces cuando los vio.
Tres hombres, vestidos de negro, forcejeaban con otro frente a la entrada de un club exclusivo. El hombre que peleaba contra ellos era alto, de hombros anchos y cabello oscuro despeinado. Se movía con la precisión de un depredador, esquivando golpes y devolviéndolos con una violencia contenida. Había algo hipnótico en su forma de luchar: eficiente, letal.
Isabella debería haber seguido de largo. Su sentido común le gritaba que no se metiera en asuntos ajenos. Pero entonces, los ojos del hombre la encontraron.
Profundos. Fríos. Dueños de un poder peligroso.
Fue solo un instante, pero suficiente para sellar su destino. Uno de los atacantes se percató de su presencia y lanzó una maldición en italiano antes de dirigirse hacia ella. Isabella retrocedió instintivamente, su corazón golpeando contra sus costillas. No tuvo tiempo de reaccionar.
En un movimiento rápido, el hombre desconocido redujo a su oponente y cerró la distancia entre ellos. Su mano se posó en su cintura con una facilidad alarmante, como si tuviera derecho a hacerlo. Isabella sintió el calor de su cuerpo, la firmeza de su agarre.
—¿Estás bien? —su voz era un murmullo bajo, cargado de algo que Isabella no supo identificar.
Ella asintió, incapaz de articular palabras. Sus dedos se aferraron a su bolso con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la palma.
El sonido de sirenas a lo lejos hizo que los agresores huyeran en la oscuridad. El hombre que la sujetaba no se movió. Solo la observó, como si intentara grabar cada detalle de su rostro.
—No deberías caminar sola a estas horas —dijo, y su tono dejó claro que no era una simple advertencia, sino una orden.
Isabella, finalmente recuperando su voz, dio un paso atrás, liberándose de su agarre.
—Gracias, pero puedo cuidar de mí misma.
Una sonrisa ladeada se formó en sus labios. Era una sonrisa peligrosa, de alguien que rara vez escuchaba negativas.
Eso lo veremos —respondía, antes de girarse y desaparecer en la penumbra.
Isabella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No sabía su nombre, pero algo en su interior le aseguraba que ese no era el último encuentro que tendría con él.