Quería tomarme el tiempo para detallarte con cuidado y fervor, rememorar tu rostro que no olvidaría en mil años. Eres la pequeña rosa que cuido ante la crudeza de la vida, del viento, del invierno y que espera por el verano que resguarda tus pétalos, aquella que tiñe la vista con un intenso carmesí que se empapa en los labios y ojos de cualquiera, con una fragancia que endulza la vista y los sentidos, aquello que simula unos orbes grandes y brillantes llenos de curiosidad y amargura, mezclados, como los licores más dulces pero fuertes.
Dada mi naturaleza egoísta, o es como prefiero llamar a mi desbordante preocupación, incluso ante las miradas zigzagueantes, por primera vez, contra todo pronóstico, incluso sabiendo que no tenía ninguna oportunidad, posaba en mi mente el aprovechar tu presencia hasta que llegara aquel que te hiciera latir el corazón y esbozar una sonrisa, quería que tus lágrimas, risas y cariño fueran míos, pero lo sé, lo entiendo, no puedo alcanzarte, ni siquiera tocarte u osar acercarse para admirar tu belleza.
Esa sonrisa alegre bañada con una risa infantil me hacen recordar porque quieres tanto a los pequeños; tú mismo eres uno, uno al que cuido con tanto esmero que incluso la mínima cortada me asusta, sin cicatrices, sin dolor, quiero que seas libre y feliz, incluso si no soy yo, si no me eliges, si no me hablas, si me ignoras y tratas como a quien nunca te vio.
Cuando veo esos ojos brillantes paseando y deslumbrandose con la belleza externa, contorneo tu mirada, tus tupidas pestañas y labios finos, tus movimientos y expresiones. Como un pintor que retrata a su musa, quería grabar en mi mente cada detalle de ese rostro, el color de tus mejillas, tu cabello azabache que cae con delicadeza, tu risa melodiosa y tu fragancia.
Me hace considerarte la persona más bella del mundo, incluso con imperfecciones y pedazos fragmentados, quería reparar y cuidar, entender porque te hallabas en la oscuridad y encender de nuevo, el extasis de color que tus ojos me mostraron.
De un momento a otro me encontré divagando en todos los recuerdos en los que estabas, en los que reías, en los que llorabas, y en todos y cada uno de ellos, no era el protagonista, era el hombro y confidente que estaría dispuesto a entregar su corazón sabiendo que jamás recibiría uno. Nunca serías mío,nunca podría llamarte propio de mí, sin embargo, quería ser egoísta, quería tomarte solo un poco más antes de que partieras, antes de que vieras por última vez a mi corazón adolorido, porque tras las telas blancas y miles de flores, yo no sería, yo no sería quien estuviera a tu lado para toda la vida.
Tras el roble que florece erguido en la oscuridad, en el gran pasillo que se alarga y el agua que tintinea con premura, mi naturaleza humana se desvela y me dice que estoy cayendo, que estoy muriendo, que de nuevo…estoy perdiendo la fe.
Y me niego porque temo perder lo último que queda de mí, pero, por primera vez, aquel mundo que me quemó en vida me extiende su mano, y pronuncia “es humano…eres humano” Mi ego lastimado me dice que debo correr, pero mi parte humana me dice que debo protegerte de todo y amarte incluso cuando me clavas dagas una y otra vez, incluso cuando tus ojos me ignoran y tus palabras me alejan.
Mi pequeña mariposa plateada que extiende sus alas con delicadeza, te veo alejarte con una sonrisa bella y delicada que adorna ese rostro infantil, mientras preservo tu esencia te acompaño a través de la vida, no formo parte de ella, no vivo parte de ella, no busco estar en ella.
Con una sonrisa amarga, el guardia de esa hermosa rosa ha decidido ser libre, sin rencor, sin odio, sin espera, la vida continua, las estaciones cambian, el invierno se va y el verano florece tras las bugambilias fuertes que se enredan en su mente, en su cuerpo, en su alma.
Camino hacia la orilla, inhalo el aire fresco y marítimo, el sonido leve de las olas, el agua tibia que acaricia mis pies desnudos y la arena suave que me recibe con delicadeza se transforma en la disculpa de la vida, en el regalo que la vida me hace ante la pérdida de lo que nunca me perteneció, sin reparo, guardo cada recuerdo como un pequeño diamante y se pierde entre las olas profundas, entre el azul del cielo y el mar dejo ir esa voz que jamás me perteneció.