—¡Gracias amor, debe ser el brillo que las olas provocan!—Le contestó mientras se vestía.
La pareja se comunicaba en el interior del bote que pertenecía a la marina del país, con sus colores característicos azul y blanco. Lo hacían hablando fuerte pues la tormenta interrumpía la buena comunicación.
La feliz pareja había salido de misión, una muy sencilla.
Debido a que habían aprovechado para disfrutar de su pasión, se tomaron un tiempo para hacer el amor, algo que habían hecho recurrentemente en aquellas escapadas.
Después, sintieron la responsabilidad del deber y comenzaron a hacer la última tarea, la cual consistía en recoger los estándares y algunas telas que aún llevaban esos barcos aunque fueran de motor. La tela seguía siendo una característica importante para los símbolos en las embarcaciones.
Intentaban regresar al barco principal después de una pequeña misión de reconocimiento que fue interrumpida por la inesperada tormenta.
—¡No te restes méritos!—Seguía gritando él mientras bajaba la bandera.—¡Ni el sol, ni el mar, ni las lluvias podrán opacar tu belleza!
—Dicen que una mujer se ve bella porque es feliz.—Se acercaba mientras recogía unas redes.—Y usted apuesto marino me hace muy feliz.
—Yo he venido a este mundo solo a esa misión!—Se acercó también para recoger las redes.—¡Y de todas las misiones en este mundo, hacerte feliz es la más importante!
Terminaron juntos a la mitad de la lancha y después de ambos subir la roja se besaron apasionadamente.
Alexander era un hombre alto, medía 1,85 metros, moreno claro y con una sonrisa muy grande que podría conquistar a cualquier mujer, ojos claros y coquetos, nariz gruesa y firme, su cabello café aunque muy corto como era costumbre en la milicia. Tenía un gran sentido de justicia y lealtad a todo lo que le importaba.
Rut tenía un cuerpo envidiable que no lucía tan bien con el uniforme puesto. Pero siempre lo portaba limpio y bien planchado como su disciplina le había forjado. Su cabello era castaño y rizado aunque todo el tiempo tenía que llevarlo amarrado por protocolo para usar el gorro blanco. Su tez era blanca y sus ojos cafés oscuros, una nariz delgada, cejas pobladas y labios horribles. Todo en un cuerpo con talla de 1,70m.
Al inicio entre ellos la atracción fue física pero la química que lograron en poco tiempo y que siguieron teniendo hasta ese día era lo que los mantenía unidos y enamorados.
El inmenso viento en esos momentos era un factor a considerar, aunque el Sol no se viera mucho ni sus rayos penetraban por las intensas lluvias, la temperatura era demasiado elevada.
Además estaban cerca de un mar peligroso donde aún tenían jurisdicción pues era al final de la frontera de su país. La misión consistía en revisar la contaminación informada en esas aguas. Se decía que en un sector estaban muriendo muchos peces por un activo que derramó un barco de transporte. La marina antes de actuar necesitaba corroborar para enviar el equipo necesario. Alexander y Rut eran dos marinos profesionales y ya con muchos años de experiencia. Habían entrado a la edad de 19 años, ambos muy jóvenes, impulsivos y con una gran lealtad a su intuición. Seis años habían trabajado juntos, escalando rangos y con la fortuna de que en los traslados les tocara juntos casi como si el destino les ayudara a jamás separarse. Fueron elegidos para la misión porque ella era la más observadora y detallista, nada se escapaba bajo su custodia o revisión. Él fue elegido por su conocimiento en algunos productos químicos y sería capaz de reconocer la sustancia impregnada en el agua para poder enviar el equipo necesario.
La misión terminó para ambos debido a la tormenta y debían regresar.
—No encontramos ninguna área contaminada.—Decía ella mientras se refugiaba en el bote.—¿Crees que deberíamos regresar ya? Un químico derramado debe ser considerado para solucionar.
—Pienso lo mismo que tú, sería una gran irresponsabilidad dejar algo así.—Contestaba secándose el cabello.—Pero recorrimos la zona tres veces, si ese químico estuviera en el agua lo hubiéramos visto. Por más que busquemos no hay tal recurso derramado.
—Creo que tienes razón.—Se resignaba Rut para finalizar la búsqueda.
—Debemos regresar antes de que el capitán se preocupe p*r n**str* ausencia.
—No creo que ese hombre se preocupe por algo alguna vez.
—Tranquila, estás hablando de tu superior en frente de mí.—Sonreía con ella.—Soy un marino muy leal.
—Ya lo creo.—Decía respondiendo a la sonrisa.—Espero que así de leal sea con su futura esposa y siempre.
—Eso es un golpe bajo, mi trabajo y vida amorosa no se mezclan.
—¿A no? y ¿por qué coqueteó conmigo el primer día que entramos en la marina?
—Era parte de mi trabajo conocer a los miembros de mi equipo.—Sonreía nuevamente.—Y usted sin duda hermosa mujer, es lo mejor que pude conocer en el equipo.
Su conversación romántica se vió interrumpida por unos truenos que se escuchaban muy fuerte. Los alertó haciendo saber que la tormenta seguiría y se intensificaría. Ambos se levantaron para acelerar el motor que los llevaría de vuelta al barco.
A pesar de ser dos marinos con experiencia, en el mar siempre había que tomar las precauciones necesarias para no ser atrapados por él. Habían estado en muchas misiones anteriores pero decían que todas eran diferentes y en todas se trataba de evitar el mayor riesgo posible.
La marina era una institución que preparaba bien a su equipo y creaba los protocolos de manera que ninguno se arriesgara, no querían darse el lujo de perder elementos.
Ambos emprendieron a máxima velocidad el camino de regreso mientras intentaban dejar atrás la inmensa tormenta que les perseguía.
El escenario era contemplado por ambos, el hecho de poseer peligro no dejaba de ser hermoso.